ANN114

Edificaré mi Iglesia

Este artículo analiza las implicaciones teológicas del pasaje de Mateo 16.17-19, donde Jesús habla de «mi Iglesia». Explora el papel de Pedro como clave para comprender la autoridad eclesial en el contexto neotestamentario, subrayando al mismo tiempo que la autoridad suprema es la de Cristo.

35 min Iglesia Pedro autoridad Mateo 16 exégesis 37 versículos 11 libros

Para más información

Introducción

En San Mateo 16.17-19, el Mesías Jesús pronuncia por primera vez la expresión «mi Iglesia» (ekklesia) y asocia a Pedro con varias imágenes importantes: la roca, las llaves del reino de los cielos y el poder de «atar» y «desatar». Este pasaje constituye uno de los textos más debatidos de la exégesis neotestamentaria debido a sus importantes implicaciones eclesiológicas y doctrinales.

El objetivo de este estudio es precisamente definir con rigor el papel atribuido a Pedro en este pasaje y comprender mejor el alcance exacto de las palabras pronunciadas por Jesús. No se trata ni de minimizar la importancia de Pedro en los comienzos de la Iglesia primitiva, ni de atribuir al texto afirmaciones que no formula explícitamente. Un análisis atento del contexto inmediato, del vocabulario empleado y del conjunto del testimonio neotestamentario resulta, por tanto, necesario para situar estas declaraciones en su marco histórico y teológico.

El estudio de las Escrituras muestra que Pedro ocupa efectivamente una función importante en los primeros desarrollos del cristianismo, en particular en el anuncio inicial del Evangelio y en la apertura del Reino a los judíos y luego a las naciones (Hechos 2.14-41 ; Hechos 10.34-48). Sin embargo, el Nuevo Testamento afirma paralelamente que la autoridad suprema sigue siendo la de Cristo, presentado como la y la cabeza de la Iglesia (Efesios 2.20 ; Colosenses 1.18). La autoridad confiada a Pedro aparece así como real pero derivada, ejercida en el marco de la misión apostólica y de acuerdo con la voluntad divina.

I. El texto de Mateo

Este es el texto completo. Ni Marcos, ni Lucas, ni Juan relatan estas palabras del Maestro.

En este pasaje, Jesús felicita a Pedro por haber reconocido su verdadera identidad:

San Mateo 16.16 (Reina-Valera 1909) :
Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Atribuye esta revelación a una fuente divina más que a una comprensión humana. Luego, el Mesías Jesús declara:

San Mateo 16.18 (Reina-Valera 1909) :
Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Le confiere una autoridad particular al ofrecerle «las llaves del reino de los cielos», con el poder de atar y desatar en la tierra y en el cielo.

San Mateo 16.19 (Reina-Valera 1909) :
Y á ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

Los exegetas interpretan este texto de diversas maneras, y es necesario reconocer que su explicación sigue siendo compleja. Por consiguiente, un estudio a fondo de estas palabras del Maestro y del contexto en que fueron pronunciadas es indispensable para comprender las intenciones del Mesías Jesús.

II. Examinemos ahora Mateo 16.17

Pedro acababa de responder a la pregunta del Mesías Jesús:

Y esta es su respuesta:

Pedro toma la palabra, como sucede con frecuencia. Sin embargo, ¿reflejan sus palabras la posición del grupo o solo su opinión personal? A la vista de la respuesta del Maestro, parece más probable que Pedro haya recibido una revelación personal, que sin duda fue aprobada por los demás discípulos.

Estamos, pues, en un contexto particular en el que la comprensión de los discípulos se ilumina bajo la influencia divina. Esto evoca el principio del ciego de (véase la perícopa PER187 : El ciego de Betsaida) que recobró la vista en dos etapas. En este momento, los discípulos dan juntos un paso significativo. Logran expresar claramente sus pensamientos. Es Pedro quien inicia este movimiento.

Un detalle en la respuesta del Maestro es notable. Llama a Pedro por su nombre de nacimiento, Simón, en lugar del nombre que le había dado (Juan 1.42). Además, nos enteramos de que el padre de Simón se llamaba Jonás.

III. Examinemos ahora Mateo 16.18

Hemos mencionado anteriormente que el Mesías Jesús había utilizado el antiguo nombre de Pedro, Simón. Ahora emplea su nuevo nombre, Cefas en arameo, que se traduce Pedro.

En San Mateo 16.17, el Mesías Jesús utiliza el nombre Simón para recordar la identidad original de Pedro antes de su misión apostólica. Al llamarlo Simón, hijo de Jonás, indica que esta revelación no procede de su herencia humana, sino de Dios.

