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El «misterio» en Daniel 2: sentido y alcance del término arameo rāz

La palabra aramea רָז (rāz), que puede traducirse por «misterio» o «secreto», aparece varias veces en Daniel 2. Aparece…

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1. Un término característico de Daniel 2

La palabra aramea רָז (rāz), que puede traducirse por «misterio» o «secreto», aparece varias veces en Daniel 2.

Aparece notablemente en Daniel 2.18, 19, 27, 28, 29, 30 y 47.

Esta concentración es significativa.

El término acompaña las diferentes etapas del relato:

el misterio amenaza indirectamente la vida de Daniel y de sus compañeros;

el misterio se pide a Dios;

el misterio es revelado;

Daniel explica el origen de esta revelación;

Nabucodonosor reconoce finalmente al Dios que revela los misterios.

La palabra pertenece, pues, a la estructura misma del capítulo.

2. Un misterio no es simplemente algo difícil

En el uso moderno, la palabra «misterio» puede designar una cuestión particularmente difícil o un fenómeno todavía sin explicar.

El sentido en Daniel 2 es más preciso.

El problema no es solamente que el sueño sea extremadamente complejo.

El contenido mismo del sueño es inaccesible para Daniel.

No estaba presente en el espíritu de Nabucodonosor cuando el rey soñaba.

No dispone de ningún dato que le permita reconstruirlo de manera natural.

El «misterio» es, pues, una realidad oculta al conocimiento humano ordinario.

Su resolución requiere una revelación.

3. Los sabios reconocen ellos mismos este límite

Los caldeos declaran al rey:

«No hay nadie sobre la tierra que pueda hacer lo que pide el rey» (Daniel 2.10).

Luego añaden:

«Lo que el rey demanda es difícil, y no hay quien lo pueda declarar al rey, salvo los dioses cuya morada no está con los mortales» (Daniel 2.11).

Esta declaración define exactamente la naturaleza del problema.

Los sabios no pretenden necesitar más tiempo para descubrir el sueño.

Afirman que la petición supera las capacidades humanas.

El relato no refuta esta afirmación.

El propio Daniel la confirma implícitamente.

Ningún hombre puede revelar el misterio con sus propias capacidades.

La diferencia es que Daniel conoce al Dios que puede revelarlo.

4. Daniel no busca el misterio mediante una técnica adivinatoria

Cuando Daniel conoce la sentencia real, no intenta reproducir los métodos de los especialistas babilonios.

Informa a sus compañeros:

«para que pidieran misericordias del Dios del cielo sobre este misterio» (Daniel 2.18).

Este proceder es esencial.

El misterio no se obtiene por cálculo.

No se deduce de un presagio.

No se descubre mediante la interpretación de un fenómeno natural.

Daniel y sus compañeros piden que Dios se lo dé a conocer.

El texto establece así una distinción nítida entre búsqueda técnica de una información y recepción de una revelación.

5. «El misterio fue revelado»

La respuesta se expresa en una frase particularmente concisa:

«Entonces el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche» (Daniel 2.19).

El sujeto teológico de la acción es evidente.

Daniel recibe lo que antes no poseía.

La formulación pasiva subraya el carácter recibido del conocimiento.

Daniel no se presenta como alguien que haya logrado penetrar el secreto del rey.

El misterio le es comunicado.

Esta distinción explica por qué su primera reacción consiste en bendecir a Dios en lugar de celebrar su propia inteligencia.

6. El Dios que conoce las realidades ocultas

En su oración, Daniel declara:

«Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y la luz mora con él» (Daniel 2.22).

El vocabulario asocia directamente revelación y conocimiento divino.

Una cosa puede estar oculta a los seres humanos sin estarlo a Dios.

El misterio no corresponde, pues, a un límite del conocimiento divino.

Corresponde a un límite del conocimiento humano.

Esta distinción es fundamental para comprender la noción bíblica de revelación.

Dios no descubre el misterio en el momento en que Daniel ora.

Lo conoce y lo da a conocer.

7. Daniel confirma la imposibilidad humana

Ante Nabucodonosor, Daniel declara:

«El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos ni adivinos lo pueden revelar al rey» (Daniel 2.27).

Daniel habría podido aprovechar el fracaso de sus competidores para poner de relieve su propia superioridad.

No lo hace.

Sitúa implícitamente al conjunto de los seres humanos en la misma categoría.

Los sabios no pueden revelar el misterio.

Daniel tampoco podría hacerlo por sí mismo.

Continúa inmediatamente:

«Pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios» (Daniel 2.28).

La palabra «pero» expresa el vuelco teológico del capítulo.

La imposibilidad humana no implica la imposibilidad divina.

