ANN012

Los Magos de Oriente en Belén

El artículo examina el relato de los magos venidos de Oriente para rendir homenaje a Jesús, subrayando la historicidad del relato de Mateo y su resonancia con las profecías del Antiguo Testamento. También estudia la estancia de la sagrada familia en Belén y el carácter único del relato de los magos en el Evangelio de Mateo.

62 min magos Belén Jesús profecías histórico 52 versículos 11 libros

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Introducción

Unos magos, en algún lugar de Oriente, observaron un fenómeno celeste, ya fuera natural o milagroso, y lo interpretaron como la señal del nacimiento de un rey excepcional. Esta manifestación debió de durar varios meses, como mostraremos, puesto que motivó un largo viaje hasta Judea. Convencidos de que esta estrella anunciaba la venida al mundo de un soberano, se ponen en camino para descubrir a este niño prometido.

Somos conscientes de que algunos exegetas consideran este relato legendario, destinado a subrayar el carácter extraordinario del nacimiento del Mesías Jesús. Según ellos, Mateo habría retomado motivos literarios conocidos en la Antigüedad, cuando el nacimiento de los grandes hombres iba acompañado de señales celestes.

Nuestra posición es muy distinta. Situamos la redacción de los Evangelios muy poco después de la muerte y la resurrección del Mesías Jesús, en una época en que numerosos testigos oculares podían todavía confirmar o desmentir los hechos relatados (San Lucas 1.1-4).

Lea el capítulo 2: Los Evangelios.

Estos testigos, entre ellos la propia María, constituyen a nuestros ojos una garantía histórica. El relato no es una construcción tardía, sino la transmisión fiel de acontecimientos reales, aunque algunos aspectos sigan siendo misteriosos y superen nuestras explicaciones racionales (Juan 3.16-17).

Lea el anexo ANN013: La estrella de Belén.

Es imposible abordar esta historia sin evocar los textos proféticos que parecen resonar con ella. El Salmo 72, atribuido a Salomón, anuncia que reyes de Oriente vendrán a ofrecer presentes al Mesías:

Salmos 72.8-12 (Reina-Valera 1909) :
Y dominará de mar á mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra.Delante de él se postrarán los Etiopes; y sus enemigos lamerán la tierra.Los reyes de Tharsis y de las islas traerán presentes: los reyes de Sheba y de Seba ofrecerán dones.Y arrodillarse han á él todos los reyes; le servirán todas las gentes.Porque él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra.

Del mismo modo, Isaías menciona caravanas que llevan oro e incienso en honor del Señor:

Isaías 60.6 (Reina-Valera 1909) :
Multitud de camellos te cubrirá, dromedarios de Madián y de Epha; vendrán todos los de Seba; traerán oro é incienso, y publicarán alabanzas de Jehová.

Algunos investigadores piensan que Mateo se inspiró en estos pasajes para construir su relato. Nosotros creemos más bien que estas profecías, lejos de ser la fuente del relato, constituyen una notable confirmación del mismo: iluminan los hechos relatados sin haberlos engendrado.

Vamos, pues, a examinar de cerca el relato de Mateo, volviendo a situarlo en su contexto histórico, cultural y bíblico, a fin de comprender su verdadero alcance. Recordemos que Mateo redacta su Evangelio cuando numerosos testigos vivían todavía, capaces de atestiguar la veracidad de estos acontecimientos.

I. El relato de Mateo

Hecho notable, Mateo es el único evangelista que menciona la venida de los magos. Si seguimos el relato de Lucas, José y María, tras el nacimiento de Jesús, cumplen los ritos prescritos por la Ley: la circuncisión al octavo día, luego la purificación de María y la presentación del niño en el Templo al cuadragésimo día (San Lucas 2.21-24). Tras este episodio, Lucas parece indicar un regreso directo a Nazaret.

Lea el anexo ANN016: El viaje a Egipto.

Estamos, pues, aproximadamente 41 días después del nacimiento de Jesús. Ya hemos evocado las dificultades materiales de una estancia así: José probablemente tuvo que trabajar allí para subvenir a las necesidades de su familia durante este mes y medio. Queda una pregunta importante: ¿volvió la familia a Nazaret de inmediato, o permaneció algún tiempo en Belén?

Dos indicios que proporciona Mateo sugieren un plazo más largo. En primer lugar, la familia ya no habita un refugio improvisado, sino una casa. En segundo lugar, Mateo ya no habla de un «recién nacido», sino de un niño pequeño.

San Mateo 2.9-11 (Reina-Valera 1909) :
Y ellos, habiendo oído al rey, se fueron: y he aquí la estrella que habían visto en el oriente, iba delante de ellos, hasta que llegando, se puso sobre donde estaba el niño.Y vista la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.Y entrando en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, le adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones, oro é incienso y mirra.

