El libro de Daniel ocupa un lugar singular en las Escrituras. A la vez relato histórico, testimonio de fidelidad, literatura de visiones y texto profético, conduce al lector desde el exilio en Babilonia hasta una perspectiva mucho más amplia que abarca la sucesión de los reinos, el cumplimiento del designio divino y los acontecimientos asociados al tiempo del fin. El objetivo de este estudio es examinar progresivamente el conjunto de esta obra, teniendo en cuenta su contexto histórico, su estructura literaria y el alcance de sus revelaciones.
1. Un libro en la confluencia de la historia y la profecía
El libro de Daniel comienza con un acontecimiento histórico de gran importancia: el dominio babilónico sobre Judá y la deportación de una parte de la población a Babilonia (Daniel 1.1-6). Daniel pertenece a esa generación que se vio bruscamente enfrentada a la desaparición de sus referentes políticos, geográficos y religiosos.
Jerusalén es amenazada y después destruida. El reino de Judá desaparece. El Templo acaba siendo arrasado. Una parte del pueblo vive ahora bajo la autoridad de soberanos extranjeros. En este contexto, una pregunta fundamental recorre todo el libro: ¿qué ocurre con la soberanía de Dios cuando su pueblo queda sometido a las potencias que dominan el mundo?
Daniel ofrece progresivamente una respuesta.
Los imperios se suceden, los soberanos aparecen y desaparecen, los sistemas políticos cambian, pero ningún poder humano escapa a la soberanía divina. Esta convicción aparece desde los primeros capítulos y se convierte en uno de los hilos conductores de toda la obra: Dios «quita y establece reyes» (Daniel 2.21).
Por tanto, el libro de Daniel no presenta simplemente una sucesión de acontecimientos extraordinarios. Detrás de los relatos sobre Nabucodonosor, Belsasar, Darío o Ciro se desarrolla una auténtica teología de la historia.
2. Dos grandes partes que se iluminan mutuamente
La estructura del libro es notable.
Los seis primeros capítulos relatan principalmente acontecimientos relacionados con la vida de Daniel y sus compañeros. En ellos descubrimos la corte de Babilonia, el sueño de la gran estatua, el horno de fuego, la humillación de Nabucodonosor, el banquete de Belsasar y el foso de los leones.
Los seis últimos capítulos cambian progresivamente de perspectiva. Daniel ya no es solo quien interpreta los sueños de otros: él mismo pasa a recibir visiones cuyo alcance supera ampliamente su época.
Las cuatro bestias de Daniel 7, el carnero y el macho cabrío de Daniel 8, las setenta semanas de Daniel 9 y, después, las revelaciones de los capítulos 10 a 12 amplían progresivamente la perspectiva hacia una historia mucho más vasta.
Sin embargo, estas dos partes no deben separarse.
Los relatos preparan las visiones, mientras que las visiones dan una nueva profundidad a los relatos. Los mismos temas reaparecen bajo formas diferentes: sucesión de los reinos, fragilidad del poder humano, persecución de los fieles, intervención divina y establecimiento final de un reino que no pasará.
Así pues, Daniel debe leerse como un conjunto coherente.
3. Un hombre situado en el corazón de las convulsiones de su época
Este estudio adoptará como marco de trabajo la identificación tradicional de Daniel con el joven de Judá deportado a Babilonia en el siglo VI antes de Cristo.
Según la hipótesis cronológica adoptada en esta obra, Daniel habría tenido unos catorce años cuando fue deportado en el 605 a. C. Esta estimación permite seguir su envejecimiento a lo largo del libro y apreciar la extraordinaria extensión del período histórico que vivió el profeta.
El joven exiliado del primer capítulo se convierte progresivamente en un alto funcionario de la administración babilónica y, después, en un anciano que ve desaparecer el imperio en el que había pasado la mayor parte de su vida.
