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Introducción general al libro de Daniel

El libro de Daniel ocupa un lugar singular en las Escrituras. A la vez relato histórico, testimonio de fidelidad, literatura de visiones y texto profético,…

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Introducción general -- Título de la sección

El libro de Daniel ocupa un lugar singular en las Escrituras. A la vez relato histórico, testimonio de fidelidad, literatura de visiones y texto profético, conduce al lector desde el exilio en Babilonia hasta una perspectiva mucho más amplia que abarca la sucesión de los reinos, el cumplimiento del designio divino y los acontecimientos asociados al tiempo del fin. El objetivo de este estudio es examinar progresivamente el conjunto de esta obra, teniendo en cuenta su contexto histórico, su estructura literaria y el alcance de sus revelaciones.

1. Un libro en la confluencia de la historia y la profecía

El libro de Daniel comienza con un acontecimiento histórico de gran importancia: el dominio babilónico sobre Judá y la deportación de una parte de la población a Babilonia (Daniel 1.1-6). Daniel pertenece a esa generación que se vio bruscamente enfrentada a la desaparición de sus referentes políticos, geográficos y religiosos.

Jerusalén es amenazada y después destruida. El reino de Judá desaparece. El Templo acaba siendo arrasado. Una parte del pueblo vive ahora bajo la autoridad de soberanos extranjeros. En este contexto, una pregunta fundamental recorre todo el libro: ¿qué ocurre con la soberanía de Dios cuando su pueblo queda sometido a las potencias que dominan el mundo?

Daniel ofrece progresivamente una respuesta.

Los imperios se suceden, los soberanos aparecen y desaparecen, los sistemas políticos cambian, pero ningún poder humano escapa a la soberanía divina. Esta convicción aparece desde los primeros capítulos y se convierte en uno de los hilos conductores de toda la obra: Dios «quita y establece reyes» (Daniel 2.21).

Por tanto, el libro de Daniel no presenta simplemente una sucesión de acontecimientos extraordinarios. Detrás de los relatos sobre Nabucodonosor, Belsasar, Darío o Ciro se desarrolla una auténtica teología de la historia.

2. Dos grandes partes que se iluminan mutuamente

La estructura del libro es notable.

Los seis primeros capítulos relatan principalmente acontecimientos relacionados con la vida de Daniel y sus compañeros. En ellos descubrimos la corte de Babilonia, el sueño de la gran estatua, el horno de fuego, la humillación de Nabucodonosor, el banquete de Belsasar y el foso de los leones.

Los seis últimos capítulos cambian progresivamente de perspectiva. Daniel ya no es solo quien interpreta los sueños de otros: él mismo pasa a recibir visiones cuyo alcance supera ampliamente su época.

Las cuatro bestias de Daniel 7, el carnero y el macho cabrío de Daniel 8, las setenta semanas de Daniel 9 y, después, las revelaciones de los capítulos 10 a 12 amplían progresivamente la perspectiva hacia una historia mucho más vasta.

Sin embargo, estas dos partes no deben separarse.

Los relatos preparan las visiones, mientras que las visiones dan una nueva profundidad a los relatos. Los mismos temas reaparecen bajo formas diferentes: sucesión de los reinos, fragilidad del poder humano, persecución de los fieles, intervención divina y establecimiento final de un reino que no pasará.

Así pues, Daniel debe leerse como un conjunto coherente.

3. Un hombre situado en el corazón de las convulsiones de su época

Este estudio adoptará como marco de trabajo la identificación tradicional de Daniel con el joven de Judá deportado a Babilonia en el siglo VI antes de Cristo.

Según la hipótesis cronológica adoptada en esta obra, Daniel habría tenido unos catorce años cuando fue deportado en el 605 a. C. Esta estimación permite seguir su envejecimiento a lo largo del libro y apreciar la extraordinaria extensión del período histórico que vivió el profeta.

El joven exiliado del primer capítulo se convierte progresivamente en un alto funcionario de la administración babilónica y, después, en un anciano que ve desaparecer el imperio en el que había pasado la mayor parte de su vida.

Daniel vive así varios reinados y presencia finalmente el paso del dominio babilónico al dominio medopersa.

Esta duración da al libro una dimensión particular. Daniel no se limita a observar la historia: la vive.

4. Una revelación que supera la época de Daniel

Sin embargo, una de las particularidades más importantes del libro reside en la distancia entre la vida de Daniel y el alcance temporal de las revelaciones que recibe.

Algunas visiones se refieren a acontecimientos relativamente próximos a su época. Otras anuncian transformaciones políticas que solo se producirán varias generaciones después de su muerte. Otras, en fin, conducen hacia perspectivas mucho más lejanas.

Esta progresión se hace especialmente explícita cuando Daniel recibe esta instrucción:

«Tú, Daniel, mantén en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin» (Daniel 12.4).

Esta declaración constituye una de las claves de lectura de la obra.

Daniel recibe revelaciones cuyo cumplimiento completo no verá personalmente. De hecho, procura comprender lo que se le muestra y en ocasiones reconoce su falta de comprensión (Daniel 8.27; 12:8).

El profeta se convierte así en depositario de un mensaje destinado a trascender su propia generación.

5. Daniel y la cuestión del cumplimiento histórico

Esta particularidad explica por qué el estudio de Daniel no puede limitarse al análisis literario de sus visiones.

El libro invita necesariamente a contrastar algunos de sus anuncios con la historia.

Babilonia, el Imperio medopersa, la potencia griega, las divisiones surgidas del imperio de Alejandro y los conflictos posteriores son realidades históricas que deberán examinarse con precisión al estudiar los textos correspondientes.

Esta confrontación entre profecía e historia representa uno de los grandes atractivos del libro.

Sin embargo, exige un método riguroso: distinguir lo que el texto afirma explícitamente, lo que la historia permite establecer y lo que pertenece a la interpretación.

Esta distinción será especialmente importante cuando sean posibles varias lecturas proféticas.

6. Visiones diferentes de una misma historia

Otra característica fundamental de Daniel aparece cuando se ponen en paralelo sus diferentes visiones.

La estatua de Daniel 2, las cuatro bestias de Daniel 7, el carnero y el macho cabrío de Daniel 8, así como las revelaciones posteriores, no constituyen necesariamente profecías independientes entre sí.

Más bien parecen presentar, desde distintos ángulos, varias etapas de una misma historia.

Una primera visión proporciona una estructura general. Otra retoma algunos elementos y los desarrolla. Otra concentra la atención en un período o un personaje particular.

Esta progresión explica por qué algunos pasajes parecen difíciles cuando se estudian aisladamente, pero se vuelven mucho más comprensibles al compararlos con las demás visiones del libro.

Por tanto, una parte específica de este estudio se dedicará a poner en paralelo las grandes revelaciones de Daniel para mostrar sus correspondencias, diferencias y complementariedad.

7. Un lugar especial para la profecía de las setenta semanas

Entre los textos proféticos del libro, Daniel 9 ocupa una posición excepcional.

La profecía de las setenta semanas introduce una cronología directamente relacionada con Jerusalén, el pecado, la justicia, el santuario y el Mesías (Daniel 9.24-27).

Su interpretación ha dado lugar a numerosos cálculos y a varios sistemas cronológicos.

Por ello, este estudio le prestará una atención particular.

Examinará el punto de partida de la profecía, su estructura cronológica, sus distintos períodos y la cuestión de su cumplimiento. El análisis defendido en esta obra se expondrá con sus argumentos, distinguiendo cuidadosamente los datos explícitos del texto bíblico de las reconstrucciones cronológicas propuestas para interpretarlos.

Sin embargo, Daniel 9 no se aislará del resto del libro. La profecía de las setenta semanas deberá situarse en el conjunto de la progresión profética de Daniel.

8. Daniel y el Apocalipsis

El estudio de Daniel conduce también a otro libro bíblico: el Apocalipsis de Juan.

Varias imágenes y temas presentes en Daniel reaparecen en el Apocalipsis: las bestias, los reinos, la persecución de los fieles, ciertos períodos proféticos, el juicio, la victoria final y el establecimiento del reino de Dios.

Los dos libros no son, evidentemente, idénticos y deben estudiarse primero en su propio contexto. Sin embargo, su vocabulario simbólico y sus perspectivas presentan suficientes correspondencias para justificar una comparación atenta.

Daniel proporciona así una parte importante del trasfondo necesario para comprender algunas visiones del Apocalipsis.

Esta relación entre ambas obras se señalará regularmente cuando contribuya realmente a esclarecer el texto.

9. Un estudio que no se limita a las profecías

Sin embargo, la riqueza del libro de Daniel no reside únicamente en sus predicciones.

Antes de recibir grandes visiones, Daniel es un hombre que se enfrenta a decisiones.

Debe vivir en una sociedad extranjera sin perder su identidad. Sirve a soberanos cuyas convicciones no comparte necesariamente. Desempeña responsabilidades importantes sin dejar de ser fiel a Dios. Conoce los honores, las amenazas, los cambios de régimen y, finalmente, la persecución.

Sus compañeros se enfrentan a la misma cuestión cuando se niegan a adorar la estatua levantada por Nabucodonosor (Daniel 3.16-18). El propio Daniel la afronta cuando un decreto prohíbe dirigir oraciones a cualquier otro que no sea el rey (Daniel 6.7-11).

El libro une así constantemente dos dimensiones: comprender la historia y permanecer fiel en medio de ella.

Esta asociación constituye probablemente una de las razones de la fuerza perdurable de Daniel.

10. Una pregunta recorre todo el libro

Más allá de la sucesión de relatos, reyes, imperios y visiones, una pregunta fundamental acompaña finalmente toda la lectura:

¿quién gobierna realmente la historia?

Las apariencias ofrecen sucesivamente la respuesta: Nabucodonosor, Belsasar, los medos y los persas, los reyes griegos y, después, las distintas potencias representadas en las visiones.

Sin embargo, Daniel conduce a otra conclusión.

Los reinos humanos disponen de un poder real, pero limitado. Aparecen por un tiempo y acaban desapareciendo. Ninguno es dueño de la historia.

Esta perspectiva alcanza uno de sus puntos culminantes en la visión de Daniel 7:

«Se le dio dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, las naciones y los hombres de todas las lenguas le sirvieron. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino jamás será destruido» (Daniel 7.14).

Desde Babilonia hasta el «tiempo del fin», el libro desarrolla progresivamente esta convicción.

11. Adentrarse en el libro de Daniel

Estudiar Daniel consiste, por tanto, en emprender un recorrido que comienza en los palacios de Babilonia, pero que no termina allí.

A lo largo de los doce capítulos, el marco se amplía continuamente. La historia personal de un joven deportado se entrelaza con la de los imperios. La historia de los imperios se entrelaza con la del pueblo de Dios. Los acontecimientos del pasado abren perspectivas mesiánicas y escatológicas.

Algunas páginas son inmediatamente accesibles. Otras exigen un estudio histórico minucioso. Algunas visiones deben compararse entre sí antes de poder interpretarlas. Ciertas cuestiones siguen siendo objeto de debate y deberán abordarse con prudencia.

Pero esta complejidad no debe ocultar la profunda unidad del libro.