El término griego utilizado por Mateo es paidion, que designa a un niño pequeño. Lucas, en cambio, emplea brephos para hablar del recién nacido acostado en el pesebre:

San Lucas 2.12 (Reina-Valera 1909) :
Y esto os será por señal: hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre.

Esta diferencia léxica no es insignificante: indica que pasó tiempo entre la visita de los pastores (Lucas) y la de los magos (Mateo). La mayoría de los investigadores consideran un plazo de algunas semanas; algunos llegan a algunos meses.

En resumen, Mateo se mantiene voluntariamente conciso. No se detiene en los detalles logísticos, sino que se centra en lo esencial: sabios venidos de Oriente, especialistas de los astros, discernieron en el cielo una señal que anunciaba el nacimiento del Rey de los judíos. Emprenden entonces un largo viaje para adorarle, cumpliendo así, sin saberlo, las expectativas mesiánicas anunciadas por los profetas (Isaías 60.1-6; Salmos 72.10-11).

Este relato, lejos de ser una leyenda tardía, se inscribe en una trama histórica coherente y en la continuidad de las promesas bíblicas, revelando ya el alcance universal de la venida del Mesías (Juan 3.16-17).

II. La cronología de los hechos

Todavía hay debate sobre la cronología de los primeros meses de la vida del Mesías Jesús. Contemplamos la hipótesis siguiente: la muerte de Herodes tuvo lugar, el 2 de Shebat según ciertas interpretaciones, que corresponde al 26 de enero de -1 a. C., y se hizo pública únicamente en abril de -1 a. C., poco antes de la fiesta de la Pascua.

Algunos investigadores modernos, basándose en los datos astronómicos y en la cronología de Josefo, proponen que la muerte de Herodes tuvo lugar el 2 de Shebat, lo que correspondería al 26 de enero de -1 a. C. Esta fecha no se da explícitamente en las fuentes judías antiguas, pero constituye una reconstrucción moderna coherente.

Lea el anexo ANN011: La muerte del rey Herodes el Grande.

Los escritos de Daniel y de Lucas nos permiten deducir un nacimiento del niño Jesús en octubre de -2 a. C.

Algunos investigadores modernos, basándose en los datos astronómicos y en la cronología de Josefo, proponen que la muerte de Herodes tuvo lugar el 2 de Shebat, lo que correspondería al 26 de enero de -1 a. C. Esta fecha no se da explícitamente en las fuentes judías antiguas, pero constituye una reconstrucción moderna coherente.

Lea el anexo ANN004: La fecha del nacimiento de Jesús.

La represión de este rey enfermo nos lleva a contemplar una partida rápida, no hacia Nazaret, sino hacia Egipto en noviembre de -2 a. C., justo después de la purificación de María. La visita de los magos tuvo lugar, por consiguiente, según nuestras conclusiones, unos días antes de esa fecha.

Esta partida precipitada hacia Egipto, ¿está en contradicción con lo que nos dice Lucas?

San Lucas 2.39-40 (Reina-Valera 1909) :
Mas como cumplieron todas las cosas según la ley del Señor, se volvieron á Galilea, á su ciudad de Nazaret.Y el niño crecía, y fortalecíase, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.

En efecto, Lucas pasa en silencio este episodio de la estancia en Egipto y, además, nos da a entender que la familia regresó a Galilea justo después de la visita al templo. En realidad, ¡tenemos más de un año entre el comienzo del versículo 39 y su final, 14 meses según nuestro cómputo!

Lea el anexo ANN016: El viaje a Egipto.

Visiblemente, Lucas no pretende retomar el relato de Mateo; para él todo está dicho, y por tanto es inútil añadir detalles.

Lucas, que dispone de diversos escritos, entre ellos los de Mateo y Marcos, es consciente de que no es el único que escribe una historia de la vida del Mesías Jesús, y su objetivo no es repetir con mucho detalle lo que otros ya han dicho ni demostrar que estos acontecimientos son cumplimientos de las profecías judías.

Se dirige a no judíos. Tenemos, pues, la impresión de que todo este pasaje fue dejado de lado voluntariamente por Lucas, a fin de que su texto corrobore únicamente el objetivo que se había fijado, a saber, convencer a los gentiles.

También debe respetar las exigencias técnicas de edición de la época: ¡su texto debe ser corto!

Lea el anexo ANN046: Las exigencias técnicas de edición en el siglo I.

Lucas, como Marcos, quiso dejar de lado el carácter judaizante del Evangelio de Mateo. Ya lo hemos explicado en el capítulo 1: «Los Evangelios»,

Por lo tanto, Lucas considera sencillamente inútil, para el buen desarrollo de su relato, recordar estos hechos que interesan sobre todo a los judíos.

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III. ¿Quiénes son estos magos?

Para comprender bien lo que Mateo quiso expresar, hay que volver al término griego que emplea: «magos» (Strong 3097). No olvidemos que el texto inicial de Mateo estaba redactado en arameo y que los textos griegos que tenemos hoy son traducciones.