Daniel vive así varios reinados y presencia finalmente el paso del dominio babilónico al dominio medopersa.
Esta duración da al libro una dimensión particular. Daniel no se limita a observar la historia: la vive.
4. Una revelación que supera la época de Daniel
Sin embargo, una de las particularidades más importantes del libro reside en la distancia entre la vida de Daniel y el alcance temporal de las revelaciones que recibe.
Algunas visiones se refieren a acontecimientos relativamente próximos a su época. Otras anuncian transformaciones políticas que solo se producirán varias generaciones después de su muerte. Otras, en fin, conducen hacia perspectivas mucho más lejanas.
Esta progresión se hace especialmente explícita cuando Daniel recibe esta instrucción:
«Tú, Daniel, mantén en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin» (Daniel 12.4).
Esta declaración constituye una de las claves de lectura de la obra.
Daniel recibe revelaciones cuyo cumplimiento completo no verá personalmente. De hecho, procura comprender lo que se le muestra y en ocasiones reconoce su falta de comprensión (Daniel 8.27; 12:8).
El profeta se convierte así en depositario de un mensaje destinado a trascender su propia generación.
5. Daniel y la cuestión del cumplimiento histórico
Esta particularidad explica por qué el estudio de Daniel no puede limitarse al análisis literario de sus visiones.
El libro invita necesariamente a contrastar algunos de sus anuncios con la historia.
Babilonia, el Imperio medopersa, la potencia griega, las divisiones surgidas del imperio de Alejandro y los conflictos posteriores son realidades históricas que deberán examinarse con precisión al estudiar los textos correspondientes.
Esta confrontación entre profecía e historia representa uno de los grandes atractivos del libro.
Sin embargo, exige un método riguroso: distinguir lo que el texto afirma explícitamente, lo que la historia permite establecer y lo que pertenece a la interpretación.
Esta distinción será especialmente importante cuando sean posibles varias lecturas proféticas.
6. Visiones diferentes de una misma historia
Otra característica fundamental de Daniel aparece cuando se ponen en paralelo sus diferentes visiones.
La estatua de Daniel 2, las cuatro bestias de Daniel 7, el carnero y el macho cabrío de Daniel 8, así como las revelaciones posteriores, no constituyen necesariamente profecías independientes entre sí.
Más bien parecen presentar, desde distintos ángulos, varias etapas de una misma historia.
Una primera visión proporciona una estructura general. Otra retoma algunos elementos y los desarrolla. Otra concentra la atención en un período o un personaje particular.
Esta progresión explica por qué algunos pasajes parecen difíciles cuando se estudian aisladamente, pero se vuelven mucho más comprensibles al compararlos con las demás visiones del libro.
Por tanto, una parte específica de este estudio se dedicará a poner en paralelo las grandes revelaciones de Daniel para mostrar sus correspondencias, diferencias y complementariedad.
7. Un lugar especial para la profecía de las setenta semanas
Entre los textos proféticos del libro, Daniel 9 ocupa una posición excepcional.
La profecía de las setenta semanas introduce una cronología directamente relacionada con Jerusalén, el pecado, la justicia, el santuario y el Mesías (Daniel 9.24-27).
Su interpretación ha dado lugar a numerosos cálculos y a varios sistemas cronológicos.
Por ello, este estudio le prestará una atención particular.
Examinará el punto de partida de la profecía, su estructura cronológica, sus distintos períodos y la cuestión de su cumplimiento. El análisis defendido en esta obra se expondrá con sus argumentos, distinguiendo cuidadosamente los datos explícitos del texto bíblico de las reconstrucciones cronológicas propuestas para interpretarlos.
Sin embargo, Daniel 9 no se aislará del resto del libro. La profecía de las setenta semanas deberá situarse en el conjunto de la progresión profética de Daniel.
8. Daniel y el Apocalipsis
El estudio de Daniel conduce también a otro libro bíblico: el Apocalipsis de Juan.