8. El misterio concierne también al futuro

Daniel precisa que Dios:

«ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días» (Daniel 2.28).

El misterio tiene, pues, dos dimensiones.

La primera concierne al contenido del sueño, que Daniel no podía conocer naturalmente.

La segunda concierne a la realidad histórica representada por el sueño.

Dios revela a la vez lo que el rey ha visto y lo que esta visión significa para el futuro.

La revelación no consiste, pues, solo en leer milagrosamente el recuerdo de un hombre.

Desvela también el sentido profético del sueño.

9. «El que revela los misterios»

Daniel 2.29 recoge esta idea:

«El que revela los misterios te mostró lo que ha de ser.»

Esta expresión es importante porque transforma una acción particular en una característica divina.

Dios no es solamente el que ha revelado este misterio.

Es «el que revela los misterios».

La capacidad de dar a conocer lo que permanece oculto pertenece a su soberanía.

Esta formulación prepara directamente la confesión final de Nabucodonosor.

10. Daniel se niega a convertirse él mismo en el misterio del relato

Daniel toma una precaución adicional:

«A mí me ha sido revelado este misterio, no porque en mí haya más sabiduría que en todos los vivientes» (Daniel 2.30).

Esta declaración es capital.

El milagro podría desviar la atención del Dios que revela hacia el hombre que ha recibido la revelación.

Daniel rechaza este desplazamiento.

Su sabiduría excepcional ya había sido reconocida en Daniel 1.17-20.

Sin embargo, afirma explícitamente que esta sabiduría no explica la revelación del misterio.

Distingue así la capacidad dada al siervo de la soberanía propia de Dios.

11. El misterio no se revela para satisfacer una simple curiosidad

Daniel prosigue:

«sino para que se dé a conocer al rey la interpretación, y para que entiendas los pensamientos de tu corazón» (Daniel 2.30).

La revelación tiene, pues, una finalidad.

No se concede para satisfacer una curiosidad esotérica.

Comunica un mensaje al rey.

El sueño concierne a la historia de los reinos, pero concierne también personalmente a Nabucodonosor.

El rey que reflexionaba sobre el futuro de su poder recibe una respuesta que sitúa su reino en una historia mucho más vasta.

La revelación tiene así una función profética y teológica.

12. El misterio revelado sigue siendo inteligible

Conviene subrayar otra característica.

Una vez revelado, el misterio no se presenta como irracional o incomprensible.

Daniel puede relatar el sueño.

Puede luego interpretarlo.

El rey puede reconocer la pertinencia de esta revelación.

El misterio no es, pues, una verdad que seguiría siendo necesariamente oscura incluso después de haber sido revelada.

Está oculto hasta su revelación.

Esta distinción es importante para comprender el uso bíblico del vocabulario del misterio: el misterio puede ser inaccesible por naturaleza al descubrimiento humano y hacerse inteligible cuando Dios lo da a conocer.

13. Nabucodonosor comprende finalmente el verdadero origen de la revelación

Después de oír a Daniel, Nabucodonosor declara:

«Ciertamente el Dios vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios, pues pudiste revelar este misterio» (Daniel 2.47).

Esta confesión cierra el movimiento iniciado al comienzo del capítulo.

Los sabios habían afirmado que la petición superaba las capacidades humanas.

Daniel había declarado que un Dios en el cielo revelaba los misterios.

El rey constata que Daniel ha revelado efectivamente lo que pedía.

De ello saca una conclusión acerca del Dios de Daniel.

El relato conduce así del misterio del rey al reconocimiento del Dios que revela.

14. Una estructura construida en torno al misterio

La progresión puede resumirse así:

Daniel 2.18: Daniel y sus compañeros piden a Dios su compasión respecto al misterio.

Daniel 2.19: el misterio es revelado.

Daniel 2.22: Daniel proclama que Dios revela las cosas ocultas.

Daniel 2.27: los sabios no pueden revelar el misterio.

Daniel 2.28: Dios revela los misterios.

Daniel 2.29: el que revela los misterios da a conocer el futuro.

Daniel 2.30: Daniel se niega a atribuir la revelación a su propia sabiduría.

Daniel 2.47: Nabucodonosor reconoce al Dios que revela los misterios.

Esta repetición muestra que el «misterio» constituye mucho más que un elemento de vocabulario.

Organiza teológicamente el relato.

15. El misterio en Daniel 2 y la profecía bíblica

La noción de revelación de una realidad oculta pertenece más ampliamente a la profecía bíblica.

Amós declara:

«En efecto, el Señor, el , no hace nada sin haber revelado su secreto a sus siervos los profetas» (Amós 3.7).

El principio no es que los profetas posean naturalmente acceso a todas las realidades ocultas.

Conocen lo que Dios elige comunicarles.