Esta palabra aparece seis veces en el Nuevo Testamento: cuatro veces en el relato de Mateo dedicado a los magos (San Mateo 2.1, San Mateo 2.7, San Mateo 2.16) y dos veces en el libro de los Hechos, donde se traduce por «hechicero» (Hechos 13.6, Hechos 13.8). Esta diferencia de traducción muestra que la palabra puede tener varios matices según el contexto.

En el Evangelio de Mateo, traducir «magos» por «mago» es fiel al texto, pero este término puede prestarse hoy a confusión. En el español corriente, un mago evoca fácilmente a alguien que practica la magia o las ciencias ocultas. Ahora bien, tal idea no corresponde necesariamente al sentido de la palabra en Mateo. En el mundo antiguo, especialmente en Oriente, este término podía designar a sabios, sacerdotes, astrólogos o consejeros especializados en la observación de los astros.

Sería, en efecto, sorprendente imaginar que Mateo ponga de relieve, sin ninguna reserva, a hombres que vivían en prácticas abiertamente condenadas por la ley de Moisés (Levítico 19.31, Deuteronomio 18.10-12). El relato no pretende aprobar la adivinación ni la magia. Muestra más bien que Dios se sirvió de personas venidas del mundo pagano para conducirlas hasta Cristo. Es un punto importante: Mateo subraya ya que la venida de Jesús sobrepasa el solo marco de Israel, puesto que extranjeros vienen a postrarse ante él (San Mateo 2.11).

La palabra «sabios» habría expresado sin duda mejor, para un lector moderno, la función de estos hombres. Se trataría de personajes instruidos, probablemente especializados en el estudio del cielo. En este sentido, pueden entenderse como los astrónomos de su época, capaces de observar los astros, de seguir sus movimientos y de extraer de ellos referencias para el tiempo, las estaciones y el calendario. En las civilizaciones orientales antiguas, estas funciones estaban a menudo vinculadas a la vez con la ciencia, la religión y el poder político.

Es también probable que practicaran una forma de astrología, en el sentido antiguo del término, es decir, la búsqueda de un vínculo entre los fenómenos celestes y los grandes acontecimientos humanos. Así interpretaron la aparición de la estrella como la señal del nacimiento de un rey de los judíos (San Mateo 2.2). Su viaje, largo y costoso, muestra hasta qué punto esta interpretación les parecía seria y digna de ser verificada. Mateo no se detiene en los detalles científicos del fenómeno; su propósito es sobre todo teológico: mostrar que la creación misma da testimonio de la venida del Mesías.

Hay que recordar también que el texto bíblico no dice en ninguna parte que estos magos fueran reyes. Tampoco da su número ni sus nombres. Mateo menciona simplemente que ofrecieron oro, incienso y mirra (San Mateo 2.11). El hecho de que haya tres presentes no implica necesariamente que hubiera tres visitantes. Podían ser más numerosos, acompañados de servidores o de una caravana. En este punto, la tradición ha bordado ampliamente más allá de lo que dice la Escritura.

Fue progresivamente, en la historia de la Iglesia, como estos magos fueron presentados como reyes, luego se les atribuyó el número de tres y finalmente nombres como Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero todo esto pertenece a la tradición y no al texto de Mateo. Hay, pues, que distinguir cuidadosamente el relato bíblico de sus desarrollos legendarios. Estas añadiduras no deben llevarnos a rechazar el texto evangélico como una fábula; más bien nos invitan a volver a la sobriedad del testimonio bíblico.

La realidad histórica más sencilla es, pues, la siguiente: Mateo habla de sabios venidos de Oriente, probablemente versados en la observación del cielo, que vieron una señal extraordinaria, la interpretaron como el anuncio del nacimiento de un rey y luego se dirigieron a Judea para rendirle homenaje (San Mateo 2.1-2). Llegados junto al niño, se postran ante él y le ofrecen presentes (San Mateo 2.11). Este gesto tiene un fuerte alcance simbólico: expresa el reconocimiento de la dignidad real de Jesús. Varios lectores cristianos ven en él también un eco de profecías como (Salmos 72.10-11) y (Isaías 60.6), donde naciones vienen a traer riquezas al rey prometido por Dios.

En la argumentación de Mateo, la presencia de estos visitantes de Oriente no es, pues, un detalle anecdótico. Sirve para mostrar que Jesús es un niño fuera de lo común: es el Mesías real, reconocido no solo por judíos, sino ya por paganos venidos de lejos. Mientras que Jerusalén y Herodes se turban (San Mateo 2.3), estos extranjeros disciernen la grandeza del niño. El contraste es fuerte e intencionado.

Se comprende así por qué Marcos, Lucas y Juan, que persiguen cada uno un proyecto teológico propio, no juzgaron necesario relatar este episodio. La ausencia de este relato en los otros Evangelios no lo invalida; muestra simplemente que cada evangelista seleccionó ciertos acontecimientos para servir a su propósito (Juan 20.30-31).