Detrás de las estatuas, los animales simbólicos, los números, las guerras y los cambios de reinos permanece una afirmación constante: la historia humana no escapa a la soberanía de Dios.

Esta es la convicción que los doce capítulos de Daniel desarrollarán progresivamente.

El estudio puede comenzar ahora donde comienza el propio libro: en Jerusalén, cuando un joven de Judá llamado Daniel ve su existencia trastornada por la llegada del ejército babilónico.

I. El libro de Daniel: naturaleza, alcance y cuestiones fundamentales del estudio

Antes de abordar sucesivamente los doce capítulos del libro de Daniel, conviene precisar su naturaleza y sus principales cuestiones. La obra combina relato histórico, sabiduría, visiones proféticas y perspectivas escatológicas. Esta diversidad explica tanto su riqueza como las dificultades particulares que presenta su interpretación.

1. Un libro difícil de clasificar en una sola categoría

El libro de Daniel posee una estructura literaria particular. Sus primeros capítulos adoptan principalmente la forma de relatos protagonizados por Daniel, sus compañeros y varios soberanos de Babilonia y del Imperio medopersa. A partir del capítulo 7, las visiones ocupan un lugar preponderante y dan paso a un lenguaje mucho más simbólico.

Sin embargo, esta distinción no debe llevar a considerar el libro como la yuxtaposición de dos obras independientes.

Estrechos vínculos unen ambas partes. El sueño de la estatua de Daniel 2 anuncia ya la sucesión de varios reinos, tema retomado bajo otra forma por las cuatro bestias de Daniel 7. Del mismo modo, la soberanía de Dios sobre las potencias políticas, demostrada en los relatos sobre Nabucodonosor o Belsasar, constituye también uno de los fundamentos de las visiones proféticas.

Por tanto, los relatos y las visiones forman parte de una misma demostración.

2. Daniel en el canon bíblico

En la , Daniel no figura entre los Nevi’im, los «Profetas», sino entre los Ketuvim, los «Escritos». Esta clasificación distingue a Daniel de Isaías, Jeremías o Ezequiel.

Sin embargo, esto no significa que su libro carezca de carácter profético.

Daniel recibe sueños y visiones, anuncia acontecimientos futuros y él mismo procura comprender el alcance de las revelaciones que se le comunican. Además, Jesús el Mesías se refiere explícitamente a «Daniel el profeta» en el discurso sobre la abominación desoladora (San Mateo 24.15).

Conviene, pues, distinguir el lugar canónico del libro en la y la naturaleza profética de una parte importante de su contenido.

3. La cuestión del autor y la fecha de redacción

Pocos libros bíblicos han suscitado tantos debates sobre su fecha de composición.

La lectura tradicional sitúa a Daniel en el siglo VI antes de Cristo e identifica al personaje presentado en el libro como el destinatario y transmisor de las visiones que llevan su nombre.

En cambio, gran parte de la investigación histórico-crítica moderna considera que la forma final del libro debe situarse en el siglo II antes de Cristo, especialmente en el contexto de las persecuciones de Antíoco IV Epífanes.

La cuestión es importante porque influye profundamente en la manera de entender las profecías.

Si el libro pertenece esencialmente al siglo VI, las descripciones relativas a los imperios persa y griego anuncian acontecimientos todavía futuros en tiempos de Daniel.

Si las visiones se compusieron en el siglo II, una parte importante de esas mismas descripciones puede entenderse como una presentación teológica de acontecimientos ya ocurridos.

Este estudio adoptará como marco interpretativo una redacción antigua y reconocerá en Daniel una auténtica dimensión profética. Sin embargo, no se ignorarán los argumentos de otros enfoques cuando sean necesarios para comprender el debate.

En efecto, es importante distinguir una posición interpretativa asumida de la falta de examen de las posiciones rivales.

4. Un método basado en tres niveles de análisis

La interpretación de las profecías de Daniel exige una distinción metodológica fundamental entre tres niveles.

El primero es el del texto: ¿qué dice realmente Daniel?

El segundo es el de la historia: ¿qué acontecimientos pueden establecerse de forma independiente y relacionarse con los elementos descritos en el libro?

El tercero es el de la interpretación: ¿de qué manera pueden relacionarse los datos textuales e históricos?

Esta distinción se mantendrá, en la medida de lo posible, a lo largo de todo el estudio.

Resulta indispensable cuando el texto ofrece una imagen simbólica sin identificar directamente su cumplimiento. En ese caso, la interpretación propuesta no debe presentarse como si constituyera por sí misma una afirmación explícita de Daniel.

Por el contrario, cuando el libro ofrece su propia interpretación de un símbolo, esa información debe constituir el punto de partida del análisis.

Daniel 8 proporciona un ejemplo especialmente claro. El texto no deja al lector libertad para identificar arbitrariamente al carnero y al macho cabrío: el carnero representa a «los reyes de Media y de Persia», mientras que el macho cabrío representa al reino de Grecia (Daniel 8.20-21).

Por tanto, la interpretación debe comenzar por lo que el propio texto explica antes de buscar correspondencias adicionales.

5. Profecía e historia

Una de las características más notables de Daniel reside en el lugar que concede a la sucesión de las potencias políticas.

Los reinos aparecen, dominan, se dividen y después desaparecen.

Sin embargo, esta sucesión nunca se presenta como una simple crónica política. Daniel procura mostrar lo que se encuentra detrás de la historia visible.

El sueño de Nabucodonosor en Daniel 2 ofrece una primera ilustración. La estatua representa una sucesión de reinos, pero la visión no termina con el último poder humano. Una piedra interviene, destruye la estatua y se convierte en una gran montaña que llena toda la tierra (Daniel 2.34-35).

La interpretación dada a Nabucodonosor precisa después:

«En el tiempo de estos reyes, el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido» (Daniel 2.44).

Por tanto, la verdadera perspectiva de Daniel va más allá de identificar los imperios.

La cuestión última no es solo saber qué reino sucede al anterior, sino comprender hacia dónde conduce el conjunto de esta sucesión.

6. Una historia presentada como orientada hacia una meta

La concepción de la historia desarrollada en Daniel no es cíclica.

Los reinos no se suceden indefinidamente en un movimiento carente de finalidad. Las visiones conducen hacia un término.

Esta orientación aparece especialmente en Daniel 7. Tras la sucesión de las cuatro bestias viene la escena del juicio, y después se concede el dominio a quien es presentado como «un hijo de hombre» (Daniel 7.9-14).

Daniel 12 también conduce hacia una conclusión: angustia, liberación, resurrección y cumplimiento de un tiempo determinado (Daniel 12.1-4).

El libro desarrolla así una auténtica progresión.

Exilio → reinos → conflictos → persecución → juicio → liberación → reinado.

Esta estructura constituye una de las principales claves de lectura del conjunto de la obra.

7. Comprender las repeticiones proféticas

Las visiones de Daniel presentan varias veces realidades comparables mediante símbolos diferentes.

Esta repetición no debe considerarse inútil.

Daniel 2 presenta una estatua compuesta de varios materiales.

Daniel 7 presenta cuatro bestias.

Daniel 8 concentra después la atención en un carnero y un macho cabrío.

Daniel 11 abandona en gran medida las representaciones animales para presentar una sucesión especialmente detallada de conflictos entre soberanos.

Cada revelación aporta, por tanto, un grado adicional de precisión.

El principio puede resumirse así:

revelación general → recapitulación → desarrollo → precisión.

Este método de lectura será especialmente importante cuando finalmente se pongan en paralelo las grandes visiones.

8. Los cumplimientos históricos y la perspectiva escatológica

Surge una dificultad adicional cuando ciertas profecías parecen tener un cumplimiento histórico identificable y, al mismo tiempo, emplean un lenguaje que parece ir más allá de ese cumplimiento.

El caso de Antíoco IV Epífanes será especialmente importante.

Varios elementos de Daniel se corresponden de manera notable con los acontecimientos que rodean su reinado, sus intervenciones en Jerusalén y la profanación del santuario. Sería metodológicamente incorrecto ignorar estas correspondencias.

Sin embargo, también habrá que preguntarse si algunos textos utilizan este episodio histórico como modelo de una realidad posterior.

El discurso escatológico de Jesús el Mesías da especial importancia a esta cuestión. Cuando menciona «la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel» (San Mateo 24.15), retoma un lenguaje procedente de Daniel y lo aplica a una perspectiva que, para sus oyentes, sigue teniendo una dimensión futura.

Resulta entonces necesario examinar la posibilidad de varios niveles de cumplimiento sin confundirlos.

9. La prudencia necesaria ante los cálculos cronológicos

Daniel contiene varias indicaciones temporales: setenta semanas, un tiempo, tiempos y medio tiempo, 1.290 días y 1.335 días.

Estos datos han suscitado, naturalmente, numerosos cálculos.

Algunas interpretaciones se basan en correspondencias sólidas; otras han dado lugar a sistemas sumamente complejos, a veces construidos para llegar a una fecha buscada de antemano.

Por ello, este estudio prestará especial atención a la metodología cronológica.

Cada cálculo deberá precisar su punto de partida, la unidad adoptada, el posible método de conversión y los datos históricos utilizados.

Una cronología no deberá considerarse demostrada simplemente porque llegue a una fecha notable.

La fuerza de una propuesta cronológica depende, ante todo, de la solidez de sus premisas.

10. El Mesías en el libro de Daniel

El estudio de Daniel conduce también a varios textos que ocupan un lugar importante en la comprensión bíblica del Mesías.

Daniel 7 presenta a «uno semejante a un hijo de hombre» que se acerca al Anciano de Días y recibe un dominio eterno (Daniel 7.13-14).

Daniel 9 menciona a un «ungido» en el marco de la profecía de las setenta semanas (Daniel 9.25-26).

Estos pasajes han desempeñado un papel considerable en las interpretaciones judías y cristianas del libro.

La expresión «Hijo del Hombre» adquiere particular importancia en los Evangelios, donde constituye una de las designaciones que Jesús emplea frecuentemente para referirse a sí mismo.

Por tanto, el estudio de Daniel no puede separarse de la cuestión mesiánica.

11. ¿Por qué seguir estudiando Daniel hoy?

El libro de Daniel pertenece a un mundo alejado del nuestro: Babilonia, los soberanos persas, las guerras helenísticas y los conflictos en torno a Jerusalén parecen pertenecer a una historia antigua.

Sin embargo, las preguntas a las que responde el libro siguen siendo sorprendentemente actuales.

¿Cómo conservar las propias convicciones cuando la sociedad que nos rodea ya no las comparte?

¿Cómo ejercer responsabilidades dentro de un sistema político o cultural distinto de las propias convicciones?

¿Hasta dónde puede llegar la obediencia a la autoridad?

¿En qué momento la fidelidad a Dios exige negarse a obedecer?

¿Cómo comprender el poder de los Estados y de los dirigentes cuando parecen determinar por sí solos el curso de la historia?

¿Cómo mantener la esperanza cuando las circunstancias parecen contradecir las promesas divinas?

Daniel no responde a estas preguntas mediante una reflexión abstracta. Las sitúa en la vida de hombres enfrentados a situaciones concretas.