Daniel pertenece a esta lógica.

No domina el mundo invisible.

Recibe una revelación determinada acerca de una situación determinada.

Esta distinción protege la profecía bíblica contra una concepción mágica del profeta.

16. Del rāz arameo al mystērion del Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento utiliza con frecuencia el término griego μυστήριον (mystērion, «misterio»).

No hay que suponer que todos los usos neotestamentarios tengan exactamente el mismo contenido que el רָז (rāz) de Daniel 2.

Existe, sin embargo, una proximidad conceptual importante.

En varios pasajes del Nuevo Testamento, un «misterio» designa una realidad perteneciente al propósito de Dios que estaba oculta y que ha sido revelada.

Jesús declara a sus discípulos:

«A vosotros os es dado saber los » (San Mateo 13.11).

Pablo habla de:

«la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos» (Romanos 16.25).

Evoca también:

«el misterio escondido desde los siglos y edades, pero ahora manifestado a sus santos» (Colosenses 1.26).

El esquema conceptual es comparable: oculto - revelado - conocido.

17. Pablo y el vocabulario de Daniel

Un acercamiento particularmente interesante aparece en 1 Corintios 2.

Pablo habla de:

«la sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta» (1 Corintios 2.7).

Luego escribe:

«Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu» (1 Corintios 2.10).

El contenido teológico difiere del de Daniel 2, pero la estructura sigue siendo comparable.

La sabiduría de Dios no resulta simplemente de un descubrimiento humano.

Debe ser revelada.

Esta lógica constituye uno de los grandes ejes de la concepción bíblica de la revelación.

18. Hay que distinguir entre revelación y conocimiento exhaustivo

Afirmar que Dios revela un misterio no significa que el beneficiario reciba automáticamente un conocimiento exhaustivo de todo lo que concierne al tema.

Daniel recibe lo necesario para comunicar el sueño y su interpretación.

El texto no pretende que reciba en esta ocasión un conocimiento completo de toda la historia futura en cada uno de sus detalles.

Esta distinción es importante en la interpretación profética.

La revelación proporciona lo que Dios elige comunicar.

El intérprete debe respetar los límites de esta comunicación.

Este principio vale particularmente para el estudio de la estatua: los elementos explícitamente interpretados por Daniel poseen una autoridad textual distinta de las reconstrucciones históricas propuestas posteriormente por los comentaristas.

19. Una regla metodológica para la interpretación de Daniel

La noción de misterio conduce así a una regla hermenéutica importante.

Conviene distinguir:

ce que le songe montre ;

ce que l'interprétation inspirée explique explicitement ;

ce que les données historiques permettent ensuite de proposer comme identification.

Estos tres niveles no deben confundirse.

Por ejemplo, Daniel 2 afirma explícitamente que existe una sucesión de reinos.

Identifica explícitamente a Nabucodonosor con la cabeza de oro (Daniel 2.38).

Las identificaciones detalladas de los reinos siguientes requieren luego una confrontación con Daniel 7, Daniel 8 y la historia.

Esta distinción permite mantener un método riguroso cuando se estudie en detalle el significado histórico de la estatua.

20. El verdadero «misterio» de Daniel 2

El misterio de Daniel 2 no se reduce finalmente ni a la forma de la estatua ni a la identidad de sus metales.

Concierne al designio histórico que Dios comunica al rey.

Nabucodonosor piensa en lo que ocurrirá después de él (Daniel 2.29).

Dios le responde mostrándole que su reino pertenece a una historia de la que no es ni el origen último ni el desenlace.

El rey que quería conocer el futuro descubre así algo más fundamental que el futuro de Babilonia:

l'histoire des royaumes elle-même demeure sous la souveraineté du Dieu qui en connaît le terme.

21. Conclusión

El término arameo רָז (rāz) proporciona una de las principales claves de lectura de Daniel 2.

El misterio está oculto a los hombres.

Los especialistas de Babilonia no pueden descubrirlo.

Daniel tampoco puede conocerlo por sí mismo.

Pero lo que es inaccesible al hombre no es desconocido para Dios.

El movimiento del capítulo puede resumirse así en tres proposiciones:

le mystère est caché ;

Dios lo revela;

Daniel lo transmite.

Esta progresión explica por qué Daniel se niega constantemente a atribuirse la gloria de la revelación.

El centro del relato no es la capacidad extraordinaria de un hombre para descubrir secretos, sino la soberanía del Dios que conoce lo que está oculto y que decide darlo a conocer.

La confesión final de Nabucodonosor expresa precisamente esta conclusión:

«Vuestro Dios es verdaderamente Dios de dioses, Señor de los reyes y el que revela los misterios» (Daniel 2.47).