Para comprender bien lo que Mateo quiso expresar, hay que volver al término griego que emplea: «magos» (Strong 3097). No olvidemos que el texto inicial de Mateo estaba redactado en arameo y que los textos griegos que tenemos hoy son traducciones.
Esta palabra aparece seis veces en el Nuevo Testamento: cuatro veces en el relato de Mateo dedicado a los magos (San Mateo 2.1, San Mateo 2.7, San Mateo 2.16) y dos veces en el libro de los Hechos, donde se traduce por «hechicero» (Hechos 13.6, Hechos 13.8). Esta diferencia de traducción muestra que la palabra puede tener varios matices según el contexto.
En el Evangelio de Mateo, traducir «magos» por «mago» es fiel al texto, pero este término puede prestarse hoy a confusión. En el español corriente, un mago evoca fácilmente a alguien que practica la magia o las ciencias ocultas. Ahora bien, tal idea no corresponde necesariamente al sentido de la palabra en Mateo. En el mundo antiguo, especialmente en Oriente, este término podía designar a sabios, sacerdotes, astrólogos o consejeros especializados en la observación de los astros.
Sería, en efecto, sorprendente imaginar que Mateo ponga de relieve, sin ninguna reserva, a hombres que vivían en prácticas abiertamente condenadas por la ley de Moisés (Levítico 19.31, Deuteronomio 18.10-12). El relato no pretende aprobar la adivinación ni la magia. Muestra más bien que Dios se sirvió de personas venidas del mundo pagano para conducirlas hasta Cristo. Es un punto importante: Mateo subraya ya que la venida de Jesús sobrepasa el solo marco de Israel, puesto que extranjeros vienen a postrarse ante él (San Mateo 2.11).
La palabra «sabios» habría expresado sin duda mejor, para un lector moderno, la función de estos hombres. Se trataría de personajes instruidos, probablemente especializados en el estudio del cielo. En este sentido, pueden entenderse como los astrónomos de su época, capaces de observar los astros, de seguir sus movimientos y de extraer de ellos referencias para el tiempo, las estaciones y el calendario. En las civilizaciones orientales antiguas, estas funciones estaban a menudo vinculadas a la vez con la ciencia, la religión y el poder político.
Es también probable que practicaran una forma de astrología, en el sentido antiguo del término, es decir, la búsqueda de un vínculo entre los fenómenos celestes y los grandes acontecimientos humanos. Así interpretaron la aparición de la estrella como la señal del nacimiento de un rey de los judíos (San Mateo 2.2). Su viaje, largo y costoso, muestra hasta qué punto esta interpretación les parecía seria y digna de ser verificada. Mateo no se detiene en los detalles científicos del fenómeno; su propósito es sobre todo teológico: mostrar que la creación misma da testimonio de la venida del Mesías.
Hay que recordar también que el texto bíblico no dice en ninguna parte que estos magos fueran reyes. Tampoco da su número ni sus nombres. Mateo menciona simplemente que ofrecieron oro, incienso y mirra (San Mateo 2.11). El hecho de que haya tres presentes no implica necesariamente que hubiera tres visitantes. Podían ser más numerosos, acompañados de servidores o de una caravana. En este punto, la tradición ha bordado ampliamente más allá de lo que dice la Escritura.
Fue progresivamente, en la historia de la Iglesia, como estos magos fueron presentados como reyes, luego se les atribuyó el número de tres y finalmente nombres como Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero todo esto pertenece a la tradición y no al texto de Mateo. Hay, pues, que distinguir cuidadosamente el relato bíblico de sus desarrollos legendarios. Estas añadiduras no deben llevarnos a rechazar el texto evangélico como una fábula; más bien nos invitan a volver a la sobriedad del testimonio bíblico.
La realidad histórica más sencilla es, pues, la siguiente: Mateo habla de sabios venidos de Oriente, probablemente versados en la observación del cielo, que vieron una señal extraordinaria, la interpretaron como el anuncio del nacimiento de un rey y luego se dirigieron a Judea para rendirle homenaje (San Mateo 2.1-2). Llegados junto al niño, se postran ante él y le ofrecen presentes (San Mateo 2.11). Este gesto tiene un fuerte alcance simbólico: expresa el reconocimiento de la dignidad real de Jesús. Varios lectores cristianos ven en él también un eco de profecías como (Salmos 72.10-11) y (Isaías 60.6), donde naciones vienen a traer riquezas al rey prometido por Dios.
En la argumentación de Mateo, la presencia de estos visitantes de Oriente no es, pues, un detalle anecdótico. Sirve para mostrar que Jesús es un niño fuera de lo común: es el Mesías real, reconocido no solo por judíos, sino ya por paganos venidos de lejos. Mientras que Jerusalén y Herodes se turban (San Mateo 2.3), estos extranjeros disciernen la grandeza del niño. El contraste es fuerte e intencionado.
Se comprende así por qué Marcos, Lucas y Juan, que persiguen cada uno un proyecto teológico propio, no juzgaron necesario relatar este episodio. La ausencia de este relato en los otros Evangelios no lo invalida; muestra simplemente que cada evangelista seleccionó ciertos acontecimientos para servir a su propósito (Juan 20.30-31).
Por último, es cierto que en la Antigüedad los reyes se rodeaban de buen grado de sabios, consejeros y observadores de los astros para ayudarlos en sus decisiones. El relato de Mateo se inscribe, pues, en un contexto histórico creíble. Pero lo esencial no es hacer el elogio de su saber. El punto central es que, por medios adaptados a su cultura y a su búsqueda, Dios los condujo hasta Jesús. Mateo quiere así mostrar que Cristo es digno de ser buscado, adorado y honrado por todos los pueblos (San Mateo 28.19).