12. Una invitación a recorrer los doce capítulos

El libro de Daniel merece, por tanto, leerse despacio.

El lector que solo conoce el foso de los leones o el horno de fuego conoce todavía una pequeña parte del libro. Quien solo se interesa por los cálculos proféticos corre también el riesgo de pasar por alto uno de sus mensajes esenciales.

Daniel es a la vez el relato de una fidelidad vivida y una revelación sobre la soberanía de Dios en la historia.

Por eso, este estudio seguirá el libro capítulo a capítulo.

Los relatos se situarán en su contexto histórico. Las visiones se analizarán en su progresión. Los símbolos se compararán. Los datos cronológicos se examinarán. Finalmente, las distintas profecías se pondrán en paralelo para mostrar su coherencia general.

El recorrido comienza con un adolescente arrancado de Jerusalén y conduce hasta una de las últimas palabras dirigidas a Daniel:

«Y tú, ve hasta tu fin; reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días» (Daniel 12.13).

Entre estos dos extremos se despliega uno de los grandes panoramas proféticos de la Biblia.

II. La fecha de redacción del libro de Daniel: ¿siglo VI o siglo II a. C.?

La fecha de redacción del libro de Daniel constituye una de las cuestiones más debatidas de su estudio. La lectura tradicional sitúa a Daniel en el siglo VI a. C., en el contexto del exilio babilónico, mientras que gran parte de la investigación histórico-crítica sitúa la composición final del libro en el siglo II a. C., durante la crisis provocada por Antíoco IV Epífanes. Este estudio adopta la primera posición, pero sigue siendo necesario examinar la segunda para comprender los argumentos del debate y sus consecuencias para la interpretación de las profecías.

1. Dos enfoques profundamente diferentes

El debate sobre la datación de Daniel no se refiere a unas pocas décadas.

Casi cuatro siglos separan las dos propuestas principales.

Según la lectura tradicional adoptada en este estudio, Daniel pertenece al siglo VI a. C. Deportado a Babilonia, habría vivido bajo varios soberanos y recibido progresivamente las revelaciones recogidas en el libro.

Según el enfoque crítico predominante, las tradiciones relativas a Daniel pueden conservar materiales más antiguos, pero la forma final de las visiones, especialmente Daniel 7-12, debe situarse en el siglo II a. C., en el contexto del dominio seléucida y de las persecuciones de Antíoco IV Epífanes.

La diferencia es fundamental.

En el primer modelo, Daniel anuncia acontecimientos que se producirán varios siglos después de su vida.

En el segundo, una parte de la historia ya ocurrida se presenta bajo una forma profética para animar a los fieles que afrontan la persecución.

Por tanto, la cuestión de la fecha determina en gran medida cómo se entenderán las visiones.

2. ¿Por qué se propone el siglo II a. C.?

La datación tardía no debe presentarse como una afirmación carente de argumentos.

Se basa principalmente en la extraordinaria precisión con la que ciertas visiones se corresponden con los acontecimientos del período helenístico.

Daniel 8 identifica explícitamente a Persia y Grecia (Daniel 8.20-21). Daniel 11 presenta después una sucesión de conflictos cuyos elementos pueden relacionarse, en varios casos, con los enfrentamientos entre las dinastías ptolemaica y seléucida tras la muerte de Alejandro Magno.

La atención acaba concentrándose en un soberano cuyas características se corresponden en varios aspectos con Antíoco IV Epífanes y con su intervención contra Jerusalén.

Para quienes defienden una redacción en el siglo II, esta precisión se explica naturalmente si el autor ya conoce gran parte de los acontecimientos que presenta bajo una forma profética.

A esto se añaden argumentos literarios, lingüísticos e históricos que han llevado a una parte importante de la investigación moderna a favorecer una composición final en la época macabea.

Esta posición debe examinarse seriamente antes de discutirla.

3. ¿Constituye la precisión profética una prueba de redacción tardía?

Uno de los puntos centrales del debate aparece de inmediato.

¿Puede utilizarse la precisión de una profecía para determinar su fecha?

Todo depende, en parte, de los presupuestos adoptados.

Si se considera imposible un conocimiento detallado de acontecimientos futuros, una descripción muy precisa de hechos posteriores a la supuesta época del profeta se convierte naturalmente en un argumento a favor de una redacción posterior a los hechos.

Pero, si se admite la posibilidad de una revelación profética, la precisión ya no demuestra necesariamente una redacción tardía.

Se convierte precisamente en lo que el texto afirma ser: una revelación sobre acontecimientos todavía futuros.

Conviene, por tanto, reconocer que la discusión histórica se cruza aquí con una cuestión más fundamental sobre la naturaleza misma de la profecía bíblica.

Esta observación no exime en absoluto de examinar los argumentos históricos o lingüísticos. Simplemente permite identificar correctamente uno de los presupuestos que pueden influir en la interpretación.

4. Lo que el libro afirma acerca de Daniel

El libro sitúa constantemente a su personaje principal en el contexto babilónico y persa.

Daniel 1 lo presenta entre los jóvenes de Judá llevados a Babilonia bajo Nabucodonosor.

Los relatos siguientes lo muestran en la corte real.

A partir del capítulo 7, el texto emplea regularmente la primera persona:

«Yo, Daniel…» (Daniel 7.15).

«Yo, Daniel, tuve una visión» (Daniel 8.1).

«Yo, Daniel, comprendí por los libros…» (Daniel 9.2).

«En aquel tiempo, yo, Daniel, estuve de duelo durante tres semanas» (Daniel 10.2).

La presentación literaria del libro pide, por tanto, al lector que reciba estas visiones como experiencias del propio Daniel.

Esto no basta, por sí solo, para resolver históricamente la cuestión de la composición final del libro. En teoría, un autor tardío podría escribir bajo el nombre de un personaje antiguo.

Pero esa posibilidad debe precisamente demostrarse, y no darse simplemente por supuesta.

El testimonio interno del libro constituye, por tanto, un dato que debe tenerse en cuenta.

5. ¿Conoce Daniel realmente el mundo del siglo VI?

Los relatos de Daniel contienen numerosos elementos relativos a las cortes babilónica y persa: funciones administrativas, prácticas cortesanas, cambios de nombre, organización política, usos jurídicos y títulos.

Algunos pasajes se consideraron durante mucho tiempo históricamente problemáticos.

El caso de Belsasar es especialmente instructivo.

Durante un tiempo, las fuentes históricas conocidas parecían presentar a Nabonido como el último rey de Babilonia, mientras que Daniel 5 sitúa a Belsasar en el centro de la última noche de la ciudad.

Sin embargo, la documentación mesopotámica ha confirmado la existencia de Belsasar —Bel-shar-usur—, hijo de Nabonido, así como su importancia en la administración del reino durante las prolongadas ausencias de su padre.

Este dato no demuestra por sí solo una redacción en el siglo VI.

Sin embargo, muestra que un elemento presentado en otro tiempo como una dificultad histórica debe evaluarse con mayor prudencia.

La historia de la investigación sobre Daniel recuerda así que una falta momentánea de confirmación documental no constituye necesariamente una refutación del texto.

6. El problema de «Darío el medo»

Sin embargo, no todas las dificultades históricas se resuelven del mismo modo.

La identidad de «Darío el medo» sigue siendo una de las cuestiones más debatidas del libro.

Daniel 5.31 indica que, tras la caída de Belsasar, «Darío el medo» recibió el reino. Daniel 6 lo presenta después ejerciendo la autoridad.

Se han propuesto varias identificaciones, entre ellas Gubaru o Ugbaru, personajes vinculados a la conquista persa de Babilonia, mientras que otras interpretaciones intentan identificar a este Darío con Ciro bajo un título particular.

Ninguna de estas propuestas cuenta con un consenso general.

Por tanto, un estudio académico no debe presentar como definitivamente resuelto lo que la documentación disponible todavía deja abierto.

Esta dificultad se examinará en los capítulos correspondientes.

Sin embargo, por sí sola no basta para determinar la fecha de composición de todo el libro.

7. El arameo y el hebreo de Daniel

El libro presenta también una particularidad lingüística notable.

Daniel 1.1-2.4a está escrito en hebreo.

Daniel 2:4b-7:28 está escrito en arameo.

A partir de Daniel 8.1, el texto vuelve al hebreo.

Esta alternancia probablemente no sea accidental. La gran sección aramea contiene, entre otros materiales, varios relatos directamente relacionados con soberanos e imperios no israelitas, mientras que las últimas visiones, más centradas en el pueblo de Daniel y su futuro, vuelven al hebreo.

Sin embargo, la datación lingüística sigue siendo compleja.

Una lengua no se transforma instantáneamente cuando comienza o termina un siglo, y las formas antiguas pueden conservarse en documentos más recientes. A la inversa, un texto antiguo puede experimentar una transmisión y ciertas actualizaciones ortográficas.

Por tanto, los argumentos lingüísticos deben incorporarse al conjunto de pruebas sin exigirles que proporcionen, aisladamente, una fecha precisa de redacción.

8. ¿Constituyen una prueba los pocos términos griegos?

La presencia de algunas palabras de origen griego en Daniel se ha utilizado en ocasiones para defender una redacción helenística.

Estos términos aparecen especialmente en la lista de instrumentos musicales de Daniel 3.

El argumento merece tenerse en cuenta, pero debe valorarse su alcance.

Las relaciones comerciales, militares y culturales entre el mundo griego y el Próximo Oriente son anteriores a las conquistas de Alejandro. Por tanto, la presencia de algunos préstamos léxicos no basta necesariamente para situar todo un texto en el siglo II a. C.

A la inversa, tampoco debe negarse su presencia.

La cuestión pertinente no es si Daniel contiene términos griegos —los contiene—, sino determinar si esos términos exigen necesariamente una composición tardía.

También aquí se impone la prudencia.

9. Daniel y los manuscritos de Qumrán

Los descubrimientos de han aportado un elemento importante al conjunto de pruebas.

Entre los manuscritos del mar Muerto se encontraron varios fragmentos del libro de Daniel.

Demuestran que Daniel circulaba en la comunidad judía en una época antigua y que ya poseía cierta autoridad en ella.

Estos manuscritos no permiten, evidentemente, demostrar por sí solos una redacción en el siglo VI. Un texto compuesto en el siglo II podría haber circulado rápidamente.

Sin embargo, imponen un límite cronológico: el libro no puede considerarse una creación tardía de la época cristiana ni de un período mucho más reciente.

También dan testimonio de la importancia que Daniel adquirió relativamente pronto en ciertos ambientes judíos.

10. Daniel en la tradición judía antigua

El lugar de Daniel entre los Ketuvim, los Escritos, y no entre los Nevi’im, los Profetas, se ha utilizado en ocasiones como argumento a favor de una incorporación tardía al canon.

Sin embargo, este dato merece una interpretación prudente.

La clasificación canónica no constituye necesariamente una cronología de composición.

Los libros bíblicos se agruparon según categorías literarias y religiosas que no se corresponden simplemente con su fecha de redacción.

Por tanto, Daniel puede pertenecer a los Escritos sin que esa posición baste para demostrar una composición en el siglo II a. C.

No obstante, sigue siendo importante tener en cuenta esta particularidad al estudiar la recepción judía del libro.

