_3 La casa es, según nosotros, la de María, la madre de Juan, apodado Marcos. Hechos 12.12.
_4 La cena de Pascua comienza el jueves por la noche, después de las 18 h. Para los judíos ya es viernes (Marcos 14.17, San Mateo 26.20, San Lucas 22.14-18). Por tanto, no es el Séder oficial, que se celebrará el viernes por la noche Juan 18.28.
Puede consultar la cronología completa en el estudio ANN026 : La hora de la crucifixión.
Comentario:
1- El anuncio solemne de la traición
Durante la cena pascual, el Mesías Jesús pronuncia unas palabras de excepcional gravedad, rompiendo de repente la atmósfera de comunión fraterna:
Esta declaración profética sume a los discípulos en el estupor y el desconcierto. Marcos relata su reacción inmediata: «Ellos comenzaron a entristecerse, y a decirle uno por uno: ¿Seré yo?» (Marcos 14.18-19). Esta pregunta, repetida por cada uno de los Doce, revela a la vez su apego sincero al Maestro y su incapacidad para identificar al traidor entre ellos. Su silencio perplejo, en particular el de Simón Pedro —tan pronto, sin embargo, para hablar en otras circunstancias (San Mateo 16.16; San Mateo 16.22)—, muestra que todavía no perciben el alcance dramático de esta revelación.
2- El contraste entre la intimidad y la traición
El evangelista Lucas aporta una precisión que acentúa el carácter conmovedor de la escena:
Esta indicación —«la mano del que me entrega está conmigo en la mesa»— subraya el contraste sorprendente entre la intimidad sagrada de la cena pascual y la traición inminente. En la antigua cultura oriental, compartir el pan con alguien establecía un vínculo de confianza y de protección mutua (Salmos 41.9). La traición de un comensal constituía, por tanto, una violación especialmente odiosa de la hospitalidad y de la alianza fraterna. El salmista había anunciado proféticamente esta herida: «Aun el hombre con quien yo estaba en paz, en quien yo confiaba y que comía de mi pan, levantó contra mí el calcañar» (Salmos 41.9; Juan 13.18).
3- Judas abandona la mesa: la entrada en las tinieblas
A diferencia de los demás discípulos, que permanecen en la incomprensión, Judas Iscariote capta perfectamente el sentido de las palabras del Maestro. El evangelista Juan describe el momento decisivo con una sobriedad dramática: tras recibir el bocado mojado de manos de Jesús, «Satanás entró en él», y el Señor le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo más pronto» (Juan 13.26-27).
Judas, turbado y desenmascarado, abandona entonces la mesa antes del final de la comida para cumplir lo que ya había concebido en su corazón corrompido por la avaricia (Juan 12.4-6). Juan anota con una concisión cargada de sentido: «Cuando él, pues, hubo tomado el bocado, salió luego. Y era de noche» (Juan 13.30). Esta indicación temporal va más allá de la simple constatación cronológica: señala la entrada de Judas en las tinieblas espirituales, él que se aleja de Aquel que es la Luz del mundo (Juan 8.12; Juan 12.35-36).
4- La incomprensión de los discípulos y el designio providencial
Si Simón Pedro hubiera comprendido en aquel instante la gravedad del gesto de Judas y la inminencia del arresto, su temperamento ardiente e impetuoso lo habría llevado sin duda a intervenir con violencia, como lo hará pocas horas más tarde en el huerto de Getsemaní al herir a Malco, siervo del sumo sacerdote (Juan 18.10-11; San Mateo 26.51-54). Pero el Mesías Jesús, dueño soberano de los acontecimientos, no permite una intervención tan prematura: la hora de la traición debía seguir su curso según el designio divino establecido desde toda la eternidad (Hechos 2.23; Hechos 4.27-28).
Los discípulos, a pesar de las advertencias repetidas del Mesías sobre su pasión inminente (San Mateo 16.21; San Mateo 17.22-23; San Mateo 20.17-19), siguen siendo incapaces de imaginar un desenlace trágico. Su esperanza de un reino mesiánico visible y glorioso, conforme a las expectativas populares de la época, les impide aceptar la perspectiva de la cruz y de la muerte ignominiosa de su Maestro (San Lucas 18.31-34; San Lucas 24.21).
