Pocos días después del gran discurso pronunciado en Pentecostés, el domingo 22 de mayo del año 33 (Hechos 2.14-40), Pedro y Juan se encuentran de nuevo en el Templo, esta vez ante una multitud considerable que ha acudido a ver la espectacular curación de un hombre cojo de nacimiento, bien conocido por los habitantes de Jerusalén (Hechos 3.1-10).
Como en Pentecostés, Pedro aprovecha este milagro como una nueva ocasión de anunciar el Evangelio y toma naturalmente la palabra para explicar a la multitud el significado de este acontecimiento extraordinario.
2- Un mensaje centrado en la persona de Cristo
El discurso de Pedro, particularmente vigoroso, recuerda en ciertos aspectos al de Juan el Bautista. Como el precursor, llama a sus oyentes al arrepentimiento y a la conversión (San Mateo 3.1-2; Hechos 3.19). Sin embargo, su mensaje se distingue por su carácter profundamente cristocéntrico.
Toda su argumentación converge hacia la persona del Mesías Jesús, su muerte, su resurrección y su glorificación junto al Padre (Hechos 3.13-15). Sin emplear el vocabulario teológico que se desarrollará más tarde en las epístolas, Pedro presenta ya los fundamentos de la redención cumplida por el sacrificio de Cristo. Aquel que había sido rechazado y entregado a la muerte por los hombres fue resucitado y exaltado por Dios (Hechos 3.15).
Es en adelante en su nombre como se realizan los milagros y como se ofrece a los hombres el perdón de los pecados (Hechos 3.16; Hechos 3.19).
3- El arrepentimiento y los tiempos de refrigerio
A diferencia del discurso de Pentecostés, Pedro no hace aquí ninguna mención explícita del bautismo en agua ni del don del Espíritu Santo. Su objetivo inmediato consiste ante todo en interpretar la y en demostrar que Jesús es verdaderamente el Mesías anunciado por Moisés y los profetas (Deuteronomio 18.15; Hechos 3.22-24).
Insiste también en la necesidad del arrepentimiento para que los pecados sean borrados y lleguen los tiempos de refrigerio anunciados por Dios (Hechos 3.19-21).
4- El impacto del discurso
Lucas no relata con la misma precisión los resultados inmediatos de esta segunda predicación que los del discurso de Pentecostés. Es, además, posible que una parte importante del auditorio ya hubiera oído a Pedro unos días antes y se hubiera unido ya a la joven comunidad cristiana (Hechos 2.41).
Sin embargo, la rápida reacción de las autoridades religiosas, que hacen arrestar a Pedro y a Juan (Hechos 4.1-3), muestra que este nuevo discurso tuvo un impacto considerable. En efecto, Lucas precisa que «muchos de los que habían oído la palabra creyeron» y que el número total de los creyentes alcanzaba entonces unos cinco mil hombres (Hechos 4.4).
Es, pues, verosímil que esta segunda predicación contribuyera de manera significativa al crecimiento de la Iglesia de Jerusalén, sin que sea posible determinar con precisión cuántos nuevos creyentes se añadieron en esta ocasión.
5- Pedro y Juan, dos colaboradores inseparables
Juan acompaña a Pedro a lo largo de todos estos acontecimientos, pero Lucas no relata ninguna palabra suya. Este silencio no significa, sin embargo, que permanezca inactivo. Las consideran claramente a Pedro y a Juan como protagonistas inseparables de esta obra misionera y los harán comparecer juntos ante el (Hechos 4.13).
Desde los Evangelios, estos dos discípulos aparecen con frecuencia asociados (San Lucas 22.8; Juan 20.2-8), y el libro de los Hechos confirma esta estrecha colaboración.
Lucas no precisa más dónde se encuentran los demás apóstoles ni los ciento veinte discípulos mencionados anteriormente (Hechos 1.15). El relato se concentra esencialmente en Pedro y Juan, sin excluir por ello la presencia de otros creyentes en las cercanías. Este enfoque literario permite a Lucas poner de relieve el papel particular desempeñado por estos dos hombres en los primeros tiempos de la Iglesia.
6- Milagros al servicio de la predicación
Los relatos de Lucas muestran que los milagros se convierten regularmente en ocasiones para proclamar el Evangelio. Nunca constituyen un fin en sí mismos, sino que atraen la atención de las multitudes para conducirlas hacia el Mesías Jesús.
Pedro aparece naturalmente como el principal portavoz del grupo apostólico, papel que ya desempeñaba durante el ministerio terrenal del Señor (San Mateo 16.16; Juan 6.68-69).
7- Una continuidad con la predicación de los profetas
El llamado al arrepentimiento no tenía nada de nuevo para los oyentes judíos. Esta noción pertenecía desde hacía mucho tiempo a la espiritualidad de Israel y ocupaba un lugar importante en la enseñanza de los profetas (Isaías 55.7; Joel 2.12-13). El mismo Juan el Bautista había retomado este tema al comienzo de su ministerio (San Mateo 3.1-2).
Los oyentes de Pedro no se sorprendían, pues, en absoluto de oír este llamado a volverse hacia Dios. La verdadera novedad residía en otra parte: el fundamento de la salvación ya no se buscaba en los sacrificios del Templo, sino en la persona misma de Jesucristo.
Pedro presenta en adelante al Mesías crucificado y resucitado como el cumplimiento de las promesas hechas a los patriarcas y a los profetas (Hechos 3.25-26). Así, la predicación apostólica se inscribe en la continuidad del judaísmo bíblico e inaugura al mismo tiempo una etapa nueva en la historia de la salvación, centrada en la persona y la obra redentora del Señor Jesucristo.
8- Un auditorio esencialmente judío
El segundo discurso de Pedro se dirige manifiestamente a un auditorio esencialmente judío. Pronunciado en el recinto del Templo, se apoya enteramente en las Escrituras de Israel y recurre a referencias familiares para los judíos del siglo primero.
Pedro se dirige a sus compatriotas como a los herederos de las promesas hechas a Abraham y a los profetas. Su objetivo no es hacerles descubrir al Dios de Israel, a quien ya conocen, sino demostrarles que Jesús de Nazaret es el Mesías anunciado desde hacía mucho tiempo y que es en él donde las promesas del pacto encuentran en adelante su cumplimiento (Hechos 3.25-26).
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