11. El testimonio de Jesús el Mesías

En un estudio cristiano de Daniel, el testimonio de Jesús el Mesías ocupa necesariamente un lugar importante.

En el discurso escatológico recogido por Mateo, Jesús declara:

«Cuando veáis la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel…» (San Mateo 24.15).

Esta declaración establece, como mínimo, dos hechos importantes para la lectura cristiana.

En primer lugar, Jesús reconoce a Daniel como una autoridad escrituraria.

En segundo lugar, lo designa explícitamente como profeta.

Por tanto, esta referencia tiene una importancia teológica considerable.

Sin embargo, tomada aisladamente, no permite resolver todas las cuestiones modernas sobre las posibles etapas de composición y transmisión del libro. Jesús no desarrolla en este pasaje una teoría literaria sobre la formación del texto.

Conviene, pues, no hacer decir a San Mateo 24.15 más de lo que afirma.

Pero lo que afirma sigue siendo significativo: en el discurso de Jesús, Daniel es reconocido como profeta, y su palabra conserva un alcance que permite esclarecer acontecimientos todavía futuros para sus oyentes.

12. Una precisión importante sobre la historia del debate

También sería inexacto situar el origen de la datación tardía únicamente en el siglo XVIII.

El cuestionamiento de una redacción de Daniel en el siglo VI es mucho más antiguo.

En el siglo III d. C., el filósofo Porfirio ya sostenía que las profecías de Daniel se habían redactado después de los acontecimientos que parecían anunciar, especialmente en la época de Antíoco IV Epífanes.

Esta interpretación fue combatida por autores cristianos, en particular Jerónimo.

Por tanto, la crítica moderna no creó de la nada la hipótesis de una redacción macabea. La retomó, la desarrolló y la fundamentó en nuevos argumentos históricos, lingüísticos y literarios.

Esta precisión histórica es importante para presentar correctamente el estado del debate.

13. ¿Por qué adopta este estudio el siglo VI?

La posición adoptada en esta obra se apoya en varios elementos convergentes, y no en un único argumento.

El libro sitúa explícitamente a Daniel en el contexto del exilio.

Las visiones se presentan como recibidas personalmente por él.

Varios datos muestran un conocimiento preciso de los entornos babilónico y persa.

La tradición antigua reconoció a Daniel como una figura histórica vinculada al exilio.

Por último, el marco teológico adoptado en este estudio admite la posibilidad de una auténtica revelación profética.

Por tanto, la precisión de los anuncios no constituye una razón suficiente para situar su redacción después de los acontecimientos.

En consecuencia, este estudio considerará a Daniel como el personaje histórico y profético en torno al cual se organiza el libro y adoptará el siglo VI a. C. como marco fundamental de las revelaciones que se le atribuyen.

14. Una posición asumida sin cerrar la discusión

Defender esta datación no exige minimizar las dificultades.

Algunas cuestiones siguen siendo complejas.

La identidad de Darío el medo es objeto de debate.

La formación literaria del libro plantea interrogantes.

Los datos lingüísticos deben estudiarse.

La correspondencia sumamente precisa entre Daniel 11 y la historia helenística exige un análisis profundo.

Reconocer estas dificultades no debilita necesariamente la posición defendida. Al contrario, una hipótesis gana credibilidad cuando distingue los argumentos sólidos de las cuestiones todavía abiertas.

Por tanto, el objetivo no será forzar cada dato para encajarlo en un sistema establecido de antemano, sino examinar los textos en su contexto antes de proponer una interpretación.

15. Una cuestión que acompañará todo el estudio

En definitiva, el debate sobre la fecha de Daniel no podrá separarse por completo de la lectura de las propias profecías.

Si las visiones se corresponden efectivamente con varios siglos de historia posteriores a Daniel, siguen enfrentadas dos grandes explicaciones: o bien se redactaron después de una parte importante de los acontecimientos descritos, o bien constituyen auténticos anuncios proféticos.

Este estudio adopta la segunda posibilidad.

Sin embargo, deberá mostrar su coherencia a lo largo del análisis, en lugar de considerarla demostrada mediante una simple declaración previa.

Por tanto, el estudio de los doce capítulos, la comparación de las distintas visiones y su confrontación con los datos históricos permitirán evaluar progresivamente la solidez de esta lectura.

Así pues, el debate sobre la fecha de redacción no constituye una digresión situada antes del estudio de Daniel.

Afecta directamente a la pregunta central planteada por el propio libro:

¿Daniel relata únicamente la historia de su tiempo o recibe una revelación que supera realmente su época?

Los capítulos siguientes permitirán examinar esta cuestión a partir del texto.

III. El contexto histórico del libro de Daniel

El libro de Daniel se sitúa en uno de los períodos más convulsos de la historia de Judá. Entre finales del siglo VII y el siglo VI a. C., el Próximo Oriente experimenta una transformación política considerable: el Imperio asirio desaparece, Babilonia se convierte en la potencia dominante, Jerusalén es conquistada y una parte de su población es deportada. Unas décadas después, Babilonia cae a su vez ante los persas. La vida de Daniel transcurre en el corazón de estas convulsiones.

1. La desaparición de la potencia asiria

Durante varios siglos, Asiria había dominado gran parte del Próximo Oriente. El reino del norte, Israel, había desaparecido a manos de los asirios con la toma de Samaria en el siglo VIII a. C. (2 Reyes 17.5-6).

A finales del siglo VII a. C., esta potencia se derrumba progresivamente.

Nínive cae en el 612 a. C., y las últimas fuerzas asirias intentan continuar la resistencia más al oeste.

Sin embargo, la desaparición de Asiria no significa que los pequeños reinos de la región recuperen una independencia duradera. Por el contrario, abre una lucha por el control del Próximo Oriente entre dos grandes potencias: Egipto y Babilonia.

Judá queda directamente atrapada entre ambas.

2. La batalla de Carquemis y el ascenso de Babilonia

El año 605 a. C. constituye un punto de inflexión fundamental.

En Carquemis, a orillas del Éufrates, el ejército babilónico dirigido por Nabucodonosor obtiene una victoria decisiva sobre las fuerzas egipcias.

Esta victoria modifica profundamente el equilibrio político regional. Babilonia se convierte en la potencia dominante en Siria-Palestina.

En este contexto debe situarse la de Daniel.

Daniel 1 relata que Nabucodonosor marchó contra Jerusalén durante el reinado de Joacim y que algunos objetos del Templo fueron llevados a Babilonia (Daniel 1.1-2).

Por tanto, el libro comienza en el momento preciso en que la gran historia de los imperios trastorna la historia personal de Daniel.

3. Daniel y la deportación

Daniel pertenece a un grupo de jóvenes de Judá llevados a Babilonia.

El texto precisa que fueron escogidos entre jóvenes «de linaje real o de familias nobles», sin defecto físico, instruidos, inteligentes y capaces de servir en el palacio real (Daniel 1.3-4).

Por tanto, no se trata simplemente de un desplazamiento de población.

Babilonia también busca incorporar a su administración a algunos representantes prometedores de los pueblos sometidos.

Daniel y sus compañeros entran así en un proceso de formación destinado a convertirlos en servidores competentes del Imperio.

Esta situación explica una de las tensiones fundamentales de Daniel 1: ¿cómo integrarse en una civilización extranjera sin abandonar la propia identidad y las propias convicciones?

4. La edad probable de Daniel

El texto bíblico no da la edad exacta de Daniel en el momento de su deportación.

Este estudio adoptará, como hipótesis de trabajo, una edad de unos catorce años en el 605 a. C.

Esta estimación no debe presentarse como un dato proporcionado explícitamente por el texto. Constituye una reconstrucción cronológica que permite calcular aproximadamente la edad de Daniel durante los distintos acontecimientos relatados en el libro.

Si se adopta esta hipótesis, Daniel habría nacido hacia el 619 a. C.

Sobre todo, permite apreciar la extraordinaria extensión de su trayectoria: el joven de Judá que llegó a Babilonia bajo Nabucodonosor seguiría vivo varias décadas después, cuando desaparece el Imperio babilónico y comienza el dominio persa.

Por tanto, la edad estimada de Daniel se indicará, cuando resulte útil, en los distintos capítulos de este estudio.

5. Una política de integración de las élites

El cambio impuesto a Daniel y sus compañeros va más allá de su desplazamiento geográfico.

Deben aprender «la literatura y la lengua de los caldeos» (Daniel 1.4).

También se les cambian los nombres.

Daniel recibe el nombre de Beltsasar, Hananías el de Sadrac, Misael el de Mesac y Azarías el de Abed-nego (Daniel 1.6-7).

Estos cambios tienen una fuerte dimensión cultural.

Los jóvenes de Judá deben aprender la lengua de la administración, recibir una nueva formación y desenvolverse en un entorno religioso profundamente distinto del de Jerusalén.

Por tanto, Babilonia no busca únicamente controlar territorios. También sabe incorporar las capacidades de los pueblos conquistados a su propio sistema administrativo.

Daniel pasará gran parte de su vida en este entorno.

6. Nabucodonosor, figura central de los primeros capítulos

Nabucodonosor II reina del 605 al 562 a. C. Su reinado constituye el apogeo del Imperio neobabilónico.

Ocupa un lugar considerable en los primeros capítulos de Daniel.

Daniel 1 lo presenta como el soberano bajo cuyo reinado Daniel llega a Babilonia.

Daniel 2 relata su sueño de la gran estatua.

Daniel 3 narra el episodio de la estatua de oro y del horno.

Daniel 4 presenta su humillación y posterior restauración.

Por tanto, Nabucodonosor no es simplemente un personaje histórico que sirve de telón de fondo a los relatos. Su trayectoria contribuye a la demostración teológica del libro.

El soberano que parece disponer de un poder casi absoluto debe aprender progresivamente que su dominio sigue subordinado a una autoridad superior.

Daniel 4 resume esta lección con la afirmación de que «el Altísimo domina sobre el reino de los hombres» (Daniel 4.14).

7. Jerusalén entre rebeliones y dominio babilónico

El dominio babilónico no se limita al episodio introductorio de Daniel.

Las décadas siguientes están marcadas por sucesivas rebeliones de Judá contra Babilonia.

Esta política lleva finalmente a Nabucodonosor a intervenir de nuevo contra Jerusalén.

En el 597 a. C. se produce otra deportación importante, en particular durante el reinado de Joaquín. Ezequiel pertenece al grupo de exiliados asociado a este período (Ezequiel 1.1-3).

La situación alcanza su punto culminante bajo Sedequías.

Tras una nueva rebelión, Jerusalén es sitiada y después tomada por los babilonios. El Templo es destruido y otra parte de la población es deportada (2 Reyes 25.1-21; Jeremías 39.1-10).

La catástrofe de Jerusalén constituye el trasfondo permanente del libro de Daniel, incluso cuando los relatos transcurren en los palacios de Babilonia.

8. Daniel y Jeremías: dos perspectivas contemporáneas

Daniel no vive aislado de la historia espiritual de su pueblo.