Varias imágenes y temas presentes en Daniel reaparecen en el Apocalipsis: las bestias, los reinos, la persecución de los fieles, ciertos períodos proféticos, el juicio, la victoria final y el establecimiento del reino de Dios.
Los dos libros no son, evidentemente, idénticos y deben estudiarse primero en su propio contexto. Sin embargo, su vocabulario simbólico y sus perspectivas presentan suficientes correspondencias para justificar una comparación atenta.
Daniel proporciona así una parte importante del trasfondo necesario para comprender algunas visiones del Apocalipsis.
Esta relación entre ambas obras se señalará regularmente cuando contribuya realmente a esclarecer el texto.
9. Un estudio que no se limita a las profecías
Sin embargo, la riqueza del libro de Daniel no reside únicamente en sus predicciones.
Antes de recibir grandes visiones, Daniel es un hombre que se enfrenta a decisiones.
Debe vivir en una sociedad extranjera sin perder su identidad. Sirve a soberanos cuyas convicciones no comparte necesariamente. Desempeña responsabilidades importantes sin dejar de ser fiel a Dios. Conoce los honores, las amenazas, los cambios de régimen y, finalmente, la persecución.
Sus compañeros se enfrentan a la misma cuestión cuando se niegan a adorar la estatua levantada por Nabucodonosor (Daniel 3.16-18). El propio Daniel la afronta cuando un decreto prohíbe dirigir oraciones a cualquier otro que no sea el rey (Daniel 6.7-11).
El libro une así constantemente dos dimensiones: comprender la historia y permanecer fiel en medio de ella.
Esta asociación constituye probablemente una de las razones de la fuerza perdurable de Daniel.
10. Una pregunta recorre todo el libro
Más allá de la sucesión de relatos, reyes, imperios y visiones, una pregunta fundamental acompaña finalmente toda la lectura:
¿quién gobierna realmente la historia?
Las apariencias ofrecen sucesivamente la respuesta: Nabucodonosor, Belsasar, los medos y los persas, los reyes griegos y, después, las distintas potencias representadas en las visiones.
Sin embargo, Daniel conduce a otra conclusión.
Los reinos humanos disponen de un poder real, pero limitado. Aparecen por un tiempo y acaban desapareciendo. Ninguno es dueño de la historia.
Esta perspectiva alcanza uno de sus puntos culminantes en la visión de Daniel 7:
«Se le dio dominio, gloria y reino; y todos los pueblos, las naciones y los hombres de todas las lenguas le sirvieron. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino jamás será destruido» (Daniel 7.14).
Desde Babilonia hasta el «tiempo del fin», el libro desarrolla progresivamente esta convicción.
11. Adentrarse en el libro de Daniel
Estudiar Daniel consiste, por tanto, en emprender un recorrido que comienza en los palacios de Babilonia, pero que no termina allí.
A lo largo de los doce capítulos, el marco se amplía continuamente. La historia personal de un joven deportado se entrelaza con la de los imperios. La historia de los imperios se entrelaza con la del pueblo de Dios. Los acontecimientos del pasado abren perspectivas mesiánicas y escatológicas.
Algunas páginas son inmediatamente accesibles. Otras exigen un estudio histórico minucioso. Algunas visiones deben compararse entre sí antes de poder interpretarlas. Ciertas cuestiones siguen siendo objeto de debate y deberán abordarse con prudencia.
Pero esta complejidad no debe ocultar la profunda unidad del libro.
Detrás de las estatuas, los animales simbólicos, los números, las guerras y los cambios de reinos permanece una afirmación constante: la historia humana no escapa a la soberanía de Dios.
Esta es la convicción que los doce capítulos de Daniel desarrollarán progresivamente.
El estudio puede comenzar ahora donde comienza el propio libro: en Jerusalén, cuando un joven de Judá llamado Daniel ve su existencia trastornada por la llegada del ejército babilónico.