La formación de Daniel y de sus compañeros constituye una de las dimensiones esenciales del programa de integración descrito en Daniel 1.
Los jóvenes judíos no son solo transportados a Babilonia. Se los prepara para servir en el mundo intelectual y administrativo del imperio.
Aprenden «las letras y la lengua de los caldeos» (Daniel 1.4), siguen tres años de formación y son finalmente examinados por Nabucodonosor.
El relato no condena este aprendizaje.
Daniel acepta conocer la cultura de Babilonia y adquiere las competencias necesarias para ejercer en ella responsabilidades.
Pero el texto introduce de inmediato una distinción fundamental: conocimiento adquirido y revelación divina no son idénticos.
Daniel puede aprender las letras de Babilonia.
No puede aprender en una escuela babilónica el misterio que solo Dios revela en Daniel 2.
Esta distinción permite comprender el lugar de la sabiduría en el conjunto del libro.
Daniel no opone fe e inteligencia, ni fidelidad y competencia.
Muestra, al contrario, que un hombre puede conocer a fondo la cultura en que vive sin abandonarle su identidad religiosa.
La formación babilónica hace de Daniel un hombre capaz de servir al imperio; no hace de él un adorador de los dioses del imperio.
Es precisamente esta distinción entre integración intelectual y asimilación religiosa la que permite comprender la posición de Daniel en la corte de Babilonia.