Sabemos que Jesús, el Mesías, residía en Nazaret, en Galilea. En un momento dado, al oír hablar de la fama de Juan el Bautista, decidió ir a Judea para encontrarse con aquel profeta y ser bautizado.
Varios de sus futuros discípulos ya habían seguido ese camino. Jesús sabía que Juan el Bautista era el gran profeta que anunciaba su venida, el Mesías sacerdotal. Conocía los relatos de su madre, los textos judíos y la fama del profeta, pero también poseía ese conocimiento inherente a su naturaleza divina.
Pero ¿por qué tenía que ser bautizado por Juan?
Este bautismo no pretendía sustituir los sacrificios del templo; simbolizaba el arrepentimiento y no la redención. Se dirigía a personas arrepentidas que deseaban abandonar su antigua vida para emprender un nuevo camino. No era el caso de Jesús, el Mesías, que nunca había pecado.
Este acto marcaba el vínculo entre los dos mesías y, sobre todo, la continuidad de la obra de Juan el Bautista. Así, el tiempo de Jesús, el Mesías, comienza cuando termina el de Juan el Bautista. Por los escritos de Mateo resulta evidente que los dos hombres no competían; Juan el Bautista reconocía la superioridad de Jesús.
Este bautismo no se parecía a ningún otro. La manifestación sobrenatural que siguió a la inmersión de Jesús confirmó a Juan el Bautista su condición mesiánica. La presencia simultánea de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo ilustraba la unidad de la Trinidad.
Parece que los dos hombres estaban solos durante este bautismo. Después, Jesús se instaló temporalmente en esa región y mostró a sus primeros discípulos dónde residía.
Juan el Bautista aporta una precisión importante: Jesús, el Mesías, introducirá un nuevo bautismo (véase Anexo ANN017 : Los bautismos). Al principio, Juan el Bautista duda en bautizar a Jesús, consciente de la paradoja de la situación. Sin embargo, convencido por los argumentos de Jesús, finalmente acepta bautizarlo.
Al hacerse bautizar por Juan, Jesús confirma públicamente las enseñanzas y las acciones de este profeta. Así se integra en el plan divino, mostrando la continuidad con la misión de Juan. Juan el Bautista, perteneciente al linaje sacerdotal, reúne todas las condiciones necesarias para presentar este sacrificio simbólico, «el Cordero de Dios», destinado a morir por los pecados del mundo.
Este bautismo también constituye un ejemplo para todas las generaciones futuras e ilustra la importancia y el significado de este acto.
Mateo, Marcos y Lucas también ofrecen una interpretación coherente de esta manifestación. Destacan la presencia del Padre, manifestada por la voz, del Espíritu Santo, simbolizado por la paloma, y del Hijo, Jesús, el Mesías. Así, la Trinidad está presente en este gran acontecimiento que marca el comienzo del ministerio de Jesús.
En ese momento, Jesús está terminando su trigésimo año. Este período es significativo en relación con Números 4.3, que establece una edad mínima de treinta años para asumir responsabilidades sacerdotales. Este detalle se repite cinco veces en el capítulo, subrayando su importancia jurídica. Juan el Bautista, seis meses mayor que Jesús, tenía por tanto la edad requerida para legitimar sus acciones.
Observamos que todo transcurre conforme a las profecías de Daniel. Conociendo estos textos, Jesús no podía ignorar ni la duración de su ministerio ni las circunstancias de su futura muerte. Se compromete, pues, con un plan establecido desde mucho antes por su Padre celestial.
El carpintero comienza ahora su ministerio, que representa el propósito último de su venida y de su vida. Para conocer el lugar exacto del bautismo y la cronología de los acontecimientos, hay que acudir al relato complementario del Evangelio según Juan.
Las indicaciones del Evangelio según Juan sugieren que los discípulos no presenciaron el bautismo de Jesús. Solo al día siguiente, Andrés y otro discípulo, seguramente el apóstol Juan, después de escuchar el testimonio de Juan el Bautista, deciden seguir a Jesús y pasar la tarde con él.