El prólogo de Juan se distingue claramente del de Lucas. Juan evoca sus recuerdos y también dispone de documentos. Es evidente que tomó notas sobre los momentos clave del ministerio de Jesús el Mesías. Conocía los relatos de Mateo, de Marcos e incluso de Lucas. Estamos ante un testimonio, pero también ante una argumentación destinada a demostrar que Jesús el Mesías es el Hijo de Dios, anunciado desde la fundación del mundo.
A diferencia de Lucas, Juan no se limita a relatar episodios de la vida de Jesús el Mesías; persigue un objetivo preciso: convencer de que este Jesús el Mesías, junto a quien vivió durante tres años y medio, es realmente el Hijo de Dios que vino a salvar a la humanidad. Su razonamiento va más allá y afirma categóricamente que Jesús el Mesías es Dios mismo. Por tanto, cabe esperar que este escrito defienda constantemente esa afirmación.
Juan afirma claramente que Jesús es el Verbo hecho carne, existente desde toda la eternidad, y presenta a Juan el Bautista como el precursor, quien proclama en el desierto la venida del Mesías. El autor, Juan, se esfuerza por distinguir bien los papeles: está la luz y está quien da testimonio de esa luz.
Cuando Juan escribe estas líneas, Jesús el Mesías y Juan el Bautista ya no están presentes. Es imposible ignorar las tensiones que existían entre los discípulos de Juan el Bautista y los de Jesús el Mesías (Juan 3.25-29). Al dirigirse a todos, incluidos los discípulos de Juan el Bautista, el apóstol Juan subraya que Juan fue un gran profeta, pero que Jesús es el Mesías rey y que, por tanto, es a él a quien se debe seguir.
Los manuscritos de Qumrán revelan que los judíos de la época esperaban dos figuras mesiánicas: un mesías sacerdote y un mesías rey. Las precisiones aportadas por Juan cobran así todo su sentido.