Luego, en San Mateo 16.18, el Mesías Jesús utiliza el nombre Pedro (Petros en griego), que significa roca, para marcar un punto de inflexión en su papel. Este simboliza la misión que el Mesías confía a Pedro: ser un fundamento para la Iglesia. Este método es común en la Biblia, donde un acompaña a menudo una transformación espiritual (por ejemplo, Abram convirtiéndose en Abraham en Génesis 17.5, o Jacob convirtiéndose en Israel en Génesis 32.28 y Génesis 35.10).

En la traducción , el término Pedro es distinto del término roca.

En efecto, existe una diferencia notable en el griego original del versículo Mateo 16.18 entre los términos Pedro y roca.

Pedro se traduce del griego «Petros» (Πέτρος), que designa una piedra o un guijarro, a menudo interpretado como una piedra móvil o suelta.

Roca se traduce del griego «Petra» (πέτρα), que designa una roca maciza, un fundamento sólido e inmutable.

Es posible, pues, considerar que la Iglesia descansa sobre un fundamento sólido. Sin embargo, este fundamento no es Pedro, que representa únicamente una pequeña parte del conjunto. Pedro contribuye a la construcción de la Iglesia, sin ser su pilar principal.

Según nuestra conclusión, el Evangelio de Mateo, destinado prioritariamente a un público judío, habría sido redactado primero en arameo y luego traducido al griego, quizá por el propio Mateo. En arameo, un juego de palabras se percibe claramente, pero se desdibuja en griego.

Restituido al arameo, el texto sonaría así: «Tú eres Kepha, y sobre esta kepha edificaré mi Iglesia.» El mismo término (kepha) designa a la vez el nombre dado a Simón y la «roca». Se trata, pues, de un juego de palabras unitario: el nombre propio y la imagen del fundamento se responden sin matiz distinto.

Este subtexto arameo (Kepha/kepha) muestra que Jesús hace coincidir deliberadamente el nombre de Pedro y la imagen de la roca. Asocia a Pedro con el fundamento, no como fundamento último —que sigue siendo Cristo— sino como instrumento inaugural al servicio del verdadero fundamento: la confesión de que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. 1 Pedro 2.6-8 Efesios 2.20-22

La segunda parte de este versículo indica que la Iglesia fundada por Jesús no será vencida por la muerte ni por las fuerzas del mal. Estos son algunos elementos de explicación:

«El Hades» (Hades en griego) hace referencia al reino de los muertos, a menudo interpretado como símbolo del poder de la muerte o de las fuerzas del mal.

«Las puertas» simbolizan la autoridad y el poder. En la Antigüedad, las puertas de una ciudad representaban su gobierno y su fuerza. El Mesías Jesús es la puerta (Juan 10.9)

«No prevalecerán» significa que la Iglesia seguirá siendo victoriosa a pesar de los ataques del mal y de las pruebas.

La predicción del Maestro se ha cumplido y sigue cumpliéndose; la Iglesia es con frecuencia blanco de ataques, pero permanece resiliente y no flaquea. El término Iglesia no designa un movimiento religioso.

En San Mateo 16.18, la palabra griega traducida por «Iglesia» es ἐκκλησία (ekklesia). Este término está compuesto de «ek» (fuera de) y «klesis» (llamado), lo que significa literalmente «los que son llamados fuera de». En aquella época, ekklesia designaba una asamblea o una reunión de ciudadanos. En el contexto cristiano, se refiere a la comunidad de los creyentes reunidos en Cristo.

Este término no puede en ningún caso asociarse únicamente a un movimiento religioso, aunque este forme parte de ella.

IV. Examinemos ahora Mateo 16.19

Observamos que la misma formulación aparece más adelante en el texto, pero esta vez dirigida a todos los discípulos y no exclusivamente a Pedro. Cabe señalar que la parte relativa a las llaves del reino no se retoma explícitamente.

Sin embargo, Juan trata el problema de reprender a un miembro que ha faltado e incluso de excluirlo de la Iglesia si persiste en su error, lo que podría corresponder a la idea de dar las llaves del reino.

El versículo de San Mateo 16.19 es notable porque parece conferir a Pedro una autoridad particular. Esta declaración, presente también en San Mateo 18.1, indica el concepto de una autoridad espiritual otorgada por el Mesías Jesús a sus discípulos. Así, es razonable concluir que esta autoridad se concede a cada discípulo y no solo a Pedro, como podría hacer pensar una lectura aislada de San Mateo 16.19.