Por último, es cierto que en la Antigüedad los reyes se rodeaban de buen grado de sabios, consejeros y observadores de los astros para ayudarlos en sus decisiones. El relato de Mateo se inscribe, pues, en un contexto histórico creíble. Pero lo esencial no es hacer el elogio de su saber. El punto central es que, por medios adaptados a su cultura y a su búsqueda, Dios los condujo hasta Jesús. Mateo quiere así mostrar que Cristo es digno de ser buscado, adorado y honrado por todos los pueblos (San Mateo 28.19).

IV. ¿De dónde vienen estos magos?

En el texto bíblico solo disponemos de la indicación dada por Mateo: «unos magos de Oriente» (San Mateo 2.1). Esta mención sigue siendo voluntariamente vaga y no permite identificar con certeza su ciudad de origen. La tradición cristiana piensa a menudo en Babilonia, pero los testimonios antiguos indican que en el siglo I a. C. el geógrafo griego Estrabón encontró el lugar en gran parte desierto. Sin embargo, existían otros centros urbanos importantes en esta vasta región.

Aquí tienes una versión reescrita, más estructurada y coherente con tu intención, integrando tu hipótesis sobre Ctesifonte sin imponerla como un hecho establecido:

En esa época, todo el Oriente mesopotámico depende del imperio parto. Los «sabios de Oriente» mencionados por Mateo proceden, pues, muy probablemente, según nuestra interpretación, de este vasto territorio. A menudo se los asocia con Persia, el actual Irán, cuyo nombre oficial no fue sustituido por «Irán» hasta 1934, por decreto del sha Reza Pahlavi. Sin embargo, es más plausible que provinieran de la región mesopotámica, en torno a la actual Bagdad, y más precisamente de Ctesifonte, entonces capital real de los partos y gran centro intelectual. Esta localización corresponde mejor al contexto histórico y a la importancia científica de estos sabios.

El soberano parto que reinaba entonces es Fraates IV, que gobernó durante treinta y seis años. Su hijo Fraataces, nacido de su unión con una esclava italiana convertida en reina, Musa, le sucede y reina del -2 al 4 d. C. El territorio sigue siendo parto, pero acuerdos diplomáticos con Roma y el emperador Augusto aseguran una cierta estabilidad política.

Los magos que nos interesan eran muy probablemente consejeros de alto rango en la corte de Fraates IV. Ahora bien, en el mismo año en que situamos su viaje, en -2 a. C., Fraates IV muere, verosímilmente asesinado, y el poder pasa a su hijo Fraates V y a su madre Musa, que gobiernan conjuntamente.

Un trastorno político así conlleva casi inevitablemente el apartamiento de los consejeros más cercanos al soberano difunto. En este contexto, es razonable pensar que estos sabios, ligados al antiguo rey, tomaron distancia del nuevo poder. Esta situación facilitó muy probablemente su partida y su prolongada ausencia, haciendo del todo plausible que pudieran emprender un viaje de varios meses sin dificultad particular.

Notemos por último que, según la Ley de Moisés, toda práctica oculta o adivinatoria estaba formalmente proscrita en Israel (Levítico 19.31; Levítico 20.27). Este marco excluye, pues, la idea de que los magos fueran adivinos. Eran más bien sabios de alto rango, al servicio de las autoridades partas, y en particular del rey Fraates IV. El hecho de que Dios se revele a eruditos extranjeros, procedentes de un medio donde la observación de los astros formaba parte de la cultura científica, pone aún más de relieve el alcance universal del nacimiento del Mesías.

&nbsLa extraordinaria historia de Fraates IV y de Musa

Considerando la situación geopolítica de la época, era relativamente fácil viajar desde Mesopotamia hasta la tierra de Israel. Sin embargo, los caminos seguían siendo peligrosos: numerosas bandas de bandoleros, más o menos organizadas, asolaban la región. Algunas mantenían incluso arreglos tácitos con responsables corruptos, tratando de perturbar el comercio con Oriente. Este contexto explica la importancia, para todo viajero, de desplazarse en grupo para asegurar su propia seguridad, una realidad bien conocida en la propia Biblia, donde los caminos del Próximo Oriente se describen a menudo como peligrosos (San Lucas 10.30).

La residencia real de los partos se encontraba muy probablemente en Ctesifonte, situada a unos 35 km al suroeste de la actual Bagdad. Esta ciudad, capital política y gran centro intelectual del imperio parto, constituye un punto de origen plausible para los magos. Si estos venían efectivamente de esta región mesopotámica, su viaje hasta Judea habría podido durar varios meses, unos seis según las estimaciones más comunes, lo que concuerda bien con el plazo sugerido por Herodes cuando interroga a los magos sobre la aparición de la estrella (San Mateo 2.7).

