Aunque los acontecimientos descritos ocurren un lunes, todo indica que Jesús, el Mesías, y sus discípulos acudían cada día al Templo de Jerusalén. Era para ellos un lugar central, no solo de oración, sino sobre todo de enseñanza. Allí, en medio de las multitudes reunidas para la fiesta de la Pascua, Jesús aprovechaba cada ocasión para anunciar la buena noticia del Reino de Dios. Los peregrinos llegaban de todas partes, y cada uno quería escuchar a este hombre cuya palabra tocaba las almas y despertaba la esperanza de un mundo nuevo.
Lucas, en su relato, subraya de inmediato la reacción de las autoridades religiosas. Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos estaban profundamente perturbados. Su ira crecía a medida que aumentaba la influencia de Jesús. Temiendo perder su autoridad sobre el pueblo, seguían buscando la manera de acallarlo definitivamente, llegando incluso a considerar su muerte. Pero vacilaban, porque el pueblo, fascinado y atento, estaba pendiente de cada una de sus palabras. Las multitudes reconocían en él a un profeta, quizá incluso más, y los dirigentes sabían que un arresto brusco podría provocar un tumulto.
Lucas se cuida, en su evangelio, de explicar quiénes son estos diferentes grupos religiosos: los escribas, especialistas de la Ley; los doctores, guardianes de la tradición; los , procedentes de la aristocracia sacerdotal; y los , defensores celosos de la pureza ritual. Su cuidado se debe a que escribe para un público no judío, poco familiarizado con estas distinciones.
Así, se forman claramente dos bandos: por un lado, el pueblo, maravillado y alimentado por las palabras del Mesías Jesús, que encuentra en él una luz nueva; por el otro, las autoridades religiosas, inquietas y celosas, que ven en él una amenaza directa para su poder y sus privilegios. El ambiente se vuelve cada vez más tenso, en la encrucijada de lo espiritual y lo político, mientras el anuncio del Reino de los Cielos trastoca el orden establecido.