Vivimos en un mundo donde reinan la injusticia y el sufrimiento. La desigualdad ante la desgracia es un hecho que provoca indignación o ante el cual uno acaba por resignarse.
Como hay que encontrar un culpable, ¿a quién se va a sentar en el banquillo de los acusados? DIOS, considerado ni más ni menos como el principal responsable de toda la angustia humana.
Se oye esta pregunta, que no es más que una pobre excusa para la incredulidad o la ignorancia: Si Dios es amor, como afirma la Biblia (1 Juan 4.8 y 1 Juan 4.16), ¿cómo es que no protege mejor a su criatura contra los golpes del destino? ¿Por qué permite, por ejemplo, el martirio de niños inocentes, la opresión y la violencia que hacen tantas víctimas por el mundo, la miseria escandalosa en algunos países y el derroche insolente en otros?
Todavía se comprendería que Dios castigara a los que lo ultrajan, que golpeara a los deshonestos, inmorales o malhechores. ¡Pero que al menos perdone a los inocentes y a los seres indefensos...!
Cuidado:
¡Que quienes se permiten acusar al Creador de indiferencia, de crueldad o, si se quiere, de «omisión de socorro», se tomen la molestia de escucharlo! Pues es su Palabra, la Biblia, la que lo justificará y podrá dar una respuesta a este angustioso problema. El santo Libro nos enseña ante todo que la causa primera de todas las desgracias de la humanidad se llama pecado. Por el pecado el sufrimiento y la muerte entraron en el mundo.
Romanos 8.20-22, nos recuerda que los sufrimientos de toda la creación se deben al orgullo, a la inmoralidad y al egoísmo de la raza humana a la que está sometida.
La contaminación y los crímenes contra la naturaleza, denunciados hoy por todas partes, no hacen sino confirmarlo. A través de sus extravíos, y comprobando las consecuencias que tienen para él y para los demás, el hombre debe aprender a conocerse y tomar conciencia de su estado de pecado: así será conducido al arrepentimiento y a la fe.
¿Y sabe cuál ha sido la mayor injusticia de todos los tiempos? El crimen de la humanidad crucificando a Jesús, el Hijo de Dios, que vino por amor para salvar a su criatura.
Señal de alarma
Pero no hemos respondido a toda su pregunta. Muchas calamidades no tienen el pecado como causa directa y alcanzan indistintamente a responsables e irresponsables.
Jesús mismo hace esta observación con motivo de un suceso de actualidad:
La conclusión que saca el Señor es esta: los accidentes que afectan a algunos sirven de advertencia para todos los demás. En un cuerpo humano, el dolor es una señal de alarma; puede salvar la vida de un enfermo obligándolo a consultar al médico, que tratará no solo el dolor, sino la causa del mal. Tal drama, tal muerte repentina me recuerda que mañana puede ser mi turno, que debo estar preparado, que mis proyectos pueden quedar arruinados de repente y los lazos más dulces rotos. «Prepárate para venir al encuentro de tu Dios» (Amós 4.12).
El propósito de Dios
Dios quiere hacer que los hombres se tomen la vida en serio, llevarlos a plantearse las preguntas esenciales: ¿Por qué estoy en la tierra? ¿Qué hay después de la muerte?
¿No tendré que rendir cuentas algún día de mi vida? ¡Estos son, en efecto, los verdaderos problemas!
La suprema catástrofe no es la muerte, sino lo que viene después: el juicio. Un niño pequeño que muere escapa quizá, por ello, a muchos sufrimientos en la tierra, y sobre todo a la perdición eterna, que sería su parte más adelante si no aceptara a Jesús como su Salvador.
Dios es soberano, es sabio, sabe perfectamente lo que hace. En este mismo momento quiere despertar su interés, tocar su conciencia y su corazón. En lugar de rebelarse ante las desgracias ajenas y acusar a Dios de ellas, recuerde su amor. Una vez pareció renegar de su justicia cuando hirió a su Hijo inocente en lugar de los culpables que somos usted y yo. Y espera con paciencia que usted se vuelva a Él para ser salvo. ¿No quiere hacerlo ahora?
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