Daniel 9 revela que conoce los escritos de Jeremías y que procura comprender la duración anunciada de la desolación de Jerusalén:

«Yo, Daniel, miré atentamente en los libros el número de los años de que habló el al profeta Jeremías, que habían de cumplirse setenta años en las desolaciones de Jerusalén» (Daniel 9.2).

Esta indicación es importante.

Establece un vínculo directo entre la experiencia del exilio y las profecías de Jeremías sobre su duración (Jeremías 25.11-12; 29:10).

Daniel aparece así no solo como destinatario de revelaciones, sino también como lector atento de las revelaciones ya dadas.

Su propia profecía de las setenta semanas surgirá precisamente en este contexto de meditación, oración e interrogación sobre los setenta años anunciados por Jeremías.

9. Ezequiel y Daniel

Conviene señalar otra relación bíblica.

Ezequiel, también exiliado en Babilonia, menciona a un personaje llamado Daniel en varios pasajes (Ezequiel 14.14, 20; 28:3).

La identificación de este Daniel con el personaje del libro bíblico es objeto de debate, en particular por la forma del nombre en el texto hebreo y por el contexto literario.

En una lectura tradicional, estas referencias pueden entenderse como testimonio de la reputación excepcional que Daniel adquirió por su sabiduría y fidelidad.

Sin embargo, conviene no utilizar estos pasajes como prueba decisiva sin señalar la existencia del debate.

Más bien constituyen un elemento adicional que debe examinarse al estudiar la recepción antigua de la figura de Daniel.

10. Después de Nabucodonosor: una rápida sucesión de soberanos

La potencia babilónica sobrevive a Nabucodonosor, pero la estabilidad de su reinado no le sobrevive mucho tiempo.

Tras su muerte en el 562 a. C., varios soberanos se suceden en pocos años.

Su hijo Amel-Marduk reina brevemente.

Neriglisar lo sucede.

Después del breve reinado de Labashi-Marduk, Nabonido accede finalmente al trono en el 556 a. C.

Esta sucesión muestra la creciente fragilidad del Imperio tras la muerte de Nabucodonosor.

También prepara el contexto de Daniel 5.

11. Nabonido y Belsasar

El último gran soberano del Imperio neobabilónico es Nabonido.

Sin embargo, Daniel 5 no sitúa a Nabonido en el centro del relato de la caída de Babilonia. Presenta a Belsasar.

Esta particularidad suscitó interrogantes durante mucho tiempo.

Las fuentes cuneiformes permiten hoy comprender mejor la situación. Belsasar era hijo de Nabonido y ejercía importantes responsabilidades en el reino, especialmente durante las largas ausencias de su padre.

Esta situación contribuye también a esclarecer un detalle notable de Daniel 5.

Belsasar promete a quien interprete la misteriosa inscripción que será «el tercero en el gobierno del reino» (Daniel 5.7, 16, 29).

En un sistema en el que Nabonido ocupaba el primer lugar y Belsasar una posición inmediatamente inferior, la promesa del tercer puesto adquiere una coherencia particular.

Este detalle constituye uno de los ejemplos en los que el conocimiento del contexto histórico contribuye directamente a comprender el relato bíblico.

12. La caída de Babilonia

En el 539 a. C., el Imperio babilónico cae ante Ciro II, rey de Persia.

El acontecimiento constituye uno de los grandes puntos de inflexión política del Próximo Oriente antiguo.

Daniel 5 presenta la última noche del poder de Belsasar.

Durante un gran banquete, aparece una misteriosa inscripción en la pared. Daniel es llamado para interpretarla.

El veredicto es inequívoco:

«Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas» (Daniel 5.28).

El capítulo termina bruscamente:

«La misma noche fue muerto Belsasar, rey de los caldeos» (Daniel 5.30).

El relato ilustra con especial fuerza uno de los temas fundamentales del libro: un imperio que parecía sólidamente establecido puede desaparecer en muy poco tiempo.

13. De Babilonia a Persia

La caída de Babilonia no marca el final de Daniel.

El libro sigue presentándolo bajo el nuevo régimen.

Daniel 6 lo sitúa bajo la autoridad de Darío el medo, mientras que Daniel 10 menciona explícitamente a Ciro, rey de Persia.

Por tanto, el personaje vive el cambio de imperio.

Esta continuidad es esencial para comprender la estructura del libro.

Bajo Nabucodonosor, Daniel había interpretado un sueño que anunciaba la sucesión de varios reinos (Daniel 2.31-45). Varias décadas después, él mismo presencia la desaparición de la primera de estas grandes potencias.

Así, la historia comienza a encontrarse con la profecía durante su propia vida.

14. Ciro y el regreso de los exiliados

El dominio persa introduce una política diferente hacia los pueblos y sus santuarios.

El libro de Esdras relata que, al comienzo de su reinado sobre Babilonia, Ciro autorizó el regreso de exiliados de Judá y la reconstrucción del Templo de Jerusalén (Esdras 1.1-4).

Esta decisión abre un nuevo período de la historia judía.

El exilio babilónico ya no es irreversible.

Sin embargo, para Daniel el regreso de algunos exiliados no significa que se hayan cumplido todas las promesas.

Precisamente en los primeros años del dominio persa se sitúan las últimas grandes visiones del libro.

Por tanto, el regreso geográfico a Jerusalén todavía no constituye la culminación de la historia profética.

15. Daniel al término de una vida excepcional

Si se adopta la hipótesis de una deportación a los catorce años aproximadamente en el 605 a. C., Daniel tendría unos ochenta años cuando cayó Babilonia en el 539 a. C.

Daniel 10 sitúa todavía una visión en el tercer año de Ciro (Daniel 10.1).

Daniel sería entonces un hombre de edad muy avanzada.

Este dato modifica la percepción del personaje.

El Daniel de las últimas visiones ya no es el joven exiliado de Daniel 1. Es un hombre que ha pasado la mayor parte de su existencia lejos de Judá, ha servido bajo varios gobiernos, ha visto desaparecer a los soberanos más poderosos de su época y ha presenciado personalmente el derrocamiento del imperio que había destruido su país.

Por tanto, recibe sus últimas visiones al término de una larga experiencia de la inestabilidad de las potencias humanas.

16. Una cronología indispensable para comprender el libro

Algunas fechas fundamentales permiten situar el marco general adoptado en este estudio:

605 a. C.: victoria babilónica en Carquemis y contexto de la primera deportación asociada a Daniel.

597 a. C.: nueva toma de Jerusalén y deportación importante bajo Joaquín.

586 a. C.: destrucción de Jerusalén y del Templo por los babilonios.

562 a. C.: muerte de Nabucodonosor.

539 a. C.: caída de Babilonia ante los persas.

538/537 a. C.: autorización para el regreso de grupos de exiliados y la reconstrucción del Templo en el marco de la política de Ciro.

Estos puntos de referencia permitirán situar progresivamente cada capítulo en su contexto.

Se presentará por separado una cronología más detallada, con los acontecimientos, los soberanos implicados y la edad aproximada de Daniel, para no sobrecargar el comentario.

17. La historia como primera clave de lectura

Este contexto permite comprender por qué el libro de Daniel concede tanta importancia a los reinos.

Daniel conoció personalmente el poder de Babilonia.

Vivió bajo Nabucodonosor cuando este figuraba entre los soberanos más poderosos del Próximo Oriente.

Vio cómo los sucesores del gran rey perdían progresivamente aquella estabilidad.

Finalmente, presenció la desaparición del Imperio babilónico.

Por tanto, dentro del marco narrativo del libro, la afirmación de que Dios «quita y establece reyes» (Daniel 2.21) no es una fórmula teológica abstracta.

Se corresponde con lo que ilustra toda la vida de Daniel.

El joven cautivo de Judá sobrevive al rey que lo deportó.

Sobrevive a sus sucesores.

Finalmente, sobrevive al propio imperio.

Esta realidad histórica prepara directamente la gran perspectiva profética del libro: los reinos pasan, pero el designio de Dios permanece.

En este contexto puede comenzar ahora el estudio del primer capítulo de Daniel.

IV. Estructura y unidad del libro de Daniel

En una primera lectura, el libro de Daniel puede dar la impresión de reunir dos conjuntos muy diferentes: relatos históricos en los que Daniel y sus compañeros se enfrentan a los soberanos de su tiempo, y después visiones proféticas cuyo lenguaje se vuelve mucho más simbólico. Esta distinción es real, pero no debe ocultar la profunda unidad de la obra. Los relatos de los primeros capítulos preparan las visiones de los últimos, mientras que estas dan un alcance universal y escatológico a los principios ya manifestados en la historia personal de Daniel.

1. Doce capítulos, pero una progresión continua

El libro de Daniel comprende doce capítulos cuya naturaleza literaria evoluciona progresivamente.

Los capítulos 1 a 6 son principalmente narrativos. Cuentan episodios de la vida de Daniel y sus compañeros en el contexto de los imperios babilónico y después medopersa.

Los capítulos 7 a 12 son principalmente visionarios y proféticos. Daniel pasa a recibir directamente revelaciones sobre el futuro.

Esta división es útil, pero no debe aplicarse con excesiva rigidez.

Daniel 2, por ejemplo, pertenece a la parte narrativa y, al mismo tiempo, contiene una de las profecías fundamentales de todo el libro: el sueño de la estatua que representa la sucesión de varios reinos.

A la inversa, los capítulos proféticos incluyen elementos narrativos: Daniel describe las circunstancias en las que recibe las visiones, sus reacciones, sus oraciones y, en ocasiones, su incapacidad para comprender inmediatamente lo que ve.

Por tanto, el paso del relato a la profecía es progresivo.

2. Daniel 1: la presentación del escenario

El primer capítulo constituye la introducción narrativa de todo el libro.

Presenta a Daniel y sus compañeros, su deportación, su formación en Babilonia y su decisión de preservar su fidelidad en un entorno extranjero.

Este capítulo establece también varios temas que acompañarán toda la obra: la soberanía divina, la fidelidad en la prueba, la sabiduría concedida por Dios y la confrontación entre las exigencias del poder político y las convicciones de los siervos de Dios.

Por tanto, Daniel 1 no constituye simplemente una presentación biográfica.

Expone ya, a pequeña escala, las grandes cuestiones del libro.

3. Daniel 2: la primera gran estructura profética

Con el sueño de Nabucodonosor, el libro adquiere una nueva dimensión.

El rey ve una estatua inmensa formada por distintos materiales: cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y muslos de bronce, piernas de hierro y pies compuestos de hierro y barro (Daniel 2.31-33).

Finalmente, una piedra golpea la estatua y provoca su destrucción antes de convertirse en una gran montaña que llena toda la tierra (Daniel 2.34-35).

La interpretación revela una sucesión de reinos que culmina en el establecimiento de un reino que Dios mismo levantará y que «jamás será destruido» (Daniel 2.44).

Esta visión proporciona una primera estructura general.

Las profecías siguientes podrán entenderse como desarrollos progresivos de esta estructura inicial.

4. Daniel 3: la fidelidad frente a la idolatría impuesta

El tercer capítulo vuelve al relato.

La estatua levantada por Nabucodonosor y la orden de adorarla sitúan a los compañeros de Daniel ante una alternativa radical: someterse a la orden real o permanecer fieles a Dios.