Aquí tenemos alguna explicación:

_ Atar y desatar : En la tradición judía, estos términos eran utilizados por los rabinos para designar la autoridad de prohibir o permitir ciertas prácticas. Jesús aplica este principio a la Iglesia, confiriéndole una responsabilidad doctrinal y disciplinaria.

_ Una acción en armonía con el cielo : La formulación «habrá sido atado en el cielo» sugiere que las decisiones tomadas en la tierra deben estar en armonía con la voluntad divina. No es el hombre quien dicta a Dios, sino la Iglesia que actúa de acuerdo con lo que ya está establecido en el cielo.

_ Aplicación práctica: Este poder se refiere en particular a la enseñanza, la disciplina eclesiástica y el perdón de los pecados (véase Juan 20.23).

Abordaremos más adelante el análisis del texto de Juan 20.23.

En lo que respecta al concepto de las llaves del reino, es esencial comprender que no es concebible que un individuo tenga la capacidad de determinar la salvación o la perdición de una persona para la eternidad. Esta prerrogativa está reservada exclusivamente al Mesías Jesús. El papel y el poder del hombre, en particular del discípulo, se limitan a ratificar las decisiones del cielo.

¿Es válida esta afirmación según la Biblia?

Solo el Mesías Jesús puede salvar a una persona

En este contexto, es pertinente preguntarse por qué el Mesías Jesús anuncia a Pedro que le dará las llaves del reino de los cielos. Conviene señalar que el verbo empleado está en futuro, lo que indica que este poder no es presente sino que será conferido posteriormente. Esta declaración puede relacionarse con el pasaje del apóstol Pablo:

El apóstol Pablo recuerda a los creyentes que los santos serán llamados a juzgar al mundo y los anima a resolver sus diferencias entre ellos en lugar de recurrir a tribunales externos. Por consiguiente, es posible considerar de manera similar este don de las llaves del reino y este juicio.

El profeta Isaías 22.22 habla de un hombre honorable, Eliaquim, a quien se entregarán las llaves de la casa de David.

Esta llave simboliza la autoridad y el poder de abrir y cerrar puertas de manera definitiva. En el contexto inmediato del capítulo, se trata de Eliaquim, un siervo fiel que reemplaza a Sebna como mayordomo del palacio real.

Este versículo se interpreta también como una profecía mesiánica, referida al Mesías Jesús, que posee las llaves del Reino de los cielos y cuya autoridad se confirma en Apocalipsis 3.7.

Sin embargo, se trata efectivamente de que Dios da las llaves a hombres, a discípulos. De hecho, podemos entender que el discípulo ejerce una función de ministro o embajador del Mesías Jesús y, en consecuencia, lo representa y defiende sus intereses.

Podríamos decir que el discípulo, en su papel de embajador, aplica ni más ni menos las instrucciones de Dios.

V. Las palabras de Juan 20.23

Hemos establecido que la autoridad humana, en particular la de los discípulos, se limita a ratificar las decisiones celestiales. Ningún individuo tiene la capacidad de perdonar o de retener los pecados de sus semejantes; este poder está reservado exclusivamente a Dios.

Por consiguiente, es posible afirmar que el Mesías Jesús confía a sus discípulos la misión de proclamar el Evangelio, que incluye el anuncio del perdón de los pecados para quienes creen. Su papel consiste, pues, en declarar este perdón, y no en concederlo directamente. Algunos teólogos indican que este versículo está relacionado con la predicación y el llamado al arrepentimiento.

En este contexto, ¿cuál es la opinión apropiada sobre la absolución sacerdotal practicada por los sacerdotes de la Iglesia católica?

La absolución sacerdotal es el perdón de los pecados concedido por un sacerdote en el marco del sacramento de la reconciliación. Según la doctrina católica, solo un sacerdote ordenado ha recibido la autoridad de perdonar los pecados en nombre de Cristo. Este perdón se da después de la confesión de las faltas y de un acto de contrición sincero.

La absolución es un acto espiritual en el que el sacerdote «desata» al penitente de sus pecados, en aplicación de las palabras de Jesús a sus discípulos: «A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados» (Juan 20.23). La fórmula de absolución pronunciada por el sacerdote invoca la misericordia divina y la reconciliación con Dios.

Ninguna persona, sea pastor, sacerdote u otro, posee el poder de perdonar los pecados de otro. Puede únicamente, sobre la base de la experiencia y el testimonio del individuo interesado, confirmar que sus pecados son perdonados por Dios.

VI. La interpretación católica

Según la Iglesia católica, Pedro es considerado el primer Papa, lo que le confiere una importancia significativa en esta tradición religiosa. Por consiguiente, Pedro sería visto como el primer dirigente de la Iglesia.

