El Mesías Jesús camina decididamente en dirección a Jerusalén. Avanza al frente, como alguien que conoce perfectamente el camino y lo que le espera al final. Detrás de él, los discípulos lo siguen con una mezcla de respeto, inquietud e incomprensión. Algunos quedan impresionados por la determinación de su maestro; otros sienten confusamente que este viaje encierra algo grave. Incluso quienes acompañan al grupo, un poco más lejos, perciben una tensión inusual y se asustan.
Al ver su turbación, el Mesías Jesús se detiene y llama aparte a los Doce. Quiere hablarles sin testigos, como se confía un secreto pesado a quienes han de llevarlo. Les dice que ha llegado el momento en que se va a cumplir todo lo que los profetas anunciaron acerca del Hijo del hombre. No habla en parábolas: describe con precisión lo que va a suceder.
Les anuncia que será entregado a los jefes del pueblo, a los sacerdotes y a los escribas. Estos lo condenarán a muerte y luego lo entregarán a los gentiles. Allí será burlado, insultado, humillado, golpeado y finalmente condenado a morir. El Mesías Jesús no oculta nada de la violencia que le espera: expone ante ellos la cadena completa de los acontecimientos, como si viera ya desarrollarse cada escena.
Pero añade enseguida que ese no es el final. Después de todo esto, resucitará al tercer día. Esta palabra, aunque luminosa, no logra disipar la sombra que pesa sobre los discípulos. Oyen el anuncio, pero les resulta incomprensible. El sentido se les escapa, como si un velo les impidiera captar el alcance de lo que dice. No pueden imaginar la profundidad del sufrimiento anunciado ni concebir la realidad de la resurrección prometida.
A su alrededor, el camino hacia Jerusalén continúa, y Jesús reanuda su marcha. Avanza con una paz extraña, una fuerza interior que los demás todavía no comprenden. Sabe lo que le espera, pero no retrocede. Los discípulos, por su parte, lo siguen sin comprender, divididos entre el miedo, la fidelidad y la incapacidad de medir lo que se está cumpliendo ante sus ojos.