En cuanto al itinerario seguido, es razonable pensar que siguieron una de las grandes rutas caravaneras que unían Ctesifonte con Siria y luego con Jerusalén. Esta hipótesis concuerda con el papel de Ctesifonte como centro administrativo y científico, donde trabajaban numerosos sabios al servicio del poder parto.

Conviene, no obstante, recordar que estas reconstrucciones, aunque apoyadas en datos históricos y geopolíticos sólidos, siguen siendo en parte especulativas. Ofrecen, sin embargo, una valiosa luz sobre el contexto probable en que se movían los magos mencionados en el Evangelio de Mateo y sobre el alcance simbólico de su venida junto al Mesías.

IV. El descubrimiento de los magos

Los magos, al observar el cielo, advirtieron la aparición de un fenómeno luminoso inusual, que Mateo designa como una estrella (San Mateo 2.1-2). Todavía hoy resulta difícil comprender con certeza cómo establecieron un vínculo entre esta manifestación celeste y el nacimiento de un personaje real en Israel. Sin embargo, el hecho permanece: este descubrimiento los condujo a emprender un viaje largo, costoso y arriesgado, probablemente de varios meses.

Una expedición así supone que estos hombres no eran simples observadores del cielo. Debían de pertenecer a una élite erudita, sin duda vinculada al poder, que disponía a la vez de recursos importantes, de cierto prestigio y de una libertad de movimiento inusual. El precio del viaje, la duración de su ausencia y el valor de sus presentes muestran que eran personajes de consideración. Los dones que trajeron —oro, incienso y mirra— no eran modestas muestras de cortesía, sino presentes dignos de un rey (San Mateo 2.11).

Cabe, pues, preguntarse si estos regalos procedían únicamente de su fortuna personal o si habían recibido también el apoyo de las autoridades de su país. Esta hipótesis no es imposible. El contexto político parto de la época parece haber conocido importantes trastornos, y es concebible que un cambio de gobierno permitiera a ciertos sabios o consejeros dedicarse con más libertad a sus investigaciones. Desde esta perspectiva, su partida habría podido ser tolerada, incluso apoyada. Sigue siendo una hipótesis, pero recuerda que el relato de Mateo se inscribe en un marco histórico plausible.

El punto más sorprendente sigue siendo, sin embargo, la interpretación que hicieron de esta estrella. ¿Por qué vieron en ella la señal del nacimiento de un rey de los judíos? Al llegar a Jerusalén, preguntaron en efecto: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» (San Mateo 2.2). Su pregunta muestra que no ignoraban ni la existencia de Herodes el Grande ni la importancia política de la región. Es probable que pensaran primero en el nacimiento de un heredero real. Sin embargo, su gestión revela que presentían algo más grande que un simple nacimiento principesco.

Pueden avanzarse varias explicaciones, sin que ninguna pueda demostrarse con certeza.

La primera es la de una revelación sobrenatural. El Evangelio según Mateo relata, en efecto, que más tarde los magos fueron advertidos divinamente en sueños de que no volvieran a Herodes (San Mateo 2.12). Si Dios les habló en ese momento, no es imposible que también los iluminara al comienzo de su empresa. Esta explicación concuerda con la lógica del relato bíblico, en el que Dios puede revelarse a no judíos para cumplir su designio.

La segunda hipótesis es la de un contacto con las comunidades judías establecidas en Oriente. Desde las sucesivas deportaciones, numerosos judíos habían permanecido fuera de la tierra de Israel, especialmente en Mesopotamia y las regiones vecinas. Allí habían fundado comunidades apegadas a su fe y a la esperanza mesiánica. Los magos pudieron, pues, oír hablar de las profecías que anunciaban la venida de un rey, de un Mesías prometido por Dios (Isaías 9.6-7) (Miqueas 5.2). Esta posibilidad es seria. No obstante, si estas informaciones procedían directamente de los judíos de la diáspora, cabe extrañarse de que los magos no parezcan conocer de entrada el lugar preciso del nacimiento. En efecto, los jefes religiosos consultados por Herodes citan sin vacilar Belén, conforme a la profecía de Miqueas (San Mateo 2.4-6) (Miqueas 5.2).

La tercera hipótesis se apoya en su propia lectura del cielo. Los magos eran probablemente sabios orientales, especialistas en la observación de los astros y en su interpretación simbólica. En las culturas antiguas, ciertos cuerpos celestes se asociaban con ideas de realeza, de fecundidad o de poder nacional. Si se produjo un fenómeno particularmente raro, pudieron entenderlo como el anuncio del nacimiento de un rey en Israel. Sin poder afirmarlo con certeza, esta lectura corresponde bien al perfil de estos hombres: escrutan las señales, interpretan los acontecimientos y sacan conclusiones de ellos.

Por lo demás, no es necesario oponer totalmente estas explicaciones. Los magos pudieron estar influidos a la vez por sus conocimientos astronómicos, por tradiciones judías conocidas en Oriente y por una intervención directa de Dios. El relato de Mateo deja justamente entrever esta convergencia: una señal en el cielo, una búsqueda sincera, la consulta de las Escrituras y luego una dirección divina más precisa (San Mateo 2.1-12).