Su respuesta constituye una de las grandes declaraciones de fidelidad del libro:

«Nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego [...] y, si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses» (Daniel 3.17-18).

El relato introduce así un tema que adquirirá una importancia considerable en las visiones posteriores: el poder político puede intentar imponer una lealtad que entre en conflicto con la que se debe a Dios.

Lo que aparece aquí en la experiencia de tres hombres adquirirá más adelante una dimensión mucho más amplia.

5. Daniel 4: la humillación del soberano

Daniel 4 concentra la atención en Nabucodonosor.

El rey que domina un territorio inmenso debe aprender que su poder no es absoluto.

El capítulo desarrolla una afirmación fundamental:

«El Altísimo domina sobre el reino de los hombres y lo da a quien quiere» (Daniel 4.14).

Esta declaración podría servir como resumen teológico de gran parte del libro.

Daniel nunca niega la realidad del poder político. Nabucodonosor posee realmente un poder considerable.

Pero ese poder sigue siendo limitado.

El soberano que parece dominar a las naciones debe reconocer, a su vez, una soberanía superior a la suya.

6. Daniel 5: el fin de un imperio

El banquete de Belsasar constituye una de las ilustraciones más sobrecogedoras de la fragilidad del poder humano.

Babilonia todavía parece poderosa.

El rey organiza un gran banquete.

Sin embargo, el juicio ya ha sido pronunciado.

Las palabras Mene, Mene, Tekel, Upharsin anuncian que el reinado ha sido contado, pesado y finalmente entregado a otra potencia (Daniel 5.25-28).

La conclusión del capítulo es inmediata:

«La misma noche fue muerto Belsasar, rey de los caldeos» (Daniel 5.30).

La sucesión de reinos anunciada en Daniel 2 deja entonces de ser únicamente profética: el propio Daniel presencia el cambio de imperio.

7. Daniel 6: fidelidad bajo un nuevo régimen

El cambio político no elimina las pruebas.

Daniel 6 presenta al profeta bajo una nueva administración. Sus adversarios intentan utilizar su fidelidad religiosa para provocar su condena.

El foso de los leones se convierte así en el equivalente personal del horno de Daniel 3.

En ambos relatos, una autoridad política exige o prohíbe una conducta que afecta directamente a la fidelidad a Dios.

En ambos casos, los siervos de Dios se niegan a modificar su conducta.

También en ambos casos, la liberación no procede de su propio poder, sino de una intervención divina.

Así pues, los seis primeros capítulos concluyen con el mismo principio que los recorre desde el comienzo: los reinos cambian, pero la fidelidad a Dios permanece.

8. Daniel 7: la misma historia vista desde otra perspectiva

Daniel 7 marca un punto de inflexión fundamental.

El tema de la sucesión de los reinos, ya presente en Daniel 2, reaparece bajo una forma nueva.

Esta vez, Daniel ve salir del mar a cuatro grandes bestias (Daniel 7.2-7).

La correspondencia general con la sucesión de reinos de Daniel 2 es difícil de ignorar.

Pero la perspectiva ha cambiado.

En Daniel 2, los reinos aparecían bajo la impresionante forma de una estatua.

En Daniel 7, adoptan la forma de bestias inquietantes.

La misma realidad política se contempla así mediante dos representaciones diferentes.

Esta transformación simbólica constituye una de las claves para comprender el método profético del libro.

9. De la estatua a las bestias

La comparación entre Daniel 2 y Daniel 7 es especialmente instructiva.

La estatua presenta la grandeza visible de los imperios humanos: metales preciosos, poder y solidez.

Las bestias subrayan más bien su violencia, sus conflictos y su carácter depredador.

Estas dos visiones no se anulan.

Se complementan.

Un imperio puede parecer magnífico desde el punto de vista humano y temible cuando se lo contempla a través de los sufrimientos que impone a los pueblos.

Daniel utiliza así varias imágenes para revelar diferentes dimensiones de una misma realidad histórica.

10. Daniel 8: la profecía se hace más precisa

Daniel 8 continúa el avance hacia una mayor precisión.

Dos animales dominan la visión: un carnero y un macho cabrío.

Esta vez, la interpretación proporcionada en el texto identifica directamente las potencias implicadas:

«El carnero que viste, que tenía cuernos, son los reyes de Media y de Persia. El macho cabrío es el rey de Grecia» (Daniel 8.20-21).

Por tanto, el propio libro proporciona un punto de referencia esencial para su interpretación.

La perspectiva se acota.

Daniel 2 presentaba una gran sucesión de reinos.

Daniel 7 retomaba esa sucesión bajo otra forma.

Daniel 8 concentra ahora la atención en determinadas potencias y en los acontecimientos que las afectan.

La revelación progresa mediante sucesivas profundizaciones.

11. Daniel 9: de la historia de los imperios a Jerusalén y al Mesías

Daniel 9 ocupa un lugar particular.

El capítulo no comienza con una visión simbólica, sino con la lectura de Jeremías y una larga oración de confesión.

Daniel comprende que el período de setenta años anunciado para Jerusalén se acerca a su fin (Daniel 9.2).

Por tanto, su preocupación está directamente vinculada al destino de su pueblo y de la ciudad santa.

Sin embargo, la respuesta que recibe amplía considerablemente la perspectiva.

Ya no se trata únicamente de setenta años, sino de «setenta semanas» determinadas sobre el pueblo y sobre la ciudad santa (Daniel 9.24).

La profecía introduce también la figura de un «ungido» o «Mesías» (Daniel 9.25-26).

La mirada profética se aparta así momentáneamente de la gran sucesión de los imperios para concentrarse en Jerusalén, el pueblo de Daniel y una cronología particular.

12. Daniel 10: detrás de la historia visible

Daniel 10 abre la última gran revelación del libro.

Sin embargo, el capítulo aporta una dimensión nueva.

Daniel descubre que los acontecimientos terrestres poseen también un trasfondo espiritual.

El texto menciona, en particular, al «príncipe del reino de Persia», a Miguel y al «príncipe de Grecia» (Daniel 10.13, 20).

Sea cual sea la interpretación precisa que se dé a estas expresiones, el relato muestra que Daniel no reduce la historia a lo inmediatamente visible.

Los conflictos entre reinos tienen una dimensión que supera las decisiones de los soberanos humanos por sí solas.

Daniel 10 prepara así las revelaciones especialmente detalladas del capítulo siguiente.

13. Daniel 11: una profecía de precisión excepcional

Daniel 11 constituye uno de los textos más complejos del libro.

El lenguaje simbólico disminuye considerablemente. El capítulo presenta principalmente una sucesión de reyes, alianzas, matrimonios políticos, traiciones, campañas militares y conflictos.

Se presta especial atención a los enfrentamientos entre el «rey del norte» y el «rey del sur».

Gran parte de estas descripciones puede relacionarse con los conflictos que enfrentaron a las dinastías seléucida y ptolemaica tras la fragmentación del imperio de Alejandro.

El capítulo conduce finalmente hacia acontecimientos relacionados con la persecución y la profanación.

Esta precisión excepcional explica por qué Daniel 11 ocupa un lugar central en el debate sobre la fecha de redacción del libro.

Por tanto, su estudio exigirá distinguir cuidadosamente las correspondencias históricas sólidamente establecidas de las interpretaciones más debatidas.

14. Daniel 12: la perspectiva última

El último capítulo supera finalmente las meras luchas políticas.

Daniel 12 menciona un «tiempo de angustia», una liberación y la resurrección:

«Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados» (Daniel 12.2).

Así, el libro que había comenzado con una deportación termina con una perspectiva que va más allá de la restauración política de Israel.

El horizonte se vuelve escatológico.

La propia muerte deja de presentarse como el límite último.

Esta progresión es esencial para comprender Daniel.

El libro parte de un acontecimiento histórico preciso —el dominio babilónico—, pero conduce progresivamente hacia la cuestión del destino final de la humanidad y del cumplimiento del designio divino.

15. Una progresión de lo particular a lo universal

Así pues, todo el libro puede leerse como una ampliación progresiva de la perspectiva.

Daniel 1 comienza con unos pocos jóvenes de Judá deportados.

Daniel 2 amplía la mirada hacia varios reinos.

Daniel 3 a 6 muestran cómo se ejerce la soberanía divina dentro de esos reinos.

Daniel 7 retoma su sucesión desde una perspectiva profética.

Daniel 8 precisa algunas etapas.

Daniel 9 vuelve a centrar la atención en Jerusalén, el pueblo de Daniel y el Mesías.

Daniel 10 y 11 desvelan una historia de conflictos cuyas ramificaciones se vuelven cada vez más complejas.

Daniel 12 conduce finalmente hacia el tiempo del fin, la liberación y la resurrección.

El movimiento general puede resumirse así:

Daniel y sus compañeros → Babilonia → los imperios → Jerusalén → el Mesías → el tiempo del fin → la resurrección.

16. Los relatos preparan las profecías

Esta progresión permite comprender también por qué los seis primeros capítulos son indispensables para interpretar los seis últimos.

Antes de anunciar que los reinos humanos desaparecerán, el libro muestra la caída de Belsasar.

Antes de presentar poderes que persiguen a los fieles, narra el horno y el foso de los leones.

Antes de anunciar el juicio de las potencias, muestra a Nabucodonosor humillado.

Antes de desarrollar la sucesión profética de los imperios, muestra a Daniel la desaparición efectiva de Babilonia.

Por tanto, los relatos constituyen, en su propio nivel, una demostración histórica de los principios que después se desarrollarán en las visiones.

17. Las visiones explican los relatos

La relación funciona también en sentido inverso.

Las visiones permiten comprender que las experiencias personales de Daniel y sus compañeros trascienden su situación inmediata.

El horno ya no es solamente la historia de tres hombres valientes.

Ilustra la confrontación entre fidelidad religiosa y poder político.

El foso de los leones ya no es únicamente el relato de una liberación extraordinaria.

Muestra que un sistema político puede manipularse para convertir la fidelidad religiosa en un delito.

La caída de Belsasar no constituye simplemente un cambio dinástico.

Se convierte en una ilustración concreta del principio según el cual los reinos son temporales.

Las visiones dan así a los relatos un alcance más amplio.

18. Una estructura basada en la repetición y la profundización

Por tanto, uno de los principios más importantes para comprender Daniel consiste en reconocer la repetición progresiva de los mismos temas.

El libro no presenta necesariamente una historia nueva en cada visión.

Vuelve varias veces sobre ciertas realidades, pero desde un ángulo diferente y con información adicional.

Este principio será esencial en el capítulo específico de este estudio dedicado a comparar las grandes visiones.

La estatua, las cuatro bestias, el carnero y el macho cabrío, las setenta semanas y los conflictos de los últimos capítulos deberán estudiarse por separado antes de ponerse finalmente en paralelo.

Este método permitirá distinguir lo que es común a varias visiones de lo que pertenece específicamente a cada una.

19. Una unidad teológica más profunda que la diversidad literaria

Daniel contiene relatos de corte, sueños, oraciones, visiones simbólicas, interpretaciones angélicas y anuncios cronológicos.

Esta diversidad podría dar la impresión de una obra heterogénea.

