Babilonia ha caído. Un nuevo poder gobierna ahora el reino y Daniel, a pesar de su edad probablemente avanzada, conserva un puesto importante en la administración.
Su integridad es tal que el rey Darío piensa confiarle responsabilidades aún mayores. Este éxito provoca los celos de otros funcionarios. Buscan alguna falta en su administración, pero no encuentran ninguna.
Entonces comprenden que la única manera de acusarlo es utilizar su fidelidad a Dios en su contra.
Persuaden al rey para que promulgue un decreto que prohíba durante treinta días dirigir una petición a cualquier dios u hombre que no sea el rey.
Daniel conoce el decreto.
Sin embargo, continúa orando tres veces al día, vuelto hacia Jerusalén, exactamente «como lo hacía antes» (Daniel 6.9).
Es denunciado y arrojado al foso de los leones.
Pero Dios interviene.
Por la mañana, Daniel puede declarar al rey:
«Mi Dios envió su ángel y cerró la boca de los leones» (Daniel 6.21).
El capítulo termina con una proclamación de Darío en la que reconoce que el Dios de Daniel es «el Dios viviente», cuyo reino nunca será destruido (Daniel 6.25).