5- La ceguera espiritual de los Doce
Esta incomprensión de los discípulos no se debe a una falta de inteligencia, sino a una ceguera espiritual temporal, permitida por Dios en su sabiduría insondable. Lucas precisa explícitamente: «Pero ellos nada de esto entendían, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía» (San Lucas 18.34). Las categorías mentales de los discípulos, moldeadas por la espera de un Mesías político y triunfante, no podían acoger la idea de un Mesías sufriente, siervo del entregado a la muerte por los pecados del pueblo (Isaías 53.1-12).
Incluso los dos discípulos de Emaús, después de la crucifixión, confesarán su desilusión: «Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel» (San Lucas 24.21). Esta esperanza de una liberación nacional inmediata velaba a sus ojos la necesidad del sacrificio redentor.
6- La comprensión pospascual: la iluminación por el Espíritu
Solo después de la crucifixión y la resurrección los discípulos captarán plenamente el sentido de estas palabras pronunciadas en la última cena. Juan anota con honestidad que, hasta ese momento, «aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos» (Juan 20.9). La resurrección al tercer día fue el detonante hermenéutico que abrió su entendimiento a las Escrituras (San Lucas 24.45).
El Resucitado mismo tuvo que explicarles, comenzando por Moisés y todos los profetas, lo que de él decían todas las Escrituras (San Lucas 24.27; San Lucas 24.44-47). Comprendieron entonces que la muerte del Mesías Jesús no era un fracaso trágico, sino el paso necesario hacia la redención de la humanidad, el cumplimiento de la voluntad de amor del Padre: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3.16-17).
7- El papel del Espíritu Santo en la iluminación de los discípulos
El Mesías Jesús había anunciado, por lo demás, esta iluminación futura por la obra del Paráclito: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14.26). Solo después de Pentecostés, cuando el Espíritu descendió sobre los discípulos reunidos en el aposento alto (Hechos 2.1-4), pudo Pedro proclamar con seguridad el misterio de la cruz y de la resurrección ante las multitudes de Jerusalén (Hechos 2.22-36).
La incomprensión de los discípulos durante la Pasión forma así parte integrante del plan divino: pone de relieve la necesidad de la revelación por el Espíritu y subraya que la fe verdadera no procede de la sabiduría humana, sino de la iluminación divina (1 Corintios 2.10-14; San Mateo 16.17).
8- La gravedad de la última cena: un momento de tensión escatológica
Así, la escena de la última cena no reviste en modo alguno el carácter de una fiesta alegre o de una celebración despreocupada. Es un momento de intensa tensión escatológica, en el que la alegría pascual tradicional se vela bajo el peso del anuncio profético. El Mesías Jesús, plenamente consciente de lo que le espera (Juan 13.1; Juan 18.4), dirige esta comida con un dominio soberano, mientras el plan de salvación se cumple en el silencio turbado y en la incomprensión de sus discípulos más cercanos.
Esta tensión dramática entre la conciencia perfecta del Mesías y la ceguera de sus discípulos confiere al relato una profundidad teológica notable. El Hijo de Dios camina hacia la cruz con los ojos abiertos, libremente y por amor (Juan 10.17-18; Gálatas 2.20), mientras que quienes él ama no perciben todavía la gloria que brotará de esta aparente derrota.
9- Conclusión: el silencio portador del misterio redentor
La última cena sigue siendo así una de las cumbres dramáticas de los relatos de la Pasión. En el contraste entre el anuncio claro del Mesías y la incomprensión persistente de los discípulos se revela el misterio de la redención: lo que la sabiduría humana no podía concebir, Dios lo cumplió por la aparente locura de la cruz (1 Corintios 1.18-25).
El silencio de los discípulos, su incapacidad para captar la inminencia del drama, su pregunta angustiada —«¿Soy yo, Señor?»— constituyen otros tantos testimonios de su frágil humanidad, pero también de la pedagogía divina que preparaba su corazón para recibir, después de la Pascua, la plena : «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria» (Colosenses 1.26-27).