Sin embargo, algunas afirmaciones fundamentales recorren todas sus partes:

Dios sigue siendo soberano sobre los reinos humanos.

Las potencias políticas son temporales.

La fidelidad puede conducir a la persecución.

Las apariencias presentes no constituyen la totalidad de la realidad.

La historia tiene una dirección.

El juicio limita finalmente el poder del mal.

El designio divino conduce hacia una liberación que supera los meros cambios políticos.

Estos temas garantizan la profunda unidad del libro.

20. Leer Daniel como un conjunto

El método adoptado en este estudio se derivará directamente de esta estructura.

Cada capítulo se examinará primero por sí mismo, en su contexto histórico y literario.

Los símbolos se estudiarán a partir de las explicaciones que proporciona el texto, cuando existan.

Después se examinarán las relaciones históricas.

Por último, se establecerán progresivamente las correspondencias con las otras visiones.

Este enfoque evitará dos errores opuestos: interpretar cada capítulo de forma independiente del resto del libro o, a la inversa, imponer inmediatamente a cada detalle un sistema profético global antes de haber estudiado el texto.

Primero hay que escuchar a Daniel capítulo a capítulo antes de poder reconstruir el conjunto de su panorama.

Solo al término de este recorrido podrán ponerse en paralelo las distintas visiones y se apreciará plenamente su complementariedad.

Así entendida, la estructura del libro constituye ya una invitación a continuar el estudio: cada nueva revelación retoma parte de lo anterior, pero conduce al lector un poco más lejos.

V. Metodología y principios de interpretación

El estudio de un libro tan complejo como Daniel requiere un método claramente definido. Los relatos históricos, las visiones simbólicas, las indicaciones cronológicas y las perspectivas escatológicas no pueden interpretarse del mismo modo. Por tanto, el enfoque adoptado procurará partir del texto bíblico, situarlo en su contexto histórico y examinar después las distintas interpretaciones posibles, distinguiendo constantemente los datos explícitos de las reconstrucciones propuestas.

1. Partir del texto antes de construir una interpretación

El primer principio consiste en comenzar por lo que el texto afirma realmente.

Esta regla parece evidente, pero adquiere especial importancia en el estudio de las profecías. El conocimiento de interpretaciones elaboradas a lo largo de los siglos puede llevar a leer inmediatamente en un símbolo lo que una tradición particular le ha atribuido.

Se dará preferencia al procedimiento inverso.

Primero habrá que determinar lo que Daniel describe, identificar las explicaciones que pueda ofrecer el propio pasaje y, solo después, buscar las posibles correspondencias históricas y proféticas.

Cuando el texto explica un símbolo, esa interpretación tiene naturalmente prioridad.

Así, Daniel 8 no deja incertidumbre alguna sobre la identidad general del carnero y del macho cabrío: se los asocia explícitamente con los medos y los persas, así como con Grecia (Daniel 8.20-21).

Por tanto, siempre que sea posible, el análisis comenzará por la interpretación interna del libro.

2. Respetar el contexto inmediato

Un versículo no debe aislarse del pasaje al que pertenece.

Esta precaución es especialmente importante en Daniel, donde un símbolo puede explicarse varios versículos después de su aparición.

Por tanto, cada pasaje se examinará dentro de su unidad literaria.

El contexto permitirá determinar quién habla, a quién se dirige la palabra, en qué momento transcurre la escena y qué problema particular se aborda.

Este método evitará atribuir a una expresión un significado ajeno a su entorno inmediato.

3. Situar cada capítulo en su contexto histórico

El libro abarca varios reinados y varios sistemas políticos.

Por tanto, identificar al soberano implicado, el período histórico y los acontecimientos contemporáneos constituye una etapa indispensable.

Las fuentes históricas y arqueológicas se utilizarán cuando permitan esclarecer el texto.

Serán especialmente importantes para comprender el Imperio neobabilónico, la caída de Babilonia, el Imperio persa, las conquistas de Alejandro y los conflictos entre los reinos helenísticos.

Sin embargo, el objetivo no será transformar el estudio bíblico en una simple historia política.

La historia servirá para esclarecer el texto, mientras que este conservará su propio objeto.

4. Distinguir tres niveles de certeza

Para evitar presentar una reconstrucción como un dato seguro, deberán distinguirse tres niveles.

El primero corresponde a los datos explícitos del texto.

Por ejemplo, Daniel 8.20 identifica al carnero con los reyes de Media y de Persia. Esta identificación pertenece directamente al texto.

El segundo corresponde a los datos históricos suficientemente establecidos.

La existencia del Imperio persa, las conquistas de Alejandro Magno o los conflictos entre seléucidas y ptolemaicos pertenecen a este ámbito.

El tercero corresponde a las reconstrucciones interpretativas.

Estas intentan establecer una relación entre una profecía y un acontecimiento, una persona o una cronología particular.

Pueden estar sólidamente argumentadas sin poseer por ello el mismo grado de certeza que una afirmación explícita del texto.

Esta distinción acompañará todo el estudio.

5. No confundir correspondencia y demostración

Una correspondencia notable entre una profecía y un acontecimiento histórico merece señalarse.

Sin embargo, no constituye automáticamente una demostración.

Cuantos más elementos independientes converjan, más sólida se vuelve la identificación.

Una interpretación basada en un único detalle vago seguirá siendo necesariamente más frágil que otra que se corresponda simultáneamente con varias características precisas del texto.

Esta regla será especialmente importante en el análisis de las visiones de Daniel 7 a 12.

6. Comparar las profecías entre sí

El propio Daniel ofrece varias visiones sobre la sucesión de los reinos.

Por tanto, sería insuficiente estudiar cada una aisladamente.

Se examinarán progresivamente las correspondencias entre Daniel 2, 7, 8, 9 y 10-12.

En ocasiones, una imagen presente en una visión podrá esclarecerse mediante una explicación dada en otra.

Sin embargo, esta comparación solo se emprenderá después del análisis individual de los textos.

Primero hay que comprender cada visión según su propia lógica antes de integrarla en un sistema de conjunto.

7. Utilizar los demás textos bíblicos con discernimiento

Daniel pertenece a un conjunto bíblico más amplio.

Algunos pasajes de Jeremías, Ezequiel, Esdras, Nehemías, los Evangelios, las epístolas y el Apocalipsis pueden contribuir a su interpretación.

El propio Daniel 9 muestra que el profeta interpretaba su época a partir de las palabras de Jeremías (Daniel 9.2).

Jesús el Mesías también retoma el lenguaje de Daniel cuando menciona «la abominación desoladora» (San Mateo 24.15).

Por último, el Apocalipsis emplea numerosas imágenes que presentan correspondencias con Daniel.

Estas relaciones se utilizarán cuando permitan esclarecer realmente el texto.

Sin embargo, no deberán borrar el contexto propio de cada pasaje bíblico.

8. Prestar especial atención al lenguaje simbólico

Las visiones de Daniel utilizan abundantemente los símbolos: animales, cuernos, metales, números, vientos, mar, estrellas y personajes celestiales.

El símbolo no debe interpretarse arbitrariamente.

Cuando el texto proporciona una explicación, esta tendrá prioridad.

Cuando no se ofrece una interpretación explícita, podrá examinarse el uso del mismo símbolo en Daniel y, cuando sea pertinente, en otros textos bíblicos.

También habrá que tener en cuenta el contexto histórico y literario.

Una interpretación simbólica gana solidez cuando se apoya en varios indicios convergentes, y no en una simple semejanza.

9. Examinar los números con prudencia

Daniel contiene varias indicaciones numéricas especialmente importantes.

Las setenta semanas de Daniel 9, «un tiempo, tiempos y medio tiempo» de Daniel 7.25 y 12:7, así como los 1.290 y 1.335 días de Daniel 12.11-12, han dado lugar a numerosas interpretaciones.

Estos números se examinarán en su contexto antes de cualquier conversión cronológica.

Cuando se utilice la hipótesis de un año profético de 360 días, deberá argumentarse y compararse con los datos bíblicos invocados en su apoyo, especialmente ciertas correspondencias cronológicas observadas en el relato del diluvio y en el Apocalipsis.

También habrá que distinguir las duraciones dadas explícitamente por el texto de los cálculos que se deducen después de ellas.

10. La profecía de las setenta semanas

Daniel 9 requerirá una metodología especialmente rigurosa.

La interpretación defendida en este estudio adoptará como punto de partida el decreto asociado a Esdras 7 y desarrollará la hipótesis cronológica que conduce desde ese período hasta el siglo I d. C.

Esta posición se expondrá con sus argumentos.

También se examinarán las otras grandes propuestas, especialmente la que toma como punto de partida la orden dada a Nehemías sobre Jerusalén, para comprender por qué conducen a cronologías diferentes.

La reconstrucción adoptada se presentará así como una demostración argumentada en la que cada etapa deberá poder identificarse y discutirse.

11. Los cumplimientos sucesivos

Algunas profecías pueden presentar un cumplimiento histórico claramente identificable y, al mismo tiempo, parecer conservar un alcance posterior.

Esta posibilidad deberá examinarse sin convertirse en un procedimiento que permita atribuir arbitrariamente varios cumplimientos a cada texto.

Solo se contemplará un segundo cumplimiento cuando lo justifiquen elementos textuales o reutilizaciones bíblicas posteriores.

El ejemplo de la abominación desoladora es especialmente significativo.

Los acontecimientos relacionados con Antíoco IV Epífanes constituyen un trasfondo histórico fundamental para varios pasajes de Daniel. Sin embargo, Jesús el Mesías retoma esta terminología en una perspectiva todavía futura para sus oyentes (San Mateo 24.15).

Este tipo de reutilización bíblica justifica examinar un alcance profético que supere el primer cumplimiento histórico.

12. Distinguir profecía y especulación

El estudio escatológico entraña un riesgo particular: intentar identificar cada acontecimiento contemporáneo en las profecías.

Este método no se adoptará.

El texto deberá determinar los límites de la interpretación.

Cuando una identificación no pueda establecerse con argumentos suficientes, deberá seguir presentándose como una hipótesis.

El objetivo no es hacer coincidir Daniel con la actualidad a cualquier precio, sino comprender la revelación dentro de los límites de la información disponible.

Esta prudencia es tanto más necesaria cuanto que el propio Daniel reconoce en ocasiones que no comprende enteramente lo que se le muestra (Daniel 8.27; 12:8).

13. Presentar las principales interpretaciones sin perder la orientación del estudio

Varias grandes escuelas de interpretación han propuesto lecturas diferentes de Daniel.

No es necesario ni deseable convertir cada capítulo en un catálogo exhaustivo de todas las opiniones existentes.

Sin embargo, se presentarán las principales posiciones cuando permitan comprender un verdadero problema de interpretación.

Después, el estudio podrá explicar por qué se adopta una propuesta particular.

Este método permite mantener una orientación clara sin ocultar la existencia de otras lecturas.

14. Un lugar especial para la lectura defendida en esta obra

Este estudio no pretende adoptar una neutralidad artificial.

Defiende una determinada comprensión del libro de Daniel.

En particular, reconoce su dimensión auténticamente profética, un origen fundamental situado en el siglo VI a. C. y una progresión de las revelaciones que conduce hacia el Mesías y los acontecimientos asociados al tiempo del fin.