Sin embargo, según la Biblia, Jesús es la cabeza de la Iglesia. Varios pasajes del Nuevo Testamento respaldan esta interpretación:

Estos versículos ilustran que la Iglesia se compara con un cuerpo cuya cabeza es el Mesías Jesús, lo que significa que él es su autoridad suprema y su guía espiritual.

En la doctrina católica, el Mesías Jesús es considerado la cabeza suprema de la Iglesia como fundador y cabeza espiritual. El papa, como sucesor del apóstol Pedro, a quien Jesús habría confiado la misión de guiar a la Iglesia, es percibido como su representante en la tierra.

El papa ejerce un primado sobre la Iglesia católica y desempeña un papel de guía espiritual, garantizando la unidad doctrinal y pastoral de los fieles. Es también la cabeza del Colegio de los obispos, encargado de la transmisión de la fe y del gobierno de la Iglesia católica.

Así, en la teología católica, el Mesías Jesús es visto como la cabeza divina, mientras que el papa es su vicario, responsable de dirigir la Iglesia católica en la tierra.

Es un hecho que los protestantes no reconocen la autoridad del papa y consideran que la única cabeza de la Iglesia es Jesucristo. Según su interpretación, sostienen que Pedro no recibió un poder exclusivo y excepcional, sino que esta autoridad es compartida por el conjunto de los discípulos, conforme a los diversos versículos mencionados anteriormente.

VII. Los fundamentos de la Iglesia

Es pertinente examinar en la Biblia el principio de la edificación de la Iglesia, que está edificada sobre una roca. Estas son algunas referencias notables:

En este contexto, la Iglesia es descrita como fundada sobre los apóstoles y los profetas, siendo Jesús el Mesías la .

Este pasaje subraya que la verdadera roca o fundamento está encarnada por el Mesías Jesús mismo, como se indica en Deuteronomio 32.4 y Isaías 26.4.

Pedro indica que los creyentes son vistos como piedras vivas en la estructura espiritual. No se presenta a sí mismo como un fundamento particular.

Diversos exegetas bíblicos interpretan Mateo 16.18 como un reconocimiento del papel específico de Pedro en la Iglesia, mientras que otros sostienen que el término «roca» se refiere principalmente a Jesucristo. A la luz de los versículos citados, parece que Pedro no reclama ninguna posición particular en la Iglesia. Al contrario, reconoce la preeminencia del Mesías Jesús, considerado la única verdadera roca.

Conclusión

El análisis de San Mateo 16.17-19 pone de relieve la importancia particular concedida a Pedro en los comienzos de la Iglesia primitiva. Su confesión de fe —«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (San Mateo 16.16)— constituye un momento determinante del relato evangélico y marca una etapa importante en la revelación progresiva de la identidad mesiánica de Jesús. El libro de los Hechos confirma después el lugar preeminente de Pedro en las primeras fases de la expansión del cristianismo naciente, en particular en Pentecostés (Hechos 2.14-41) y en la apertura del Evangelio a los no judíos (Hechos 10.34-48).

Sin embargo, el examen de los datos neotestamentarios lleva a distinguir el papel histórico y espiritual de Pedro de los desarrollos institucionales posteriores relativos al papado. En efecto, ningún texto bíblico afirma explícitamente que Pedro haya ejercido una jurisdicción universal y permanente sobre el conjunto de la Iglesia, ni que se haya establecido una sucesión pontificia como principio doctrinal obligatorio. Tal lectura se basa principalmente en una construcción teológica y eclesiológica elaborada progresivamente a lo largo de la historia cristiana, más que en una formulación explícita de las Escrituras.

Por otra parte, el Nuevo Testamento subraya de manera recurrente que el fundamento último de la Iglesia sigue siendo el Mesías Jesús mismo (1 Corintios 3.11). Los apóstoles aparecen colectivamente como los testigos fundadores de la fe cristiana (Efesios 2.20), mientras que Pedro se presenta a sí mismo como «anciano con ellos» y no como cabeza suprema de la Iglesia universal (1 Pedro 5.1-3). Asimismo, el relato del concilio de Jerusalén (Hechos 15.13-22) muestra una dirección colegiada en la que varios responsables intervienen en el discernimiento doctrinal, ocupando también Santiago una posición determinante en la conclusión de la asamblea (Hechos 15.13-19).

Así, los textos bíblicos permiten reconocer a Pedro una función importante en la historia de los orígenes cristianos sin imponer necesariamente su identificación con el primer papa en el sentido institucional y doctrinal desarrollado posteriormente. Esta distinción resulta esencial para diferenciar lo que procede explícitamente de los datos escriturales de lo que procede de interpretaciones teológicas posteriores.