Su venida tiene también un alcance teológico importante. Estos hombres venidos de Oriente reconocen en Jesús a un rey digno de adoración, aun cuando Jerusalén y Herodes se muestran turbados u hostiles (San Mateo 2.3) (San Mateo 2.11). Mateo subraya así, desde el comienzo de su Evangelio, que Cristo no está destinado solo a Israel, sino que atrae también a las naciones. Esta idea enlaza con otros textos bíblicos que anuncian que pueblos vendrían a la luz de Dios y traerían sus riquezas (Isaías 60.1-6) (Salmos 72.10-11).

En definitiva, no poseemos suficientes elementos para reconstruir en detalle los motivos exactos de los magos. Muchos puntos siguen siendo hipotéticos: la naturaleza precisa de la estrella, su estatus exacto, el origen de sus presentes o la manera en que comprendieron el significado de esta señal. No obstante, el conjunto del relato sigue siendo coherente: sabios orientales perciben una señal extraordinaria, se ponen en camino con dones reales, buscan al rey de los judíos y descubren luego en Jesús mucho más que un simple heredero terrenal (San Mateo 2.1-11).

Lo más probable es que comprendieran primero que acababa de nacer un rey importante, sin medir de inmediato toda la amplitud del acontecimiento. Quizá solo al llegar al lugar, a través de las Escrituras, la guía de la estrella y la experiencia de la adoración, comprendieron que se hallaban ante aquel cuya realeza sobrepasaba todas las expectativas humanas (San Mateo 2.9-11).

V. Nuestra teoría

En el estudio del relato de los magos, es razonable suponer que poseían cierto conocimiento de la cultura judía, probablemente adquirido por los contactos históricos entre Oriente y las comunidades judías dispersas. Sin embargo, si realmente hubieran consultado a sabios judíos antes de su partida, habrían sabido enseguida que el Mesías debía nacer en Belén, conforme a la profecía de Miqueas (Miqueas 5.2). El hecho de que vayan primero a Jerusalén y de que deban interrogar a las autoridades locales muestra claramente que no disponían de esta información.

Además, su gestión inicial —escrutar el cielo para discernir una señal— no corresponde a las prácticas judías tradicionales. La observación de los astros se asociaba a menudo con la adivinación, práctica condenada en la (Deuteronomio 18.10-12). Esto no significa que toda observación astronómica estuviera prohibida, pero muestra que su enfoque no procedía del judaísmo. Su método refleja más bien los saberes astrológicos y astronómicos del Oriente antiguo.

Una revelación sobrenatural sigue siendo concebible, tanto más cuanto que Dios les advierte en sueños que no vuelvan a Herodes (San Mateo 2.12). Sin embargo, nada indica que su decisión de partir hacia Judea se base únicamente en una visión o en una palabra divina. Una expedición así habría requerido una motivación más estructurada, probablemente ligada a su interpretación de un fenómeno celeste excepcional.

La hipótesis más coherente es que observaron una configuración astral que simbolizaba la maternidad, la paternidad y la realeza, acompañada de la aparición de un astro nuevo. En su cultura, tales señales podían anunciar el nacimiento de un gran rey. Su gestión se inscribe, pues, en una lectura simbólica del cielo, no en una práctica de adivinación en el sentido bíblico del término. Pudieron consultar a autoridades locales o a sabios judíos una vez llegados a Judea, pero su convicción primera descansaba en sus propias competencias de astrónomos-astrólogos.

Es incluso posible que pensaran primero en el nacimiento de un heredero de Herodes, ignorando el estado de salud declinante del rey y la inestabilidad política inminente. Su viaje hacia el oeste, probablemente acompañado de una caravana para asegurar su seguridad y transportar sus bienes, se explica entonces como una misión diplomática o científica, más que como una peregrinación religiosa.

La muerte de su soberano, seguida de un cambio político en su país, pudo facilitar su partida y explicar la duración de su ausencia. Aunque es poco probable que llevaran consigo a sus familias, su expedición tenía sin duda un carácter oficial, que comprometía su estatus y sus responsabilidades.

Así, este viaje aparece como un periplo mayor, motivado por la interpretación de un fenómeno celeste excepcional y no por una leyenda tardía. Su presencia en Jerusalén, luego en Belén, da testimonio de una búsqueda sincera y de una gestión coherente con los conocimientos y las prácticas de su época. Y es precisamente esta gestión la que Dios utiliza para conducirlos hasta el niño, cumpliendo así las Escrituras (San Mateo 2.1-11).

VII. La llegada de los magos a Jerusalén

Cuando los magos llegan a Jerusalén, ciudad real, interrogan a los habitantes en busca de información sobre el nacimiento de un rey, pensando naturalmente que este acontecimiento importante no habría escapado a la atención pública. El rey Herodes, alertado de su búsqueda por sus espías, consulta entonces a las autoridades religiosas judías. La predicción de un rey no es una sorpresa para estas, que revelan incluso el lugar de nacimiento esperado de este rey, Belén.