En la interpretación de las grandes secuencias proféticas, también se prestará especial atención a la lectura desarrollada por Edward Denny cuando permita articular las distintas visiones y su cronología.

Sin embargo, esta orientación quedará sometida al mismo principio metodológico que las otras propuestas: distinguir lo que el texto afirma explícitamente de lo que resulta de una reconstrucción.

Por tanto, defender una interpretación no significa convertir cada una de sus conclusiones en un dato bíblico indiscutible.

15. Las referencias bíblicas como fundamento de la argumentación

Las afirmaciones importantes irán acompañadas, cuando sea necesario, de sus referencias bíblicas.

Este método permitirá verificar inmediatamente el fundamento escriturario de la argumentación.

Se añadirán referencias complementarias cuando aporten información real, y no simplemente para multiplicar las citas.

El objetivo sigue siendo la claridad.

Una referencia bíblica debe esclarecer el análisis, no sobrecargar innecesariamente el texto.

16. La función de los anexos

Algunas cuestiones requieren un desarrollo importante sin ser indispensables para la continuidad del comentario principal.

Por ello, se tratarán en anexos.

Estos permitirán profundizar, en particular, en determinados problemas históricos, cronológicos, lingüísticos o interpretativos.

Esta organización responde a un doble objetivo: mantener la fluidez de la lectura principal y, al mismo tiempo, proporcionar al lector que desee profundizar en una cuestión los elementos necesarios para hacerlo.

Por tanto, los anexos no constituirán simples complementos opcionales. Formarán un segundo nivel de estudio destinado a documentar las principales cuestiones técnicas.

17. La cronología y la edad de Daniel

Una cronología general acompañará el estudio.

Indicará los principales acontecimientos históricos, los soberanos implicados, las referencias bíblicas y, cuando sea posible, la edad aproximada de Daniel.

La hipótesis de que Daniel tenía unos catorce años en el 605 a. C. servirá de base para estas estimaciones.

Sin embargo, la edad obtenida nunca deberá confundirse con un dato proporcionado explícitamente por la Biblia.

Esta distinción permitirá visualizar la evolución del personaje desde su adolescencia hasta las últimas visiones recibidas a una edad avanzada.

18. Una lectura académica que asume su marco teológico

El enfoque de esta obra aspira a ser académico en su método sin ocultar su marco teológico.

El texto bíblico se recibe como portador de una auténtica revelación divina.

Esta convicción no impide utilizar los datos históricos, arqueológicos, lingüísticos o literarios.

Tampoco exime de reconocer una dificultad cuando existe.

Por el contrario, el objetivo consiste en confrontar rigurosamente los distintos datos, asumiendo con claridad los presupuestos desde los que se realiza el estudio.

Una investigación resulta más comprensible cuando su marco interpretativo se declara en lugar de ocultarse.

19. Un método al servicio del texto

En definitiva, la metodología no constituye un fin en sí misma.

Debe permitir volver constantemente al texto de Daniel.

Las fechas, los imperios, las lenguas antiguas, los sistemas cronológicos y los debates exegéticos solo tienen interés si contribuyen a comprender mejor el mensaje transmitido.

Por tanto, la pregunta principal seguirá siendo siempre la misma:

¿qué intenta revelar el libro de Daniel?

Esta pregunta guiará el conjunto de los comentarios.

También permitirá evitar dos reducciones opuestas: convertir Daniel en una simple crónica de los imperios antiguos o, a la inversa, en una colección de símbolos desligados de toda realidad histórica.

El libro une precisamente ambas dimensiones.

La revelación se inscribe en la historia, pero conduce más allá de la historia inmediata de Daniel.

Conclusión general de la introducción

El libro de Daniel comienza con la derrota aparente de Jerusalén y termina con la esperanza de la resurrección. Entre estos dos extremos se despliega un vasto panorama en el que la historia personal de un joven exiliado se entrelaza con la de los imperios, el pueblo de Dios, el Mesías y, finalmente, el tiempo del fin. Esta progresión da al libro su unidad y explica por qué sus doce capítulos deben estudiarse como las distintas etapas de una misma revelación.

1. Del exilio a la esperanza

Cuando comienza el relato, Daniel pertenece a un pueblo vencido.

Jerusalén sufre el dominio babilónico, se llevan objetos del Templo y varios jóvenes de Judá son conducidos lejos de su país (Daniel 1.1-6).

Todo parece confirmar entonces la superioridad de Babilonia.

Sin embargo, el libro irá invirtiendo progresivamente esta primera impresión.

Babilonia no es eterna. El propio Nabucodonosor debe reconocer los límites de su poder. Sus sucesores desaparecen. Belsasar presencia el fin de su reino. Los persas suceden a los babilonios y, a su vez, serán seguidos por otras potencias.

Por tanto, el libro comienza con un imperio que parece invencible y muestra progresivamente que todo dominio humano tiene un límite.

2. Una revelación progresiva

Daniel no recibe inmediatamente todas las respuestas.

La revelación progresa.

La estatua de Daniel 2 presenta una primera sucesión de reinos.

Las cuatro bestias de Daniel 7 retoman esta perspectiva bajo otra forma.

El carnero y el macho cabrío de Daniel 8 aportan nuevas identificaciones.

Las setenta semanas de Daniel 9 introducen una cronología particular sobre el pueblo de Daniel, Jerusalén y el Mesías.

Los capítulos 10 y 11 desarrollan después con notable precisión determinados conflictos históricos.

Daniel 12 conduce finalmente hacia la angustia, la liberación, el tiempo del fin y la resurrección.

Por tanto, cada nueva visión esclarece las anteriores y añade información nueva.

3. Un libro que exige paciencia

Esta progresión explica también la dificultad de Daniel.

Algunas imágenes se vuelven comprensibles de inmediato porque el propio texto proporciona su interpretación.

Otras deben compararse con varios pasajes.

Algunas profecías encuentran correspondencias históricas especialmente precisas.

Otras abren perspectivas cuya interpretación sigue siendo objeto de debate.

Por tanto, sería imprudente pretender comprender Daniel a partir de un solo capítulo, un solo símbolo o un solo cálculo cronológico.

La comprensión del libro surge progresivamente cuando se relacionan sus distintas partes.

4. Un estudio guiado por una distinción fundamental

A lo largo de esta obra se mantendrá una distinción entre tres elementos:

lo que el texto afirma;

lo que la historia permite establecer;

lo que la interpretación propone.

Esta distinción será especialmente importante para las profecías y las cronologías.

Una reconstrucción puede ser coherente y estar sólidamente argumentada sin convertirse por ello en una declaración explícita del texto bíblico.

A la inversa, cuando Daniel proporciona directamente una identificación, esta debe constituir el fundamento del análisis.

Este método permitirá defender una lectura profética del libro, manteniendo al mismo tiempo la prudencia necesaria ante las cuestiones que siguen abiertas.

5. El verdadero tema del libro

La sucesión de los imperios ocupa un lugar considerable en Daniel, pero no constituye su tema último.

Babilonia, los medos y los persas, Grecia y las potencias que los suceden aparecen y después desaparecen.

El verdadero hilo conductor se encuentra en otro lugar.

Aparece ya en la declaración de Daniel:

«Él cambia los tiempos y las circunstancias; quita y establece reyes» (Daniel 2.21).

Aparece de nuevo cuando Nabucodonosor debe aprender que «el Altísimo domina sobre el reino de los hombres» (Daniel 4.14).

Alcanza una nueva dimensión cuando Daniel ve a «uno semejante a un hijo de hombre» recibir un dominio que no pasará (Daniel 7.13-14).

Por tanto, el libro no intenta únicamente anunciar qué imperios gobernarán el mundo.

Intenta mostrar que los imperios nunca gobiernan en última instancia la historia.

6. Una esperanza que supera los cambios políticos

Esta perspectiva adquiere especial importancia en el último capítulo.

Si el mensaje de Daniel se limitara a la sustitución de un imperio por otro, la liberación seguiría siendo siempre provisional.

Babilonia desaparece, pero Persia la sucede.

Persia desaparece, pero Grecia la sucede.

Después surgen otras potencias.

Daniel conduce finalmente más allá de esta sucesión.

«Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados» (Daniel 12.2).

Por tanto, la esperanza final no se basa simplemente en la llegada de un gobierno humano mejor.

Alcanza la cuestión de la propia muerte.

La revelación iniciada en los palacios de Babilonia desemboca así en una perspectiva de resurrección.

7. Daniel, testigo de una historia que lo supera

El propio Daniel no ve el cumplimiento de todas las revelaciones que recibe.

Procura comprender.

Hace preguntas.

En ocasiones, sus visiones lo conmueven profundamente (Daniel 7.28; 8:27).

Al final del libro, todavía reconoce:

«Yo oí, pero no entendí» (Daniel 12.8).

Esta declaración merece especial atención.

Daniel recibe la revelación sin pretender dominar inmediatamente todos sus aspectos.

La respuesta que recibe lo invita entonces a seguir su camino:

«Y tú, ve hasta tu fin; reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días» (Daniel 12.13).

Así, el libro no termina con la resolución de todas las dificultades proféticas, sino con una promesa.

8. ¿Por qué continuar este estudio?

Por tanto, estudiar Daniel no consiste únicamente en identificar los cuatro reinos, interpretar las setenta semanas o buscar el significado de los 1.290 y 1.335 días.

Estas cuestiones son importantes y se estudiarán detalladamente.

Pero pertenecen a una revelación más amplia.

Daniel cuenta cómo permanecer fiel cuando las circunstancias se vuelven hostiles.

Muestra la fragilidad de las potencias que los seres humanos consideran invencibles.

Invita a mirar la historia más allá de sus apariencias inmediatas.

Anuncia que el poder humano tiene un límite.

Abre una perspectiva mesiánica.

Finalmente, conduce hacia el juicio, la liberación y la resurrección.

Esta amplitud justifica un estudio detallado de cada uno de sus doce capítulos.

9. Adentrarse ahora en el libro

El análisis puede comenzar ahora.

Habrá que avanzar progresivamente, sin imponer a los primeros capítulos las conclusiones de los últimos.

El joven Daniel del 605 a. C. todavía no conoce todas las revelaciones que recibirá.

Ignora las convulsiones políticas que presenciará.

Todavía no sabe que verá desaparecer el imperio que acaba de llevarlo al cautiverio.

No conoce las cuatro bestias, ni el carnero y el macho cabrío, ni las setenta semanas, ni las revelaciones sobre el tiempo del fin.

Por ahora, es simplemente un joven de Judá arrancado de su país y conducido al corazón del imperio más poderoso de su época.

Precisamente ahí comienza el libro.

Y ahí debe comenzar su estudio.

Daniel 1.1: «En el tercer año del reinado de Joacim, rey de Judá, Nabucodonosor, rey de Babilonia, marchó contra Jerusalén y la sitió».

Detrás de esta primera frase se encuentra ya toda la pregunta que recorrerá los doce capítulos:

cuando los reinos humanos parecen decidir el curso de la historia, ¿quién posee realmente la soberanía sobre ella?

El libro de Daniel irá ofreciendo progresivamente su respuesta.