Mateo, único entre los evangelistas, nos ofrece estas líneas de una intensidad poco común. Su mirada penetra el corazón de los hombres religiosos de su tiempo: guardianes de la Ley, seguros de sí mismos, pero ciegos a la luz. Con sus palabras, Mateo revela una verdad incómoda: el mensaje del Reino no es una lisonja para los poderosos, sino un llamado apremiante al arrepentimiento, incluso para quienes creen saberlo ya todo acerca de Dios.
San Mateo 21.28-32
La condena que pronuncia Jesús no es la de un juez inflexible, sino la de un médico herido por la incredulidad de sus pacientes. No cierra la puerta; al contrario, la deja de par en par. Sin embargo, anuncia que otros pasarán primero: los pecadores arrepentidos, los publicanos y las prostitutas, esas almas despreciadas que, no obstante, acogieron la misericordia con el corazón quebrantado.
San Mateo 21.31
Los orgullosos doctores de la Ley no serán excluidos, pero solo entrarán después de haber reconocido su error, en la humildad de un arrepentimiento sincero.
San Lucas 18.9-14
Comprenden entonces que, en la de los dos hijos, el segundo hijo, el que prometió pero no obedeció, son ellos. Profesaron su apego a Dios, pero se negaron a obedecer su voluntad cuando el Hijo mismo estuvo ante ellos.
San Mateo 21.30
La escena es conmovedora. En torno a Jesús, la multitud se apretuja: hombres y mujeres sencillos, con el rostro curtido por la vida, aguzan el oído. Ellos comprenden. Ellos perciben la dulzura y la fuerza que emanan de su voz.
Y mientras los se indignan en silencio, el pueblo se alegra de ver surgir la verdad, luminosa y liberadora. Estos religiosos, tan seguros de ser los guías de Israel, quedan desenmascarados. Habían querido enseñar, y ahora son ellos los enseñados.
Marcos 12.37
En el mismo soplo del Espíritu, Mateo extiende esta revelación más allá del instante. En su capítulo 13 reúne seis parábolas, joyas preciosas ofrecidas a la meditación de los creyentes.
El sembrador, paciente y generoso, que esparce la Palabra sobre todas las tierras, buenas o malas.
San Mateo 13.3-23
La cizaña entre el trigo, que recuerda que el juicio pertenece solo a Dios.
San Mateo 13.24-30
El grano de mostaza y la levadura, símbolos de un Reino discreto pero irresistible, que crece en silencio.
San Mateo 13.31-33
El tesoro escondido y la perla de gran precio, imágenes de la alegría de quien descubre el verdadero bien y renuncia a todo para poseerlo.
San Mateo 13.44-46
La red echada al mar, que recoge toda clase de peces hasta el día en que la justicia separe a los justos de los inicuos.
San Mateo 13.47-50
Estas parábolas son como los latidos del corazón del Reino de Dios.
Enseñan que la salvación no se obtiene ni por nacimiento, ni por saber, ni por una perfección aparente, sino por la humildad, la fe y la escucha del Maestro.
Juan 3.16-17
Romanos 10.9-10
Porque es en el silencio del corazón arrepentido donde comienza el verdadero viaje hacia el Reino.
San Mateo 5.3