Aunque Jerusalén está ya agitada a raíz de las pesquisas de los magos, Herodes decide convocarlos en secreto. Esta decisión se explica por su voluntad de no legitimar más el rumor ni de arriesgarse a un levantamiento popular.

Para Herodes, único soberano legítimo de Israel, importa minimizar el impacto de esta noticia y evitar que la población establezca un vínculo entre este niño y el Mesías esperado por los judíos. Un levantamiento popular, alimentado por la esperanza mesiánica, representa un peligro para su posición.

Así, Herodes proporciona a los magos la información necesaria para localizar Belén, pero lo hace discretamente para no alentar la idea de un posible rival al trono. Belén, menos poblada y más asequible que Jerusalén en período de fiesta, parece un lugar lógico para que la familia de Jesús encuentre refugio, tanto más cuanto que allí tienen sus orígenes. En ese momento, todos los peregrinos se han marchado y la vida ha retomado su ritmo normal.

Sin embargo, la reacción de las autoridades religiosas judías parece sorprendentemente moderada ante una noticia tan capital. Su falta de entusiasmo o de interés por este acontecimiento plantea interrogantes.

Los magos, al observar que la estrella sigue brillando sobre ellos, comprenden que están cerca de su destino. Probablemente establecen su campamento a la salida de Jerusalén o quizá hacia Herodión, donde se encuentra el suntuoso palacio del rey Herodes el Grande.

Al día siguiente, fortalecidos con la información obtenida de Herodes, se dirigen a Belén y emprenden una búsqueda similar a la que habían llevado a cabo en Jerusalén. En esta pequeña aldea no es difícil descubrir a una familia con un lactante, lo que los conduce finalmente a Jesús.

VII. Herodes, ¿un rey ingenuo?

La cuestión de si Herodes dio muestras de ingenuidad en su manejo de la visita de los magos merece un análisis atento. Es evidente que Herodes no tomó suficientemente en serio la información aportada por los magos, ni siquiera la interpretación de los sabios judíos sobre el nacimiento del Mesías en Belén. Esta subestimación condujo a una ausencia de reacción inmediata por su parte y por la de las autoridades religiosas judías.

Herodes decidió no enviar espías ni soldados a Belén para verificar esta información. Esta decisión parece guiada por varios factores. Por una parte, no quería dar importancia al rumor de un posible nuevo rey, por temor a suscitar disturbios entre la población, ya agitada por la esperanza mesiánica. Por otra parte, es probable que Herodes estuviera preocupado por problemas más apremiantes, en particular su salud declinante y las cuestiones en torno a su sucesión.

En cuanto a los sabios judíos, su falta de reacción ante la noticia de los magos es también sorprendente. A pesar de su espera de un Mesías, no juzgaron necesario ir a Belén para verificar estas afirmaciones, quizá dudando de la credibilidad de fuentes extranjeras.

Herodes decidió, pues, temporizar, a la espera del regreso de los magos para obtener más información. Esta falta de reactividad inmediata parece ser una combinación de escepticismo, de preocupaciones personales y de una estrategia destinada a minimizar el impacto de la noticia.

En cuanto al lugar de la entrevista entre Herodes y los magos, Mateo no proporciona detalles específicos. Es posible que esta entrevista tuviera lugar bien en Herodión, bien en la fortaleza Antonia de Jerusalén. Herodión, situado a unos 12 km al sur de Jerusalén, es un lugar plausible para tal encuentro, sobre todo si Herodes residía allí después de las fiestas de los Tabernáculos. No obstante, a falta de precisiones de Mateo, esta localización sigue siendo hipotética.

VIII. El tiempo de las sorpresas

La sorpresa de los magos ante la falta de conocimiento general, en Jerusalén, del nacimiento de un rey es efectivamente notable. Su expectativa de un nacimiento real espectacular contrasta fuertemente con la humilde realidad de la casa donde encuentran a Jesús.

El rey Herodes, que residía en Herodión, una colina artificial situada a unos 6,4 km al sureste de Belén y a 12 km al sur de Jerusalén, tenía también aposentos en la fortaleza Antonia de Jerusalén. Estas lujosas residencias contrastan claramente con la sencillez de la casa donde residían José, María y el niño Jesús en Belén. Los magos, acostumbrados a la grandeza de los palacios reales, se sorprenden, pues, de la sencillez del lugar.

Esta sorpresa la comparten José y María, que no esperaban recibir la visita de tan eminentes personajes. El intercambio entre los magos y la familia de Jesús, verosímilmente en arameo, revela a cada uno la naturaleza extraordinaria del acontecimiento. Los magos, que no encuentran ninguna señal exterior de realeza en el niño, deben replantearse sus expectativas y sus creencias ante la sencillez de la escena. Esta toma de conciencia podría atribuirse a una revelación divina que los habría convencido de la naturaleza real de Jesús.

