Esta es, en efecto, una palabra muy misteriosa: muchas personas viven lejos de Dios sin ocuparse de la religión. Respetan a los que creen y, a sus ojos, nunca han ofendido a Dios. ¿Por qué razón les concierne una reconciliación con Dios?
Si esta palabra se dirige a los no creyentes, a los que se oponen y luchan contra la religión y contra Dios, ellos comprenden que es necesaria una reconciliación. Pero los neutrales, los totalmente indiferentes, los que no hacen ningún caso de Dios, ¿cómo pueden tener una diferencia con él hasta el punto de necesitar reconciliarse?
En los escritos del apóstol Pablo se ve que todos los hombres necesitan reconciliarse con Dios.
Romanos 3.23: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.»
Romanos 5.12: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.»
Romanos 6.23: Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Comprendemos, con estas informaciones, que el problema proviene del pecado, que es por tanto la fuente de esta diferencia que todos los hombres tienen con Dios.
El pecado es la violación de la ley de Dios. En 1 Juan 3.4 está escrito: «Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.»
Amarás al , tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Deuteronomio 6.5; San Mateo 22.37; San Lucas 10.27). He aquí un mandamiento que ningún ser humano logra cumplir a lo largo de toda su vida.
Comprendemos que no amar a Dios provoca, por tanto, una diferencia con Dios. La reconciliación pasa por Jesús ( 6.23). Pero ¿es tan importante reconciliarse con Dios como para que Pablo emplee la expresión: "Suplicamos ", que encontramos en otras traducciones en la forma: "Os lo suplicamos"?
Encontramos la respuesta en las palabras del versículo de Romanos 6.23: «la paga del pecado es muerte». No se trata aquí de la muerte física que espera a todos los hombres, sino de la muerte espiritual que nos lleva directamente al infierno. La segunda parte de este versículo está llena de esperanza: «mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro». Hay, pues, una solución, un futuro radiante que Dios nos ofrece.
El hombre es libre de elegir el camino sin Dios o el camino con Dios, y muchos no se dan cuenta de las consecuencias de esta elección. Lucas 16.19-31 nos explica concretamente lo que significa estar lejos de Dios, con esta visión del pobre Lázaro en la presencia de Dios y de aquel mal rico en la gehena.
«El rico dijo: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos. Que él les advierta, para que no vayan a parar también ellos a este lugar de tormento.” » (San Lucas 16.27). Podemos vivir despreocupados, como lo señala el rey Salomón: «joven, alégrate en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu juventud; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe que sobre todas estas cosas te juzgará Dios» (Eclesiastés 11.9).
La regla es la misma para todos: un día tendremos que comparecer ante Dios y rendir cuentas de nuestras decisiones aquí abajo. El apóstol Pablo, consciente de esta terrible realidad, nos advierte diciendo: os rogamos en nombre de Cristo: «¡Reconciliaos con Dios!
Dominique Lormier