La idea de que María fuera la de la información de Mateo sobre la historia de los magos es plausible, aunque este punto no pueda confirmarse de manera categórica. Ello supone que María compartió con Mateo el relato de la visita de los magos, enriqueciendo así el relato evangélico con detalles que solo podían conocer quienes habían vivido estos acontecimientos.

En conclusión, el relato de los magos en el Evangelio de Mateo subraya la diferencia entre las expectativas humanas de la realeza y la realidad del nacimiento del Mesías en la sencillez, un tema recurrente en las enseñanzas del Nuevo Testamento.

IX. El sueño de los magos

Los magos, tras pasar unos días en Belén, se enfrentan a un cambio repentino de planes. Como relata Mateo, son advertidos en sueños de que no vuelvan a Herodes, una instrucción que toman muy en serio.

Esta alerta nocturna, aunque descrita simplemente como un sueño, parece portar un mensaje divino. Mateo no menciona explícitamente a un ángel como mensajero en este sueño, a diferencia de los relatos de los sueños de José. Sin embargo, la importancia que los magos conceden a este sueño sugiere un origen sobrenatural o divino.

La reacción inmediata de los magos a este sueño revela su comprensión de las intenciones malévolas de Herodes, un rey cuya reputación de crueldad era ya conocida. Compartir este sueño con María y José suscita una inquietud legítima, aunque no pueden prever la magnitud de la violencia que iba a seguir de Herodes.

X. El regreso de los magos

Los magos, habiendo tomado la decisión de no pasar de nuevo por Jerusalén ni por Herodión, optan por un itinerario alternativo para su regreso, evitando así llamar la atención sobre su paso. Esta prudencia acrecentada muestra su conciencia de los peligros potenciales tras haber sido advertidos en sueños.

Estos sabios extranjeros, a pesar de su condición de paganos, no solo identificaron sino también honraron al Rey de los judíos, demostrando así una comprensión profunda del significado de su descubrimiento. Su adoración y sus regalos reflejan una certeza inquebrantable sobre la naturaleza real de Jesús.

Lo que sigue siendo particularmente llamativo es que fueron extranjeros, y no los sabios o religiosos judíos, quienes reconocieron y celebraron la venida del Mesías. Esta ironía subraya un tema central del Nuevo Testamento, donde la revelación divina trasciende a menudo las fronteras étnicas y culturales.

En cuanto a la estrella que guió a los magos, Mateo no proporciona detalles sobre su destino. Podría seguir brillando en el cielo, o quizá cumplió su único propósito divino. No obstante, es razonable suponer que, de regreso en su región de origen, estos magos siguieron observando los astros e interesándose por la historia de los judíos, en particular la de Jesús.

Para José, María y el niño Jesús, la situación se vuelve tensa tras las noticias del sueño de los magos y de su decisión de no volver a Herodes. Conscientes del peligro inminente que representa el rey Herodes, deben contemplar medidas para garantizar su seguridad. Esta tensión sugiere la inminencia de decisiones cruciales para su seguridad.

Conclusión

El relato de los magos venidos de Oriente, tal como lo refiere Mateo, no es una simple anécdota legendaria concebida para reforzar su argumentación. Si así hubiera sido, sus contemporáneos, que conocían los hechos, probablemente habrían desacreditado su relato y, por extensión, el conjunto del Evangelio que lleva su nombre. Lucas, aunque no evoca esta historia en su propio Evangelio, tampoco la contradice, aportando otros elementos complementarios.

Parece plausible que la información relativa a la visita de los magos proceda directamente de la propia María. Tras la muerte y la resurrección de Jesús, habría comprendido la importancia de compartir su historia, ya no como un relato personal, sino como un testimonio de valor universal. Esta toma de conciencia habría llevado a María a compartir detalles que antes había guardado para sí, por pudor o discreción.

La muerte y la resurrección de Jesús pudieron esclarecer a María el sentido profundo de los acontecimientos que había vivido, como el anuncio del ángel, la profecía de Simeón y las diversas visitas que recibió. Estos acontecimientos, antes quizá percibidos como aislados o misteriosos, adquirieron todo su sentido a la luz de la resurrección.

Para María, compartir estas experiencias, incluida la visita de estos sabios venidos de Oriente, se hizo esencial para dejar un testimonio duradero. Esta visita, aunque pueda parecer anecdótica a Lucas, Marcos y Juan, reviste para Mateo una importancia particular. Ve en los presentes ofrecidos y en la adoración de estos notables una confirmación adicional de que Jesús es el Mesías y el Rey de los judíos.

En suma, es crucial no sobrecargar el relato de Mateo con maravillas ficticias. Aunque la historia relatada sea extraordinaria, sigue estando anclada en un contexto histórico real, donde a menudo la realidad supera la ficción.